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El frasco

Cintia Citlalli Cortés Ramírez

Federico decidió pasar una última noche en la casa donde creció antes de venderla. La idea era empacar las pocas pertenencias que quedaban, cual testigos de sus años de infancia, pues quería mostrárselas a su hijo Fran, quien a ratos no creía que el señor de corbata que lo llevaba al colegio alguna vez había sido tan pequeño como él.

Se entretuvieron un rato con los cómics desgastados y el cuaderno de dibujo que ni siquiera recordaba, pero después de unas horas Fran se aburrió y pidió permiso para jugar en el zaguán.

—No puedes jugar afuera. La vecina come niños —respondió echando un vistazo a la ventana.

—Mientes.

—No miento. Uno de mis amigos desapareció cuando teníamos nueve, como tú.

—Pero la casa qué tiene que ver.

—La vecina come niños, Fran.

—No hay vecina, voy a salir.

El rostro de Federico se volvió mármol y suspiró restregándose la mano en la frente, el pequeño iba a cruzar la puerta cuando escuchó la voz angustiada de su padre.

—Casi nunca llovía en verano, pero ese día se inundó el barrio y no pudimos salir hasta tarde. Después de empaparnos en los charcos decidimos jugar a las escondidas, éramos seis. Mi amigo se llamaba Andrés y era el más miedoso de todos, por eso creímos que estaría en cualquier lugar menos cerca de esa casa. El juego terminó y nunca apareció, aunque lo buscamos por todos lados hasta que se hizo de noche. Fue un error animarnos a entrar ahí para buscarlo con dos velas, que fue lo único que encontramos para alumbrar.

‘‘El jardín tenía mucha menos maleza y no fue difícil brincar el cancel, la casa olía a podrido de tantas burbujas de humedad reventando en las paredes, y a pesar de las dos velas no se veía nada. Se escuchaban pasos en algún lado y botellas chocando, muy a lo lejos. Todas las puertas que encontramos estaban cerradas y el primer escalón crujió tanto que nadie se atrevió a subir, por lo que seguimos andando entre las estanterías llenas de plantas, cajas y botellas. Sí es bruja, ¿quién más tendría eso? Después empezó a llover de nuevo, nos rendimos con Andrés y buscamos la salida, pero un montón de puntitos brillando en una esquina nos detuvo. Me separé unos pasos y la escuché respirar, como yo era valiente, pensé que quizás era solo un gato, le susurré a mis amigos y cuando iluminamos la bola que respiraba, un montón de arañas nos saltaron al cuerpo. 

Gritamos, las velas cayeron al piso y chocamos unos contra otros. No sé cómo encontramos la salida, pero las arañas desaparecieron y Andrés también’’.

‘‘Los frasquitos vacíos’’, recordó Federico, el montón de frascos tirados en el jardín fue lo que más le aterró, aunque nunca supo por qué. ‘‘A Andrés lo metió en uno de esos’’. Aquellas noches el recuerdo de las arañas y los frascos lo hacían pensar en su amigo. ‘‘Y luego se lo comió’’. No dormía pensando que la respiración de las arañas estaba a su lado. 

—Eres un mentiroso, eso lo acabas de inventar, solo quieres que me quede aquí adentro. 

—Juega en el patio, Fran.

El niño intentó salir una vez más, pero la valentía se esfumó y apareció en su mente la voz severa de su padre.

Fran se entretuvo pateando el balón contra la pared del patio hasta que se cansó y entró para cenar, leyó un par de páginas del único cómic que llamó su atención y se quedó dormido en el colchón inflable que su padre instaló en la sala. Federico terminó de empacar cerca de las diez, le echó un vistazo a su hijo y cuando se dispuso a cerrar la puerta del patio recordó: ‘‘Yo también tuve un balón… quizá sigue aquí’’.

La chispa de memoria en el pecho lo empujó al césped recién cortado bajo la noche sin luna pero no encontró nada suyo, solo el balón de su hijo y por los buenos tiempos se entretuvo unos minutos con él hasta que en el último tiro lo vio cruzar el muro entre las dos casas. ‘‘Otra vez’’, pensó. ‘‘Mañana conseguimos otro… pero los objetos que nos construyen la infancia son importantes. ‘‘Para Fran lo es. Qué tontería, no hay bruja’’. 

Y atravesó su casa para cruzar de nuevo la maleza, el cancel, la puerta principal de madera, que ahora ya mostraba su interior. La oscuridad. ‘‘¿Esto me daba tanto miedo?’’ Al fondo, a través de una rajadura, alcanzó a ver el rectángulo donde alguna vez estuvo la puerta del patio. ‘‘Ahí no puede haber nada, solo el balón de Fran, es un momento y salgo. No puedo no ser valiente. Hace años. Cosas de niños’’. Con seis grandes zancadas llegó al patio, que de jardín no tenía nada, no era más que tierra revuelta. ‘‘¿Ves?’’ Tomó el balón y tocó la madera quebrada y fría del marco de la puerta. No había puerta. O sí. El viento la cerró. Algo. Creyó escuchar la respiración a lo lejos. ‘‘No. No hay arañas’’. Pero no se atrevió a mirar atrás. ‘‘Son seis pasos’’. Abrió a ciegas y tropezó. ‘‘Respira’’. Tuvo que arrastrarse, pues sus piernas se deshacían cada que intentaba ponerse de pie, junto a la puerta aparecieron de nuevo los ojos de las arañas. ‘‘Grita’’. No pudo. Ahora el ruido de botellas chocando, muy cerca, justo donde se encendió una vela para alumbrar el sonido. ‘‘Una mano. Una mano envolviéndolo. Envolviendo un frasco. Sí, un frasco. No eran botellas. Las uñas golpeando. Llamando. Su mano se mueve como araña’’. 

Un relámpago le golpeó el cuerpo y saltó, sintiendo las arañas en la piel cuando destruyó la ventana para caer en la maleza justo donde hace años vio ‘‘los frasquitos’’. 

Federico despertó al amanecer frente a la ventana de la casa. Le costó ponerse de pie, casi a ciegas por un mareo constante que incluso le cortaba el aire, y cuando dejó caer las manos en el cristal se dio cuenta de lo mucho que este distorsionaba la calle. ‘‘La ventana es enorme’’ pensó, pero no pudo más que dar un par de pasos cuando tropezó de nuevo, no era la ventana. El cielo raso que distinguió era apenas un círculo e incluso pudo tocarlo cuando elevó la mano, entonces vio en su muñeca su viejo Swatch. ‘‘Grita’’. El sonido de su voz infantil rebotó dentro del frasco y lo hizo vibrar en la estantería. 

Mientras golpeaba en vano el vidrio, apareció a lo lejos una silueta tan extraña como conocida que compartía la desesperación con él. El hombre afuera corría como ahogándose por toda la calle, arrancándose el cabello, la ropa. ‘‘Mi ropa’’. 

—¡Oye!

El aturdimiento volvió a retumbarle todo el cuerpo y el sujeto pareció escucharlo un segundo, pues le clavó la mirada, o eso pensó, por la distorsión del cristal, y echó a correr de nuevo para volverse un punto negro a lo lejos: la sombra del futuro. Sus piernas fueron apenas unos hilos hechos ovillos en el fondo del frasco cuando supo quién era aquel.

‘‘Allá va. Un cuerpo sin pecho. Un cuerpo sin historia.’’ Un cuerpo ahora sin él. Sin los años que vivió en la casa de al lado. Una sombra que llevaba no más que una grieta diminuta en el pecho.

El frío despertó a Fran, quién encontró la puerta abierta, pero no a su papá. Salió al zaguán y después a la calle, ahora que no estaba podía ver esa famosa casa de la historia. No encontró más que desilusión, pues detrás de la maleza, una casa sin puertas lo recibió, si bien la pintura estaba muy gastada, no había rastros de humedad, ni cajas, ni botellas, ni plantas. Lo único que vio fueron un montón de frasquitos en la estantería junto a la ventana. Nada más.

Cintia Citlalli Cortés Ramírez (Guadalajara, 1996) es licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara y ganó el concurso literario Luvina en 2018 con el cuento »California Dreamin». Atada a una vida de godín se la pasa imaginando qué fantasmas habitan su oficina o qué pasaría si de repente abre la puerta equivocada y descubre que la empresa donde trabaja en realidad es operada desde arriba por seres de otro planeta. En fin, siempre encuentra tiempo para seguir leyendo, escribiendo y estudiando.