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La sombra de los mayas

Ulises Luján Rodríguez

Mucha gente se hacía la misma pregunta cuando llegaba a vivir a aquel fraccionamiento, situado en medio de la selva yucateca: ¿por qué había terrenos sin construcciones? Estos no eran parques, canchas deportivas o supermercados, sino espacios cerrados al público, delimitados por alambradas con púas, difíciles de cruzar debido a la abundante vegetación. 

Varios albañiles que trabajaban en la construcción de aquel fraccionamiento fueron los primeros en hallar ruinas prehispánicas. Los ingenieros encargados de la obra, a su vez, contactaron al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), quienes no tardaron en hacer acto de presencia. Los del INAH decidieron no seguir la excavación. Primero, debido a un convenio de preservación ambiental ante el aumento de construcciones inmobiliarias en la Riviera Maya; segundo, porque una investigación como esa requería mucho presupuesto, así como personal capacitado. A pesar de ello, el proyecto de construcción no se detuvo y, por eso, dichas zonas debieron quedar cerradas al público. 

Al enterarse de esto en las noticias locales, Erasmo Pech, un cazador de antiguos tesoros prehispánicos, vio el momento justo de salir a saquear. A la medianoche, mientras todo el vecindario de la Calle 1308 x 121 dormía, trozó alambres con púas con un cortapernos, arrojó al otro lado su mochila, pala y machete en mano; su pequeña lámpara, atada al casco, lo alumbraba. Media hora después, exhausto y sin ilusiones de hallar algo interesante, encontró lo que parecía una plataforma simétrica de piedras. Erasmo Pech observó con detenimiento esa estructura, su experiencia intuía dimensiones no muy grandes. A la medianoche, molido por el cansancio de machetear y cavar, impulsado sólo por su codicia, descubrió al pie de la plataforma un hueco no más grande que una alcantarilla de banqueta. Sin pensarlo dos veces, se arrastró hacia él y entró por debajo. 

En el interior había una habitación con piso de madera desgastada, olía a humedad, se dio cuenta que estaba en la cúspide de una pirámide, el resto de su estructura permanecía bajo tierra. En el centro de aquella habitación había un agujero circular, quién sabe cuántos metros caía, pero bien pudo caber su cuerpo por ahí. Al alumbrar con su lámpara. vio situado en la parte norte de la habitación un nicho. Caminó despacio para no caer al vacío insondable del centro. Al explorar con la luz, descubrió una escultura antigua: Yum Kimil, lo reconoció por sus costillas, su cráneo, su enorme tocado. La roca de la pared parecía ser parte de la estatua, en su pecho brillaba una piedra de color verde, su contorno poseía cierta aleación metálica que Erasmo Pech no reconoció, le parecieron incomprensibles esos extraños símbolos grabados sobre dicho metal.

Antes del amanecer, regresó hasta Mulchechén, donde estaba situada su casa. La emoción por su hallazgo no podía sosegarle. Durante el trayecto, se le detuvo tres veces la camioneta, sin razón aparente, fenómeno que él banalizó, al grado de no extrañarse. Recordó que existían más zonas de monte en aquel fraccionamiento y la noticia, al parecer, no había captado la atención de otros cazadores de tesoros. Imaginó que profanaría cada noche una zona diferente, a ver si encontraba más piezas como aquella. Puso la gema entre sus demás piezas, figurillas antropomorfas con rasgos animalescos, pedernales, vasijas, sahumadores, todo un altar propio, prueba de todos sus hurtos. Apagó la luz y se fue a dormir. 

Vio a su familia en casa. Sus padres ya habían fallecido hace años, pero ahí estaban, también una joven con la que pudo haber sentado cabeza y unos tíos que no había visto en años, celebraban en la azotea de su casa una fiesta. De pronto, sonaron estallidos lejanos, del cielo nocturno vieron descender miles de luces, parecía una lluvia de estrellas. Una de esas luces cayó cerca de su vecindario, pronto se dieron cuenta que eran naves espaciales. Una luz intensa alumbró la azotea, Erasmo Pech fue su primer objetivo. Corrieron y lograron resguardarse dentro de la casa, pero la nave espacial seguía afuera, emitía un extraño sonido, como el de una respiración por ductos. La voz en sus cabezas les dijo: “Salgan, no tengan miedo, somos la salvación de su mundo”. A pesar de que sus familiares lo impedían a gritos, Erasmo Pech avanzaba como si fuera arrastrado en contra de su voluntad. La puerta de su casa se abrió y la luz de la nave lo devoró. 

Apareció en la misma cúspide de la pirámide, pero esta vez tenía suelos de madera limpios, las paredes estaban llenas de pinturas donde se distinguían cálculos y trazos de constelaciones, en el lado norte, donde estaba situado el nicho, había una enorme pantalla, se veían ahí millones de imágenes, ecosistemas vírgenes. En el centro yacía un artefacto mecánico, semejante a la turbina de un cohete, en cuya superficie de titanio se encendían y apagaban circuitos, dentro de ésta vio la gema flotando, lanzaba un brillo inusual. Afuera de aquella habitación, desde las alturas de la nave espacial en forma de pirámide, vio incontables ríos, lagunas, casas de piedra con techos de palma, cultivos de maíz, árboles frutales. La voz en su interior le dijo: “Éste es el sitio que ahora habitamos tus ancestros. Aquí la humanidad vendrá a sobrevivir, cuando todo se acabe allá”.

El sobresalto lo despertó. Enseguida, sintió que no estaba solo en su cuarto, pues oyó a alguien buscando entre sus pertenencias. Al preguntar quién era, vio erguirse una enorme sombra en la penumbra, la gema flotaba en medio de esa oscuridad, brillaba con luz propia. El pavor le impidió siquiera quejarse. La voz le dijo: “No cuentes nada de lo que has visto”. 

Cuando reaccionó por segunda vez, gritó aterrado y de un brinco salió de la cama, agarró el machete, encendió la luz, revisó en cada rincón. Todo permanecía en orden. Excepto que, al mirar su altar, estaba completamente vacío.

Ulises Luján Rodríguez. Licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha desempeñado actividades en radiodifusión independiente, con los programas Punto de Fuga y Chicha Roots. A menudo realiza fomento a la lectura en el libro club Stultifera Navis del CCH Oriente. Colabora en el blog Ciencia Ficción México con algunas reseñas. Se desempeña como bibliotecario.