Betania llevaba un tiempo sentada sobre el pasto. Le gustaba la sensación del sol calentándole las manos y las piernas. El clima era perfecto, no hacía demasiado calor y la luz no cegaba; todo en ese mundo estaba calibrado con precisión.
Recordó que era tarde para la clase y no quería volver a tener problemas con su profesor, así que corrió a los vestidores. Tardó en ponerse el uniforme. Quien había diseñado aquel mundo decidió que todas las acciones fueran manuales, quizá para hacerlo más verosímil. Pero una vez más apareció con retraso en la puerta del aula.
—Llegas tarde —recriminó el profesor Aurelio.
El castigo fue inmediato: la envió al pasillo y la obligó a sostener los libros con los brazos extendidos. A Betania no le sorprendió. Una sanción vetusta, de las favoritas de su madre. El pasillo olía a pino, aunque allí ni siquiera había personal de limpieza.
—Qué desperdicio de potencial —murmuró Betania.
No resistió mucho en esa posición. Cuando el profesor salió a vigilarla, fingió la postura.
—Ve a la oficina principal —ordenó Aurelio—. En un momento te alcanzo.
Betania fue a la oficina del director. Hablaron lo necesario. Cuando todo terminó, la imagen se apagó: oscuridad total. Entonces se quitó el casco: el neuro-nexo. El contraste fue el de siempre, su habitación había vuelto de golpe: techo de metal, paredes estrechas, aire denso de los sectores subterráneos. Su cuerpo nunca se había movido de la silla y su mente tardó un rato en aliviarse del mareo de la desconexión. Había respirado el mismo oxígeno reciclado durante quince años. Su madre llegó poco después, ya conocía la penalización. Los directivos habían suspendido a Betania el acceso al Sector Lúcido durante un mes. Aguardaba otro castigo, pero su madre solo la devolvió a sus tareas. Ese silencio pesó más que cualquier reprimenda.
Esa noche, sin poder apartar la mente de ello, Betania se preguntó en qué momento se había vuelto tan dependiente de un mundo inexistente: desde la Gran Guerra de hace setenta años, los humanos del búnker solo encontraban descanso en esa simulación.
Como parte de la penalización, al día siguiente debía asistir a regularización en las antiguas aulas del búnker. Antes de presentarse, comió un tubo de masa nutritiva roja, de textura arenosa y sabor metálico. En otras circunstancias lo habría tolerado mejor. Después, en el Sector Lúcido, podía almorzar carne o beber agua con sabor a fruta. Aquí no.
El edificio de regularización parecía olvidado. Aunque todos los habitantes tenían tareas asignadas para mantener los sectores en condiciones óptimas, allí el polvo se acumulaba en los bordes de las butacas. Eran nueve estudiantes. Ninguno se conocía. Entonces, apareció el profesor Lucas y habló con tono de reproche:
—Contestarán hasta la página veintitrés. Intenten esforzarse más. Si siguen así, pueden olvidarse de trabajar en los laboratorios o en mantenimiento digital. Terminarán haciendo las tareas sucias de los sectores el resto de su vida.
Luego dejó caer un libro sobre el escritorio de Betania. El golpe levantó una nube de polvo.
—Disculpe, profesor —dijo ella—. Este libro es de Álgebra II. Aún estamos en el I.
—Déjenme ver qué puedo hacer. —Salió del aula molesto y con los hombros caídos. La puerta se cerró con un sonido seco.
—¿Tú qué hiciste? —preguntó una chica sentada a la derecha de Betania.
—Suelo llegar tarde a las clases simuladas.
—Creo que planean deshacerse de mí —dijo otra chica con trenzas—. Escuché al director hablar de enviarme a la Cámara Azul.
—¿A la Cámara Azul? —preguntó Betania.
—Sí —respondió la chica.
Betania comenzó a temblar. Por primera vez sospechó que romper las reglas tenía consecuencias.
—Solo quería conocer más el Sector Lúcido —dijo Betania con la voz quebrada.
El profesor no regresó de inmediato y la conversación continuó en murmullos.
—Yo pasaba horas navegando en el mar. Dejé de asistir a clases para seguir jugando —dijo la chica de las trenzas. Para entonces, Betania ya sabía que se llamaba Ale.
—¿Mar? —preguntó.
—Modifiqué mi neuro-nexo.
—¿Modificar… ?
—Bien, chicos —interrumpió el profesor al regresar—. No encontré libros adecuados. Copien los ejercicios que escribiré.
Esa tarde, después de cumplir con sus tareas en la planta de incineración de residuos, Betania caminó a su hogar acompañada de su nueva amiga. Cuando entraron, sostuvo su neuro-nexo entre las manos. Modificar uno de esos dispositivos estaba prohibido. Si los supervisores lo descubrían, tendrían una razón suficiente para enviarla a la Cámara Azul. Aun así, la curiosidad terminó por imponerse. Se lo entregó a Ale con la sensación de desprenderse de una parte de su propio cuerpo.
Dos días después, Ale se lo devolvió:
—Pruébalo —dijo—. Ya tiene todos los trucos.
Ella lo observó con desconfianza.
—¿Qué hiciste?
—Entre otras cosas, te di acceso al modo arquitecto.
Ambas se colocaron sus neuro-nexos y, al conectarse, ante Betania apareció una advertencia: “dispositivo bloqueado. 27 días para su liberación”. Tras un parpadeo, el entorno cambió. Estaba en un automóvil en marcha, con Ale de copiloto.
Aceleraron. El viento, aunque artificial, golpeaba con el realismo necesario. Poco después estrellaron el coche.
—Esto es lo que el gobierno desperdicia —dijo Betania.
—Nos tienen atados —respondió Ale—. No te quedes más de cinco horas. Después, la simulación empieza a deformarse. Si llamas la atención, los programadores vendrán por ti.
—¿Cómo lo sabes?
Ale dudó un momento.
—Un amigo lo hizo. No lo volví a ver.
Durante dos semanas, Betania mantuvo un horario impecable en el búnker para poder conectarse sin levantar sospechas. Así descubrió que detrás del Sector Lúcido había un territorio de probabilidades casi infinitas.
En ocasiones Ale la acompañaba y exploraban los límites de la simulación. Pero su entusiasmo comenzó a apagarse.
—¿Y si lo dejamos por un tiempo? —dijo Ale una noche—. Ayer revisé algunos archivos restringidos. Si seguimos a este ritmo, podríamos llamar la atención.
Betania guardó silencio.
—Claro —respondió.
Mentía. Durante los días siguientes continuó indagando.
En el modo archivo recorrió los años que todos consideraban memorables: 1945, 1961, 1969, 2000, 2026. Entró en ellos con altas expectativas, pero encontró reconstrucciones planas y escenas domésticas. Si quienes conocieron la superficie habían entregado sus recuerdos para construir esa réplica, entonces el mundo real no debió de ser tan distinto al suyo: solo monotonía y trabajo interminable.
Entre 2027 y 2031 el sistema imponía un bloqueo más severo. Betania intentó forzarlo varias veces, convencida de que en los registros de la Gran Guerra encontraría algo más que simulaciones vacías. Quizá incluso podría presenciar cómo detonaron aquellas armas que obligaron a la humanidad a refugiarse, pero la interfaz se cerraba una y otra vez. No había forma de acceder.
En cambio, en el modo arquitecto la simulación le pertenecía. Corría sin límites, volaba sobre ciudades inexistentes y quebraba la lógica del entorno.
Podría haber permanecido así el resto de su vida. Pero poco después, Ale desapareció.
Durante una semana no supo nada de ella. Finalmente, uno de sus compañeros, de mala gana, le proporcionó su dirección.
Decidió buscar a Ale. Encontró la vivienda abierta. Dentro, basura acumulada y neuro-nexos desmantelados. A Betania le produjo la impresión de estar en una sala de disección. Cuando estaba a punto de marcharse, observó una losa suelta en el suelo. Debajo encontró un neuro-nexo. Supuso que era el de Ale. A simple vista parecía intacto. Se colocó el casco. Los dispositivos hackeados permitían el acceso de cualquier usuario, incluso si no era el dueño. Tal vez observando la última conexión de Ale podría averiguar su paradero actual.
El sistema la reconoció. Fue un error.
Bombas. Armas. Cuerpos partidos en dos.
El cielo estaba cubierto por un humo espeso y el suelo era una mezcla viscosa de lodo y restos humanos. El sonido era una masa saturada de detonaciones y gritos. Era la simulación más realista que le había visto producir al Sector Lúcido. Dudaba si aquello que miraba era realmente una recreación. Tardó en advertir que se encontraba en el modo archivo.
Un misil descendió a pocos metros. Intentó correr. La explosión la alcanzó antes. El fuego la envolvió y su piel ardió, el dolor era auténtico.
Cayó.
Permaneció en el suelo sin saber cuánto había transcurrido. Si aquello correspondía a la Gran Guerra de hacía setenta años, entonces estaba presenciando lo que nadie quería recordar.
Cuando recuperó cierta conciencia, actuó por instinto. Se arrancó el casco y abrió los ojos en la penumbra del búnker. Era de mañana. El tiempo se había deformado.
Aún sentía el olor a pólvora adherido a la ropa, como si el humo hubiera atravesado el neuro-nexo y hubiera llegado al mundo real. Apenas lograba sostenerse en pie.
Cuando llegó a su vivienda, su madre la esperaba, junto a ella había un hombre desconocido, vestido con uniforme gris e insignias visibles. Su sola presencia llenaba el cuarto, de por sí estrecho.
Su pesadilla se había vuelto realidad, pagaría por desobedecer.
Así llegó Betania a la Cámara Azul.
Y así fue como volvió a ver a Ale.
Juan Carlos Ponce (Puebla, 1998) es egresado de la Licenciatura en Arte Digital por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha trabajado como diseñador e ilustrador en distintas agencias de publicidad. Su trabajo se centra en la narrativa gráfica como medio para crear personajes y contar historias. En 2024 fue becario del PECDA Puebla en la especialidad de cómic, donde desarrolló la novela gráfica Perspectiva Doble.