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Espejo de obsidiana

Leonardo Espinoza Almeraya

Bajo el manto esmeralda de la selva yucateca, las ruinas de Xibalba-ná yacían consumidas por el tiempo.

Para la gente de Chan K’áax, el pequeño asentamiento que vivía a su sombra, Xibalba-ná era el centro del universo, el lugar donde el tiempo se doblaba y las estrellas se comunicaban.  En el corazón de esas ruinas, se asentaba el artefacto que alguna vez fuera el símbolo de todo un imperio: el espejo de obsidiana. La anciana Ixchel, la curandera de Chan K’áax, era la última depositaria de las historias de las estrellas. Hablaba de los K’u Ch’een, los antiguos maestros, seres de gran conocimiento que descendían periódicamente de las Siete Hermanas (las Pléyades) desde hace incontables ciclos.

​Una tarde, mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo carmesí, un joven llamado Ix’Balam, con la piel tostada y una larga trenza, confrontó a la anciana Ixchel. Balam no creía en las leyendas de seres que enseñaron a sus ancestros a medir el tiempo y tratar los metales. Para él, las ruinas sólo significaban decadencia.

Abuela —dijo Balam, su voz resonaba con impaciencia juvenil nuestra milpa se seca, los cenotes se han llenado de fango y tú sigues hablando de los antiguos dioses. Si son tan avanzados, ¿por qué nos abandonaron de esa manera?

​Ixchel sonrió con la paciencia de quien ha visto alzarse y ocultarse el sol miles de veces. 

Nos dejaron el conocimiento Ix’Balam, un profundo conocimiento, pero este debe ser alimentado. Nuestros ancestros elegidos, los primeros Aj K’in, interactuaban con ellos. No eran dioses, eran… Maestros de más allá de la cuarta Dimensión. Nos enseñaron a codificar el futuro en piedra y a usar la obsidiana, no como ornamento, sino como transmisor de energía.

​Esa noche, una anomalía irrumpió en la quietud de la selva. El cielo, usualmente salpicado de estrellas, se desgarró con un silencio antinatural. Un rayo de luz blanca cayó directamente sobre las ruinas. La pulsación hizo vibrar las estelas de Xibalba-ná, y el espejo se encendió con un resplandor azul iridiscente. Balam, impulsado por una mezcla de terror y fascinación, corrió hacia las ruinas. Al llegar, la imagen que vio desafió toda lógica: una figura translúcida, alta y delgada estaba en medio de la cámara. No tenía rostro, solo un aura suave que ondulaba como un espejismo, rodeado por un campo de energía que parecía torcer la luz. Era un K’u Ch’e’en, y no se parecía a nada que Ix’Balam hubiera imaginado.

​La figura extendió un apéndice largo y delgado hacia una de las estelas de obsidiana más grandes, que se iluminó con glifos nunca antes vistos. Balam sintió un torrente de información inundar su mente, no en palabras, sino en conceptos puros: la estructura del universo, la función del tiempo como un ciclo, y la razón por la que sus ancestros eligieron Yucatán. La península, descubrió, se asentaba sobre una matriz geológica única que potenciaba la pulsación cósmica, un punto de convergencia natural.

​La figura se volteó hacia él, no con ojos, sino con una intensificación de su aura. Balam escuchó una voz en su cabeza, sin sonido, en el dialecto maya más puro que jamás había oído:

El ciclo de la recarga ha comenzado. Olvidaron el protocolo de la Memoria Estelar. Hemos venido a re-sembrar. Por eso la milpa se marchita, el equilibrio se ha roto.

​El ser le mostró visiones de sus antepasados, los verdaderos constructores de Xibalba-ná, interactuando gracias a naves que no volaban, sino que se teletransportaban a través de dimensiones. Entendió que la obsidiana funcionaba igual que un conductor y que el espejo unía su mundo con la red galáctica. La lección fue brutal: sus ancestros no fueron abandonados; se les dio la llave de un conocimiento. La humanidad, con el tiempo y las guerras, transfiguró los mitos. El contacto no era un privilegio, sino una responsabilidad técnica. La figura de luz, el K’u Ch’e’en, comenzó a ascender lentamente. El rayo de luz blanca, que ahora pulsaba con un ritmo más lento y profundo, se hizo más estrecho y luego se extinguió. El espejo volvió a ser una figura negra, que reflejaba el techo derruido de la cámara.

​Ix’Balam se quedó solo, temblando no de frío, sino de la inmensidad del cosmos que acababa de tocar. En su mano tenía un pequeño fragmento de obsidiana, que la vibración había desprendido de la estela, se sentía cálido y pulsante. A la mañana siguiente, regresó a Chan K’áax, pero ya no era el mismo. Entendió las enseñanzas de Ixchel, no como fe ciega, sino como ciencia codificada.

Abuela  dijo Ix’Balam, mostrando la obsidiana, con una nueva luz en sus ojos la cerradura ha sido girada. El ciclo de recarga, pero… ¿cómo lo reactivamos?

​Ixchel lo miró con una sonrisa sabia. 

Tú sabes la respuesta, Balam. Siempre ha estado en nuestra historia. Ahora debes recordarla, no solo como leyenda, sino como tecnología perdida. El primer paso es el respeto y el equilibrio. El segundo… es la astronomía.

​La Ah Men se puso de pie, y juntos se dirigieron a la estela para empezar a descifrar los glifos que ahora Ix’Balam podía entender, iniciando la larga y silenciosa tarea de reconectar a la Península de Yucatán, y quizá al mundo, con la inmensidad del cosmos.

Leonardo Espinoza. Nacido en Ciudad de México, ha publicado en un par de medios digitales e impresos (Letraria, Nébula, Paladín, etc). Posee una fuerte afición por la ciencia ficción y la fantasía.