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Inefable delirio

Mariana M. Mendoza

Mar estaba de pie en la colina, contemplaba la oscuridad inmensa que permitía ver miles de estrellas, treinta lunas en un cuarto creciente; sonriéndole en diversos tamaños, de colores rojizos, como algunos de sus cabellos, esas eran sus lunas favoritas. Ahí entendió, lo que sentía era amor, paz y tranquilidad, nunca antes experimentada por ella.

Era un día como cualquier otro en TOI-6713.01 o también llamado Delp y los delplitas se preparaban para recoger sus alimentos de las bodegas externas del planeta. Todos vivían en una red subterránea, tenían volcanes activos, desiertos marrones de varios kilómetros y grandes rocas rojas incrustadas sobre la faz del planeta. Una de las habitantes era Mar, nombrada así por su abuela.

Mar llevaba su traje antirradiación, su Tab y su anillo morado; herencia familiar de más de trescientos años. Estaba lista para ir por provisiones para ella y su hermana Ileana para los próximos diez días. Todo estaba listo para ir, formadas junto a la cápsula que las llevaría a ellas y a otras treinta y ocho personas.

—¿Estás lista para ir? —preguntó Ileana a Mar—, sigues pensando en ese sueño, ya aterriza, solo son sueños.

—Pero se sentía real, como lo que contaban los terrícolas de su planeta —respondió Mar con tristeza—, pero bueno, ya vamos.

“Favor de subir a la cápsula de transportación; no olvidar colocar su cinturón de seguridad y asegurarse del buen funcionamiento y ajuste de su traje antirradiación.” Resonó en la mente de cada uno de ellos; gracias a su microchip cerebral.

Las dos hermanas caminaron por la bodega y tomaron los productos que necesitaban, pasaron a la caja de registro, tomaron su comprobante y su vale de trabajo a cambio de los suministros.

—Delp llamando a Mar. ¿Mar, me escucha?, ¡Ya reacciona! Apúrate que el tiempo se nos agota y no seremos un número más de sacrificadas en la bodega.

—Ya voy, es que se sentía muy real. El agua azul como un espejo y esa voz diciendo que regara las colinas verdes con ella, era muy hermoso —ella suspiró ante el recordatorio.

—Bueno, pero apúrate. Luego me cuentas sobre tus sueños.

Se apresuraron en volver a la cápsula y alguien sollozaba diciendo: “Emi, no estará más”. Al parecer, su hermana se quedó y será sacrificada por violar una de las reglas de la bodega de almacenaje: tardar más de quince minutos dentro. Ellas volvieron a su colonia en silencio, llegaron a la puerta de su apartamento y se disponían a entrar cuando él apareció.

—Hola, Mar. —Se escuchó tras ella una voz suave, joven, algo familiar.

—Hola. —Respondió confundida mientras ambas volteaban la voz. Era un joven alto, blanco pálido, pelo negro, lacio y largo hasta la espalda, ojos hazel, un extraño.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó confundida, mientras miraba a Iliana y a él.

—Lidieth, mucho gusto y perdón por asustarte. —Sonrió y dio un paso hacia atrás con seguridad.

—¿Vienes de otra colonia? ¿Por qué sabes mi nombre? —Repitió con cierta molestia.

—Vengo de un lugar diferente y sé tu nombre porque nos conocemos, vengo por ti. —Mostraba confianza y una sonrisa mientras la miraba.

Mar e Ileana se vieron con seriedad, una sonrisa y después una gran carcajada. Voltearon a Lidieth y, al notar su expresión neutra, dejaron de reír poco a poco hasta volver a su cara seria.

—Te gusta el mar ¿verdad? —Cuestionó Lidieth viendo a Mar a los ojos.

—Ni siquiera sé qué es. —Tensó la quijada molesta y asustada, manteniendo la cara seria para no delatar su nerviosismo.

—Vengo de Kepler 452b, el planeta de los mares. —Mar perdió fuerza en las piernas; Ileana soltó sus empaques de alimento y sostuvo del brazo a Mar.

—¿Quién eres? ¡¿Qué eres?! —Ileana apenas podía sostener a su hermana.

—Por favor, no grites. Les voy a explicar todo, no les haré nada, vengo con una misión. —Pidió mientras levantaba las manos, tratando de calmarlas.

—¿Qué es eso? —Preguntó Mar con voz débil y señaló un objeto colgado del cuello de Lidieth.

—Es una flor, Lilí, hace trescientos años existieron en el planeta Tierra; la adquirí hace poco.

Iliana no entendía nada, pero Mar recordó la flor, de un sueño, en uno de los tantos sueños.

—¿Qué haces aquí?, ¿cuál misión? Quiero escuchar esa explicación, no sé qué tengas que decir, pero lo mejor es hablar dentro de nuestro departamento.

—¿Estás loca? —miró Ileana a Mar—, ni de chiste.

—Por favor, escuchemos. —Suplicó y tomó su mano.

—Está bien, pero sabes que pueden vernos y escuchar en el chip. Es un riesgo, —Seria, levantó las provisiones del piso y buscó la tarjeta de acceso al departamento; todos entraron con calma.

Pasaban los minutos; él les contó todo: venía de otro planeta, con condiciones similares a lo que fue el planeta Tierra. Seleccionado para la búsqueda de personas para poblar su planeta. Tenía que encontrar a alguien capaz de manejar el agua, volver con ella y mejorar las condiciones de cultivo; así asegurarían su supervivencia. Todo era sumamente extraño para Mar, pero lo peor fue cuando él dijo:

—También este planeta está por extinguirse. Los volcanes están considerablemente más activos y su fin está cerca. —Su seguridad estaba mezclada con temor y tristeza.

—Momento, yo no tengo “poderes” y no creo eso de la extinción. ¿Qué broma es esta? —Molesta, miró a su hermana y ella estaba con la mirada perdida como si algo se le revelara.

—Ninguna broma, Mar. Te voy a demostrar que no miento. —Tomó un recipiente, lo llenó con agua de la cocina y lo colocó frente a ella. Mar no entendía nada e Ileana estaba perdida en sus pensamientos.
—Cierra los ojos y mueve el agua.
—No seas ridículo. —Entrecerraba los ojos con disgusto.
—¡Hazlo!.
Cerró los ojos e imaginó el agua moverse en espiral. Abrió los ojos y ahí estaba; un pequeño remolino girando frente a ella. Ileana no podía creerlo. Mar se asustó al ver el agua y después cesó el movimiento, no dejaba de pensar en lo que hizo.

—Mar, es un mal momento, pero tenemos que irnos. —Tomó su brazo animándola mientras que Mar veía a Ileana.

—Obviamente no te irás. —Dijo Ileana.

“No irás”, sonó en la mente de Mar y dio un respingo.

—Okey, puedo mover el agua, pero no prueba nada sobre tu planeta, ni que algo le vaya a pasar al mío.

—Te esperaré en la superficie, sabrás dónde, soñaste tanto con esa colina que sabes perfectamente cómo llegar, prepararé nuestro transporte y saldremos en diez minutos, si no llegas, entenderé que prefieres morir aquí. —Él salió y ella se quedó confundida; nada tenía sentido. De la nada, un montón de recuerdos llegaron a su memoria. Cada sueño que había tenido era real entonces: el mar, la voz de Lidieth en sueños, los árboles que la esperaban en Kepler, el sentimiento a hogar que tenía al dormir. Era a donde debía ir, su mente no paraba. El hombre que había soñado era él.

—No esperas creer eso, ¿verdad, Mar?

—Pero ¿y si es real? —“No irás”, resonó el chip en su cabeza. Mar quería ver si era real. En un arranque de adrenalina, abrazó a su hermana y susurró.

—Lo siento, Ileana, te quiero.

Mar salió disparada a la superficie; la colonia se sentía ligeramente más caliente; los volcanes estaban entrando en actividad. Al salir a la superficie, vio la noche con miles de estrellas, notó que podía respirar, no le ardía la piel y, sin miedo, siguió corriendo a donde su sueño más recurrente la llevaba, una colina roja donde se paraba a ver el cielo estrellado. Antes de llegar, notó una columna de luz roja alejarse del planeta. Ella siguió corriendo, se detuvo cuando llegó al lugar, miró al cielo y lo supo… Era tarde, se había ido; esa idea de vivir en el planeta de sus sueños se evaporó. Tal fue el impacto que solo sonrió y vio las estrellas. El planeta vibraba ante la inminente explosión de más de treinta volcanes de manera simultánea. Mar siempre cargaba su navaja de luz en su pantalón; miró al cielo y, sabiendo que toda la vida como la conocía se extinguiría, presionó la navaja contra el pecho mientras sonreía.

Despertó de un sueño que parecía profundo, su forma no era la misma. Su alma se fragmentó, se vio a sí misma, pequeña en la colina; ahora era tierra roja orbitando el planeta Delp. Se miró detenidamente a sí misma desde lo lejano y entendió que no eran sueños; todo es, era y fue real. El bucle infinito la atrapó; ahora repite ese día una y otra vez mientras su cuerpo y alma se fragmentan en una luna roja nueva orbitando Delp una y otra vez.

Mariana M. Mendoza, nacida en Puebla, Puebla el 21 de septiembre de 1998. Licenciada en Música por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Músico por pasión, violinista de profesión y directora de orquesta en formación.  Ha participado en diversos eventos musicales y artísticos desde los 11 años hasta la actualidad en estados como Puebla, Veracruz, Estado de México, CDMX, Tlaxcala, Querétaro, Guanajuato y Aguascalientes. El arte siempre ha sido objeto de su interés. Ha experimentado diversas formas de arte, dibujo, música y ahora la escritura. Explora el arte buscando herramientas para expresar, aprender y enseñar el arte.