Mi hermanita le robó la tarjeta de crédito a mis papás para intentar comprarse el riñón de Richard Hendersson, un miembro de su boyband favorita: Mn5. Lo bueno que la tarjeta fue rechazada porque si no estuviésemos viviendo en la calle por culpa de esa pendeja. Yo ya les había dicho a mis papás que la Ingrid no andaba bien, pero no me hacían caso. Decían que era la edad. Por supuesto que era la edad pero, sumándole a la edad, estaba el hecho de que la Ingrid siempre había sido medio pendeja. Y no la juzgo. Por lo del riñón. Por ser pendeja, un poco.
Si yo hubiera podido les habría vendido la casa a mis papás —hasta con ellos dentro— para poder comprarme un órgano de los Paraíso. Aunque cuando yo estaba chica todavía no se usaba eso de comprar órganos de tus ídolos. Ya ni me acuerdo por qué me gustaban tanto. Aunque la razón no importaba demasiado. Lo entretenido era desearlos. Pero la Ingrid lo llevaba a otro nivel, ya que nunca pensaba que sus acciones podrían tener consecuencias. Era también culpa de mis papás.
Mi hermana casi nos lleva a la ruina, pero lo único que hicieron fue quitarle la Tablet y la tele, cuando saben perfectamente que en su celular puede hacer lo mismo, hasta más cómodo. ¿Cómo le vamos a quitar el celular y la laptop? La Ingrid ya va a la secundaria, tiene que hacer tareas. Y pues ahí la tienen a la Ingrid, toda inútil y consentida. Así no eran ellos conmigo.
Pero como la Ingrid no duerme con ellos, duerme conmigo, pues la que se chinga soy yo.
Hasta la madrugada me tiene despierta la Ingrid con sus canciones horrorosas que la van a venir dejando sorda. En lugar de audífonos, parece que trae bocinas en las orejas. Hace unos días fue realmente el colmo. Llevo dos días sin hablarle a mis papás porque obviamente se pusieron de parte de la Ingrid.
Eran las tres de la madrugada y la Ingrid seguía con el celular a todo volumen. Yo al día siguiente tenía que pararme más temprano porque me tocaba hacer guardia en la primaria y los papás no podían verme toda ojerosa y demacrada cuando llegaran a entregar a sus hijos. No le podía decir nada a la Ingrid porque siempre se alteraba y se hacía un escándalo que no valía la pena.
Yo jamás he podido dormir con audífonos u otros ruidos, así que traté de concentrarme lo más que pude para dormirme, contando de cien hacia atrás, de dos en dos, en inglés, pero nada funcionaba. La Ingrid estaba viendo uno de sus videos de unboxing de Mn5, en el que sus fans recibían de sorpresa el hígado clonado de alguno de los miembros y después preparaban algún platillo con él.
Había visto uno que otro por morbo y en su mayoría se trataba de pubertos influencers que presumían de su comunión privilegiada con sus ídolos. Los videos hechos por fans adultos eran tan perturbadores que me hacían sentir aún más incómoda con los videos de los jóvenes, así que dejé de verlos, sin importar la perversa curiosidad que de vez en cuando me invadía. Desconocía quién había sido la primera celebridad en permitir que clonaran sus órganos para consumo público, sólo sé que todos los involucrados ganaban un dineral.
Como era un órgano crecido en laboratorio, técnicamente no era considerado en las leyes mexicanas e internacionales como canibalismo. No estaba penado por muchos países y la venta de órganos de laboratorio era común desde hace décadas. Incluso antes, cuando no lo era, los ricos siempre encontraban forma de hacerse con algún riñón o pulmón que les hiciera falta. Ahora era más democrático, realmente equitativo; si tenías los medios, podías hacerte con un órgano, por placer o necesidad. Quien tiene, pude.
Desde que se le arruinó el plan a la Ingrid, cada que se ponía a ver esos videos se ponía a llorar como lunática y a gemir contra la almohada. Pataleaba y golpeaba el colchón de tanto en tanto para recordarnos a los demás de lo injusto que era todo. Lo hacía para castigarme. Decirle algo era dignificar sus berrinches y no lo iba a hacer. Aquella noche, lo que me sorprendió fue que, de repente, la Ingrid se quedó muy calladita. Ni medio metro divide nuestras camas, así que todavía podía escuchar sus leves jadeos, sus gemidos queditos, y las sábanas de su cama susurrar contra su cuerpo al moverse. Abrí los ojos y vi lo que la Ingrid andaba haciendo.
Tenía la mirada fija en la pantalla de su celular. El cabello rubio le cubría el rostro, pero podía ver su piel pálida colorada y brillosa por el sudor. La Ingrid se estaba masturbando mientras veía cómo alguien —un chico gay fan de Mn5— se comía el riñón de su cantante favorito.
Tal vez exageré al gritarle y hacer que mis papás se despertaran y corrieran a nuestro cuarto en la madrugada. Tal vez tenían razón cuando decían que sintiera más empatía por mi hermana, que estaba en la edad. ¿Qué no te acuerdas, Priscila, cómo era tú a esa edad?
Y sí, sí lo recordaba. Por algo lo decía.
Oswaldo Emmanuel Navarrete Díaz N. Díaz (México, 1995) es poeta y cuentista. Sus escritos han aparecido en las revistas BULL Magazine, Letralia Tierra de Letras, The Café Irreal, Clarkesworld Magazine, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Revista Casapais, Revista Irradiación, Revista Larus, Strange Horizons, Uncanny Magazine, entre otros.