Estabas en la ciudad por un asunto de trabajo. Algo sobre una junta con el secretario de seguridad. Dijiste que era urgente, un chisme sobre una bodega del ejército desapareciendo de la noche a la mañana. La verdad no me importó tanto como saber que te volvería a ver, tanto que ignoré cosas tan vitales como tu llegada en un ptero-sol blindado.
Si tan sólo me lo hubieras avisado con tiempo yo habría podido planear mejor la
ocasión, pero se trataba de ti ¿no es cierto? No quise decir que no. Gracias a eso llevaba el uniforme que salvó mi vida: la armadura de cuerpo completo cuya única parte retractil era la careta, misma que removí para besarte. Qué bueno que, debido al casco, no me viste mis ojos cansados y lastimados.
Te habías ido a hospedar al Hotel Castillo, uno de los lugares mejor conocidos de Nuevo Texcoco, incluso desde antes de ser Nuevo. Cuando saliste a recibirme a la salida del hotel sonreí como un niño pequeño: intentaste disimular, pero la tela de tu traje manhattan cambió tan rápidamente de gris a rosa que no pude evitar sentirme especial. De ahí entramos al restaurante XX, el lugar favorito del pueblo al que tuve que ignorar deliberadamente (Se preguntaban ¿Qué hacía entre ellos una armadura blanca?).
Cenamos poco. No te sentías seguro con tanta gente a nuestro alrededor. Me costó mucho agarrar valor para tomar tu mano temblorosa. Yo pensé que sentías las mismas mariposas en el estómago, pero ahora entiendo que lo que tenías era un miedo extremadamente distinto: creías que te habían seguido (¿Querías que yo te escoltara?); que había demasiados ojos sobre ti (¿Querías que te llevara a mi casa?); que podíamos irnos un tiempo al Nuevo Puerto de Xalapa (¿Querías dormir seguro conmigo?)
—… y el secretario no es una persona de fiar. Cualquier otro tendría a la ciudad de cabeza investigando esos inventarios, pero…
—Al carajo el secretario —te dije— no sería el primero ni el último en perder algo a propósito.
—¡Esto no es como antes!” —el traje se te puso rojo igual que tu cara, después no querrías darme otro beso— No es un montón de rifles defectuosos que acaban en el mercado negro porque algún fiscal necesita dinero extra ¡Es grave!
—Pero eso sería un problema para tu yo de la mañana siguiente, cuando el resto del Comité de Investigación llegara a la ciudad. Tú sólo te les adelantaste porque querías verme.
¿Cómo supieron que llegaste antes?
Distraído por nuestro último beso no me di cuenta del altercado en la puerta ni los disparos. Los brillos violetas en tu ropa me hicieron reaccionar como gato para protegerte con mí cuerpo, sin que ningún proyectil me penetrara, mientras los atacantes activaban su preciado artefacto militar: sin luz o ruido, solo la onda infrasónica.
¿Quiénes eran? Escuché que el país entero gritó acusaciones.
¿Qué grité yo? Grité por ti, que yacías en mis brazos en lo que tu traje alternaba entre todos los colores antes de regresar al gris. Hubiera pensado que estabas serenamente dormido de no ser por los hilos de sangre que brotaban de tus ojos, nariz y oídos.
Más tarde, necesitaron a tres compañeros míos para separarnos. Los doctores dijeron que, aunque el casco me había protegido de la explosión infrasónica, yo había sufrido daño psíquico por la explosión y era necesario evaluarme a profundidad en una clínica. ¿Salvaron mi vida con eso?
Debido a los sedantes, no supe cuánto tiempo pasó cuando fui visitado por el jefe de policía. Un nuevo jefe. Un hombre ancho y encorvado que yo no conocía de nada. A solas, me tomo por la camisa para alzarme con la fuerza de un cerdo, susurrándome con aliento y saliva que apestaban a cristal:
—El secretario de seguridad dice que tú no estabas ahí. Estabas afuera.
—Mi casco —supliqué con toda intención de contradecirlo— ¿Dónde ésta la cámara de mi casco?
—Te vuelvo a repetir, por el bien tuyo y de tu familia, que tú no estabas ahí.
Recibí un golpe, dos golpes, tres golpes. Un diente mío cayó al suelo seguido de mi cuerpo. A través de la visión borrosa capté tu sombra rosa juzgándome, regodeándose ¿Por qué estabas enojado conmigo? Tú sabes que yo estaba ahí.
—¿Entonces por qué me morí? —respondiste mientras me asestaban una patada en
el estomago que me hizo vomitar— Por culpa de un fracasado policía de cuarta que no puede ni defenderse.
Sentí mis músculos moverse, pero no para protegerme.
—Vas a morir recordado como un cobarde incompetente —¿Eso lo dijiste tú o mi agresor?
—Vas a dejar que las bestias que me mataron sigan con vida.
Sentí que los oídos me iban a explotar con el latir de mi corazón arrítmico.
—Vas a permitir que el secretario de seguridad mienta sobre lo que pasó.
Mis manos se sintieron viscosas y acalambradas. La sangre que las cubría no era mía.
—¿Vas a dejar que yo muera otra vez?
Un cadáver estaba en mis pies. Traía una pistola en el cinturón. La puerta de mi celda estaba abierta y sin vigilar.
—Eres un maldito imbécil por dejar que me hicieran esto. Lo menos que espero es que me lo compenses.
Y tú sombra colorida cambió del rojo al rosa.
Nestor Andres Cortes Cuellar es filósofo, escritor y gestor cultural. Se especializa en el contractualismo político, la estética aplicada a videojuegos, y la ciencia ficción. Dirige la Agencia Cultural Sideral a través de la cual ha colaborado con otros miembros de la (informal) comunidad mexicana de ciencia ficción.