Desde el túnel, observas a tu padre frente al espejo.
Tiene una mano en el pecho, la otra sobre el reflejo. La superficie es negra y perfecta, pero a él no lo refleja. Está desnudo en medio del cuarto, vacío y oscuro. Hay cables por todos lados, algunos de colores, otros muy gruesos, como nunca los habías visto. Pronuncia una palabra y el cuarto se ilumina de un arcoíris sombrío, pero la claridad se deshace entre el vapor y el incienso.
A su alrededor, máquinas dispuestas en círculo comienzan a trabajar. La luz centellea, inestable por el costo energético.
Una extremidad viscosa surge del reflejo.
Vuelves con prisa a tu habitación.
La lámpara vieja junto a tu cama no dejó de parpadear toda la noche. Su luz intermitente alumbra a Sigourney Weaver, cargada de un arma y una niña, todas cubiertas de tierra y polvo. Los huevos de xenomorfos a su alrededor brillan con cierta iridiscencia, debido al recubrimiento plástico del póster. Entre los periodos de luz y oscuridad, la mujer te devuelve la mirada.
No has dormido. Te planteas volver al estudio de tu padre, abrir la trampilla escondida tras el tapete empolvado, bajar las escaleras de frío cemento, averiguar qué es lo que viste a través de esa pared de ladrillos. Pero no te mueves.
Mientras te preguntas qué hubiera hecho Ellen Ripley, empiezas a dormitar.
Sueñas poco y confuso.
La voz de tu padre te despierta desde el pasillo. Se te escapa una queja por el susto. Él abre la puerta y la luz blanca del día te deslumbra alrededor de su silueta.
Desayunan juntos por primera vez desde hace semanas, tu madre está contenta por ello, y les prepara su comida preferida.
Te apresuras para salir, pues debes regresar algunas películas que rentaste. Por lo general, tu madre hubiera reprobado tus DVD al ver que los pones en la mochila, hoy no le importa que hayas visto Hellraiser en la madrugada.
Mientras te despides, te convences, eso que viste ayer fue sólo una pesadilla, fruto de tantas películas de miedo.
Después de algunas semanas, tus amigas no han abandonado la insistencia en que juegues I Have No Mouth and I Must Scream.
No les haces caso. Te has sentido mejor sin acercarte a cosas de horror. Por otro lado, al no tener nada que hacer por las madrugadas, te pusiste a estudiar todo el fin de semana por primera vez. Obtuviste una calificación perfecta en el examen de matemáticas. Tus amigas te felicitan, desanimadas.
En la comida le das a tus padres la buena noticia. Tu madre salta de la silla y te abraza, se miran, sonríen. Los dientes de uno parecen el reflejo de los del otro. Sonrisas simétricas, repletas de dientes perfectos.
¿Tu madre no tenía un colmillo desalineado? Era visible en su mueca de decepción cuando traías malas notas. Al sentir tu mirada, cierra los labios. Anuncia que saldrán a ver la película que quieras.
No recuerdas la última vez que fueron al cine todos juntos.
La película no fue de miedo, pero aun así, te cuesta trabajo dormir. Caminas con cuidado hacia el pasillo. Una línea de luz lunar delata la puerta entreabierta del cuarto de tus padres.
Giras la cabeza hacia la rendija y te acercas poco a poco. Desde aquí sólo ves el espejo en la cómoda de tu madre. Ajustas tu posición y aparece la cama, donde tus padres duermen.
El ritmo de sus respiraciones es casi imperceptible. No estás segura de si respiran. Ninguno ronca.
Permanecen relajados, inmóviles, con las espaldas pegadas el colchón, y sus cuerpos en alineación paralela perfecta.
Regresas a tu cuarto.
Esta noche, tienes una pesadilla.
Al día siguiente, miran la televisión juntos. Antes era raro, ahora es una tradición.
Recuerdas de pronto tu tarea. Ya la has terminado, pero se te olvidó imprimirla, y es tarde. A tu padre no le gusta que entres a su estudio, pero necesitas usar su impresora.
Mientras la máquina hace su trabajo, tus ojos encuentran el muro.
Mueves el cuadro y descubres para tu alivio que la trampilla no está.
Sin embargo…
Quitas el cuadro por completo. Hay una línea marcada en donde antes estaba el agujero. Con esfuerzo, tus dedos expanden una pequeña fisura entre el ladrillo y la tablaroca. Oscuridad profunda te observa del otro lado. Al fondo brota un destello iridiscente.
Escuchas pasos desde la sala. Regresas el cuadro a su lugar y te pones de pie, justo cuando tu padre entra al estudio.
La impresora está atascada, parece que lo ha estado desde hace un rato. Tu padre vino a ayudarte. Sonriente, presiona algunos botones, avienta el papel arruinado a la basura y te ayuda a terminar la tarea.
Al día siguiente, tu padre anuncia un viaje, algo sobre su investigación. Tu madre lo acompañará al aeropuerto.
En cuanto se van subes a la bodega para buscar una herramienta útil. Te encuentras con una puerta recién reemplazada, con cerrojo nuevo.
De niña, lograbas entrar a través de una ventana pequeña al desordenado lugar. La encuentras, pero está atascada y empapelada con periódicos viejos. Te asomas entre los papeles. Estantes nuevos, negros, metálicos, ocupan el espacio de forma perfecta.
Un día antes de su retorno, llegas temprano. Te bajas del camión en la esquina de tu casa y ves a tu padre frente a la reja. Te escondes por instinto. Lo observas desde lejos forcejear con la cerradura.
No sabes si viste bien o alucinaste, pero la imagen te congela.
Tu padre se esfuerza, y al final logra abrir. Esperas varios minutos antes de entrar tras él.
Esa noche, acercas el brazo hacia su cama y notas que tu brazo tiembla. Respiras una vez, otra. Cierras los dedos y los vuelves a abrir, logras ponerlo bajo control. Mueves con cuidado la sábana, sólo lo suficiente para ver la mano izquierda de tu padre, la que usó ayer para detenerte en la calle. Cuentas los dedos. Los cuentas otra vez. Tu mano libre te cubre la boca para silenciar una respiración agitada. Son seis.
En la mañana, tu madre explica que el trabajo de tu padre requiere otro viaje. Por suerte, su investigación es muy importante, y la universidad pagará todo.
Preguntas adónde irán y otros detalles, pero ella desvía la pregunta. Se irán en la mañana y regresarán en un par de días.
El auto de tus padres se aleja. Esperas unos minutos.
Quitas una cortina. Subes a la azotea. No sabes si el corazón se quiere salir de tu pecho por la prisa o la ansiedad.
Rompes el cristal de la bodega con la mano envuelta en tela. Abres desde adentro y encuentras un martillo grande, así como materiales de construcción nuevos.
En el estudio, arrojas el cuadro. Golpeas la tablaroca hasta que tus hombros arden de dolor. Después, golpeas más. El agujero ya permite tu entrada.
Te permites un momento de descanso en el piso del estudio. No sientes los brazos.
Escuchas una voz.
Cruzas el agujero y caminas por el túnel, con el pulso en los oídos, y las manos sudorosas.
Aquí, hace semanas, viste el inicio de algo, luego intentaste olvidarlo.
Ahora ves su resultado.
Hay tres sillas frente al espejo. La de en medio está vacía, en la izquierda está tu madre, en la derecha tu padre. Ambos, demacrados, miran una televisión enorme que sólo reproduce estática.
Un pinchazo.
Seis dedos te agarran con fuerza por detrás. Hileras de dientes infinitos en la boca de lo que pretendía ser tu madre, mientras extrae de tu cuello la jeringa.
Antes de desvanecerte, sientes cómo te desnudan, te llevan al espejo y ponen tu mano sobre la superficie.
Luces, humo, calor.
El tacto de tus dedos no corresponde a cristal. Otra piel es lo que están palpando.
***
Te disculpas. Carraspeas. Frunces el ceño, después, relajas el rostro. Estás más tranquila. Ya no peleas contra las ataduras. Eres feliz. Ellos presionan un botón y le dan un control a tu padre, sentado a un lado tuyo.
Mientras la televisión se enciende, los observas, con la mirada que se dedica sólo a un viejo amigo. Tus ojos están húmedos, pero no es a causa del gotero. Sonríes. Experimentas una dicha que te sobrepasa.
Sin embargo, deben regresar a sus obligaciones. Levantan un dedo y apuntan hacia la pantalla. Asientes, y tu mirada se concentra en la imagen. Tu sonrisa se desdibuja lento. Tu expresión y tu cuerpo se aflojan. Tu cabeza cae hacia adelante, pero las correas en tu pecho, tu cuello, y tu frente detienen la caída. Tu boca se abre. Un hilo transparente que emana de ella ensucia tus pantalones. La más joven de Ellos regresa en silencio a limpiarlos. No quiere despertarte, por suerte, tus ojos ya están inmóviles, atrapados por el rectángulo luminoso. Ya ni siquiera intentas parpadear.
La imagen la conmueve.
Deja un pequeño trapo en tu regazo, está limpio y es muy absorbente. Funcionará bien para interceptar tu saliva mientras ella esté fuera, viviendo tu vida.
Francisco E. Villaseñor (CDMX, 1997) es estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha colaborado previamente en el tercer número del fanzine Saca la lengua. Su área de estudio profesional es la lengua, pero está interesado en todas las expresiones artísticas, en especial por su potencial narrativo.