Bajo el sol abrasador como un látigo de fuego, dos figuras avanzan entre el calor y el polvo en las llanuras áridas de Jalisco. Las sombras humeantes que se dibujan de Gabriel y Matías serpentean sobre el suelo quebrado, como espectros de una tierra abandonada, sin esperanza.
—Dicen que aquí había agaves hasta donde alcanzaba la vista —murmura Gabriel, cubriendo su frente con la mano para bloquear el resplandor—. Pero todo lo mataron. Lo bonito nunca dura.
Matías, con un ligero gesto de asentimiento, ajusta el morral en su espalda:
—Si, esos de Guadalajara Genomic Technologies —responde con una mezcla de desprecio y nostalgia. Los ancianos cuentan que soltaron unos bichos que parecían luciérnagas gigantes; iluminaban las noches. Que pá matar la plaga que azotaba a los agaves y hacer más fértil la tierra. Ahora, solo quedó veneno y el silencio petateado en la tierra.
Avanzan en línea recta, tirando de sus sombras como un rastro sin rumbo. Pasan un par de horas hasta que Matías se detiene y señala hacia el horizonte.
—Por ahí está la ciudad. Ni siquiera el volcán activo les preocupa. Siguen construyendo encima. Les importa una mierda el mundo, ¿no? Quieren replicar lo de Puebla. —resopla.
Gabriel extrae de su mochila un dron en forma de catarina, y lo lanza al aire. El pequeño aparato despliega una tela oscura que proyecta una sombra sobre ambos. Matías deja caer su morral al suelo y saca un artefacto robótico con forma de monolito prehispánico, la unidad Xochiquetzal.
Coloca su pulgar sobre un lector que comienza a destellar en tonos verdes y naranjas. A través del visor, aparece la marca de siempre, Guadalajara Genomic Technologies.
—El juguete de los de arriba. ¿no? —Matías sonríe con una chispa de ironía en los ojos—. Lo conseguimos en el mercado negro. El pequeño sabe el camino a su casa.
Gabriel observa la tierra infecunda. Sus pensamientos vagan hacia el pasado, cuando su padre fue arrestado por cuestionar a la compañía. Un “revoltoso” más muerto en prisión registrado en los archivos olvidados del régimen. Inhala profundo y su rabia lo devuelve al presente. Toma la cerveza que Matías le ofrece desde el compartimento refrigerado de Xochiquetzal:
—Por nuestros padres —dice Matías con voz grave, clavando sus ojos en los de Gabriel.
Ambos beben en silencio, con miradas entrecortadas. El dron señala una posición al norte: una señal en sus relojes inteligentes indica que es hora de moverse.
Al caer la tarde, los dos llegan a un parque industrial en ruinas, una red de estructuras corroídas y sucias de químicos. Matías observa con detenimiento.
—Aquí comenzó todo —susurra—. Un maldito accidente industrial; explosiones, químicos, y ahora, ni una sola planta viva. El cielo se torna rojo oscuro, amenazando tormenta. Gabriel enciende un cigarrillo de cannabis y lo comparte con Matías, quien tose ante las primeras inhalaciones. Ambos se colocan trajes improvisados de materiales industriales, una mezcla de caucho, alambre y botellas recicladas.
Sus máscaras de gas son rudimentarias, pero cumplen su propósito.
La tormenta ácida comienza a caer, salpicando el suelo con pequeñas explosiones de humo.
—Rápido, tenemos que entrar —dice Gabriel, avanzando hacia una de las fábricas abandonadas.
Una vez dentro, encajan sus miradas, comprendiendo que están solos en un mundo hostil, listos para cumplir con su misión.
De repente, un sonido rastrero emerge de la oscuridad. Matías ilumina con una linterna de mano, revelando ratas mutadas, cuyos cuerpos se han adaptado a los desechos tóxicos. Las criaturas, pequeñas pero agresivas, corren entre sus piernas antes de desaparecer en las sombras.
—Maldita rata, me trepo un susto de muerte —ríe Matías, aunque su voz delata un temblor involuntario.
—Es sólo el comienzo. A rajarse a su tierra. Atento —responde Gabriel, con una dureza que corta el aire.
Salen al exterior cuando la tormenta empieza a ceder. Ante ellos, en lo alto de un acantilado, se alza la matriz de Guadalajara Genomic Technologies, con sus estructuras metálicas resplandeciendo a la luz de la luna. Gabriel utiliza un par de binoculares, observando cada rincón del complejo.
—Está ahí —murmura—. Nuestra oportunidad de acabar con esta pesadilla de mierda.
Matías ajusta la unidad Xochiquetzal, que proyecta las coordenadas en su pantalla. Ambos revisan el mapa digital, trazando su ruta hacia la entrada principal. El titan, la forma que se erige imponente en la noche la empresa, rodeada de vallas eléctricas y torres de vigilancia.
—¿Estás listo para esto? —pregunta Matías, su voz apenas un susurro.
—Nunca he estado más listo —responde Gabriel, aferrando la barra de metal en su mano, mientras un fuego incontrolable arde en su interior.
A través de sus dispositivos, envían un mensaje codificado a la resistencia. El texto es simple pero contundente: “Objetivo localizado. Iniciamos el ataque al amanecer.”
Con cada paso que dan hacia el complejo, la realidad se desvanece, dejando solo la furia, el dolor de generaciones y una tregua silenciosa con la muerte. La luna, medio oculta, observa su avance como un testigo impasible, iluminando los rostros de Gabriel y Matías, mientras se dirigen hacia su destino final.
En el amanecer, un estruendo sacude la tierra. La explosión reverbera en el vacío de un campo yermo, y sobre las ruinas de lo que fue el emblema de un imperio tecnológico, el eco de una guerra subterránea se alza, dejando solo el silencio de una venganza cumplida.
Abraham Campos Nava Ha publicado en antologías tanto físicas como digitales, así mismo en revistas.