Esther no llegó a tener su primera comunión el día en que dos hombres la tomaron: su cuerpo volcado en una camioneta sin placas. Esther no sabe cuánto tiempo pasó. Incluso si algún día desapareciera cada marca en su cuerpo, las cicatrices siempre estarían en los recuerdos de la primera noche en aquel motel y en todas las veces que buscó dejar de sentir, en los ojos sin vida de cada mujer a su alrededor y en la noche en que Mercedes no despertó.
En el pueblo dicen que el cerro abría la boca por las noches. Que respiraba hondo y se tragaba a las niñas que caminaban solas. Dicen que no se lleva a cualquiera, solo a las que ya fueron tocadas por la desgracia. Dicen que no gritan porque el cerro sabe cerrarles la boca, que no dejan rastro porque la tierra aprende a tragarse lo que duele. Por eso nadie busca demasiado: es más fácil decir que el cerro abrió la boca que aceptar que fueron los hombres quienes perdieron la decencia.
Boni fue una anomalía, un eslabón que nunca logró encajar. “Todo deja señales, nomás hay que saber verlas» le decía su abuela, y Boni lo tomó en serio. Es por eso que cuando comenzaron a desaparecer las voces de sus amigas, lo que en el pueblo se decía no fue suficiente. La primera vez que subió al cerro fue sin decirle a nadie. Sólo quería entender. El camino era pura tierra suelta. Y eso más que tranquilizarla, le pareció extraño. Si la tierra se abría, algo tendría que cambiar. Algo tendría que romperse.
Volvió a subir y notó las marcas, no eran profundas ni evidentes, pero estaban ahí. Un patrón fuera de la naturaleza. La tierra estaba más dura en ciertas líneas. Boni siguió ese rastro hasta que ya no era el olor a tierra húmeda ni plantas aplastadas lo que percibía. Era algo que no pertenecía al cerro: Gasolina.
Volvió muchas veces. Aprendió a leer el cerro tal como leía las plantas con su abuela. Aprendió en qué sitios la tierra estaba más cargada, dónde el pulso se volvía insoportable, dónde el silencio no era natural sino impuesto. Y una noche, por fin, vio las luces. El pulso bajo sus pies tembló, pero no como hambre: era resistencia.
Al bajar, el pueblo seguía diciendo lo mismo. Esa misma noche, mientras ayudaba a su abuela a limpiar frijol, el suelo vibró bajo sus pies, apenas un suspiro.
—¿Lo sientes? —preguntó Boni.
Su abuela apenas la miró cuando dijo:
—Siempre ha estado ahí.
Boni negó despacio. Ahora la vibración era más fuerte, el cerro estaba cansado, lleno de nombres que nadie decía, de pasos que nadie seguía, de historias que el pueblo había evitado enfrentar.
Y por primera vez, Boni sintió que el cerro no era un monstruo, sino un testigo. Quizá en el pueblo seguirán diciendo que el cerro abre la boca por las noches, pero Boni ya sabe la verdad: no es la tierra la que traga, es el silencio. Y el cerro, cansado de sostener esa mentira, ha empezado a temblar.
Andrea Toral es estudiante de doctorado en biotecnología y está convencida de que la ciencia y la escritura creativa tienen un terreno en común, dos formas de entender al cuerpo a través del lenguaje. Ha desarrollado una voz que transita entre la poesía y el ensayo. Es coautora de la antología Mujeres en resistencia (editorial del Tec de Monterrey), proyecto que reafirmó su interés por contar las experiencias femeninas contemporáneas y de narrar los procesos que sostienen la vida.