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El volcán

Valquiciada

Despierto para ir al trabajo, un trabajo que me da para comer, para lo cotidiano y esencial. Cada madrugada, veo en mi espejo cómo cada rincón de mi habitación se refleja en él. Me deja pensando en lo rutinaria que me volví. Tomó el mismo camino: subir, bajar, subir y volver a bajar. Y recuerdo cómo cada paso que daba antes dejaba mi esencia en el suelo, pero ahora solo veo mis zapatos moviéndose, para que mis piernas sigan.

De regreso a casa, a un lugar que, a pesar de ser pequeño, es mío; donde la propia ciudad no es tan invasiva y los montes me ven dormir. Desde pequeña, subía a la azotea y veía desde ahí cómo se movía todo: y ahora, las nubes pasan y parecen rozar las casas, rozan las estrellas, y yo quisiera ser una de ellas.

Un ciervo me observa, me rodea, y se posa en la orilla de mi cama y me observa con calma. Me mira tan fijamente con sus ojos en llamas, que parece respirar con el bosque, y el bosque es él. Alguna vez mi abuela me contó sobre un ciervo que se mete al volcán y se hace uno con él. Decía que el ciervo era cazado por los hombres del pueblo, ya que su saliva era curativa. Tanto, que él mismo dejaba una jícara con su saliva a la orilla del río, y las personas del pueblo la derramaban en el agua para que todos tuvieran de ese brebaje. Pero al final, la codicia de los hombres causó que el ciervo se metiera al volcán para no volver a salir nunca más.

Recuerdo esta historia con tanta nostalgia. A veces pienso que el ciervo salió del volcán para conocerme, que me siguió y espero conocerlo algún día. A su persona, a aquello que se esconde en el volcán. Poder verlo en un cielo tan despejado, y que los dos nos cubramos con los colores de un amanecer en el que me bese y me llame para que suba a su lava.

 

Llegué otra vez a casa, y es la misma rutina: los mismos caminos, las mismas personas y los mismos problemas. Hay veces que deseo tanto meterme entre la tierra y quedarme ahí, pues dicen que la tierra te cura, que te cobija con su propia humedad, porque los muertos están ahí descansando, entre la profundidad de este ciclo de esta perpetuidad mortal.

Decido salir a caminar, entre tanto desorden mental, que solo me deja carcomida por mis propios pensamientos, quito todos los estorbos de mis pies y camino con los pies descalzos, así solo pienso en el frío del suelo, en lo tonto que es ser egoísta y en cómo mi voracidad me guía por caminos donde termino debajo de este mismo piso, y pisando las pequeñas piedras, el polvo, mis pies sienten ya el pasto de una colina, los muevo y termino por acostarme. Ahora el viento me besa, pero un frío me empieza a invadir, sube por los dedos de mis manos, pasa por mis brazos, parece que rodea mis senos, y aumenta más, me cubre el cuello, me cierra los ojos, pero muy a lo lejos escucho cómo las hojas de los árboles se separan, la tierra grita por nuevos seres que parecen que nacen, me levanto asustada, casi con el impacto de saber qué es, corro al final de la colina, me tropiezo con una rama, pero quiero ver de dónde viene ese ruido, ¿a quién levantan? Y ahora veo cómo unas personas gigantes se levantan de las montañas, los pequeños cerros se enderezan y mientras lo hacen se vuelven personas que, si alzaran sus brazos, sentirían entre sus dedos el espacio.

Pero una de ellas, desde su boca, provoca una ráfaga de aire que termina por apagar todas las luces de la ciudad. Otras apenas despiertan y toman impulso con los árboles. La más alta de las montañas grita:

—¡Levanten su naturaleza!

Creo que no puedo entender cómo es que esto está pasando, cómo es que tengo el honor de verlas. Me hinco para honrarlas y se acerca uno de los pequeños cerros que estaban más cerca de mi casa. Me extiende la mano.

—Pequeño ser de la ciudad, hay alguien que te busca, que te ha buscado en todas sus vidas, solo porque en una te vio y tus ojos se volvieron su deseo.

—Pero ¿cómo es que… las puedo ver?

—Somos la naturaleza y nos levantamos cada cien años. Nos bañamos para limpiar toda la suciedad que provoca su falta de amor, pero no vengo por eso, me piden que venga por ti.

—¿Quién?

—El volcán, que te ama.

Subo a su palma. Me doy cuenta de que toco su piel, pero se siente como pasto. Ella camina, yo veo a todas tomar un baño: cae agua de una de las nubes que bajan para ellas. Son tan luminosas, con una magia que se desparrama de plantas. Ella me baja justo a las faldas del volcán. Le agradezco y solo asiente con la cabeza, dejando caer algunas flores. Se va y puedo ver cómo a lo lejos vuelve a hacerse un cerro verde, brotando con las demás.

 

Empiezo a caminar, pero el volcán desde su cráter ya deja caer lava. De ella sale un hombre, con la piel morena, casi dorada. Toca la lava como si fuera agua y no tiene ningún daño. Tiene el pelo largo, con tonos azules, y un maxtlatl. Parece que él es la llama misma. Termino por saber quién es. Es él: mi fuego, mi ciervo, mi piel quemada para él. Nos tenemos frente a frente, sus ojos parecen contarme la historia de cuánto me ha buscado, me gritan, pongo mi mano sobre su rostro, pero al tocarla siento su lumbre, que me quema, él me toma por la boca y me besa, me atrapa con su lengua, rasgando mi cuerpo internamente, no cesa hasta que deja toda su saliva sobre mi boca, siento su lava, su saliva, baja por mi garganta, y aunque antes me quema, termina por ser un alivio que se centra en mi estómago, nos soltamos y me dice:

—Te busqué por mucho tiempo, pero ahora que te veo es demasiado tarde. Ahora soy completamente de la tierra; ahora mi deber es ser volcán.

—Ya no te vayas, déjame ser parte del volcán contigo.

—No puedo. Esta es mi responsabilidad, mi nueva manda. Vete, la lava quemará esa piel que tanto deseo para mí y aunque ahora tienes mi saliva en ti, eso no será suficiente para el poder que causa este desastre que soy.

Nos tocamos los labios por última vez, pero su boca es lo último que es mío, se desintegra poco a poco, deja de ser hombre, sus manos ya son de tierra, su interior de lava, se vuelve el volcán de todos, el gran volcán, nunca sabrán que este peso de serlo le cuesta mi amor, le cuesta no volver a ser de carne, que ya no vive, ni tiene conciencia, solo forma parte de esta ciudad a lo lejos, donde la ceniza será su forma de reclamarle a todos que le tengan respeto, a él y a la naturaleza, al viento, a las pequeñas hojas que caen, y a las ramas que crujen.

Su lava me empieza a quemar los pies, me hierven, pero esta es la primera y última vez que lo veo desde tan cerca. En un momento la lava empieza a regresar a su cráter, todo vuelve a su lugar de origen, ya no me quema, pero ese dolor me hace sentir que él me toca al menos un poco, como si intentara besarme y a la vez alejarse para no causarme daño.

Empiezo a descender del volcán, ya el sol se ve cada vez más cerca, pero yo me quiero quedar ahí, quiero esa esperanza que alguna vez él me da. Solo caigo de rodillas, quiero sacarme esas lágrimas de desesperación, pero no salen, y aunque intento, no hay, parece que él sana esta tristeza que me atemoriza, volteo por una última vez, le agradezco y le prometo que ahora yo lo buscaré, que yo lo encontraré a él, que en cada rincón dejaré un poco de mi cabello, una pestaña y mi esencia, por si la reconoce la huele y la toca, sin saber por qué ahora necesita saber de quién es, hasta encontrarnos y vernos la cara, y solo nosotros dos saber que la tenemos ardiendo, que nuestras bocas se anhelan con cada paso al estar cerca, que se nos juntan las manos, las uñas, las huellas que creemos haber dejado.

 

Valquiciada (Valentina Gonzaga) es estudiante de animación digital, su manera de reconectar con lo esencial. Como estudiante y artista, su búsqueda se centra en algo que a veces olvidamos: la naturaleza de nuestro entorno y el pulso de lo que nos rodea. A través de sus ilustraciones, Valentina construye un puente entre lo visual y lo emocional. Su trabajo explora la feminidad no sólo como un concepto estético, sino como una forma de sensibilidad que nos permite vincularnos de nuevo con la tierra y con nuestra propia naturaleza.