Asterio VIII enojó a las personas equivocadas. Creyó que robar una bóveda de tesoros de una familia extranjera iba a ser un trabajo fácil.
Por ser un minotauro, le era muy sencillo conseguir empleos de seguridad sin que nadie se opusiera, pero incluso en esta ocasión, resultó un proceso demasiado corto.
—¿Puedes empezar mañana?—dijo la anciana con un extraño acento que no podía
ubicar.
Y con un sí vacío de emoción por su parte fue suficiente para volverse encargado de cuidar una bóveda subterránea hasta nuevo aviso.
Podía vivir dentro de la entrada de la cueva, un gran espacio donde a diario la comida y las bebidas se regeneraban, con un lago cristalino incluido y una vista impresionante del mar en el baño diminuto del lugar. Su única prohibición era abandonar el recinto y entrar a la bóveda sin autorización previa.
Desde el primer día, Asterio entró a descubrir lo que protegía y dejó que la avaricia contaminara su imaginación. La paga que le daban era la mejor que había recibido en su vida, pero no la suficiente para saldar sus deudas, que a estas alturas se tenían que pagar con sangre. Necesitaba huir de Naxos y, al ver la gran cantidad de riquezas a su disposición, tomar una minúscula mordida le daba la oportunidad de vivir en cualquier rincón del mundo, sucumbir en sus vicios y repetirlos en la muerte.
Asterio no se cuestionó la falta de un ejército y una cuadrilla de dragones para proteger ese exceso de tesoros. Él tomó lo que quiso, enamorado de su botín, planeando qué ciudad sería la merecedora de tenerlo.
Su jefa se enteró del ultraje en el momento en que sus manos se llevaron lo que no debía salir a la superficie. Los dueños y ella acordaron que la venganza era la única forma de pago adecuada.
La anciana, la Vid’ma en la oscuridad de la madrugada, tomó una de sus balsas y navegó hasta el punto donde los límites del cielo y el agua se difuminan. Sacó un vidrio roto de su garganta e introdujo un pelo de Asterio dentro del reflejo negro hasta desaparecerlo de esta realidad.
–La confusión invita al caos, el caos a la locura, la locura al sufrimiento, el sufrimiento a la muerte, y sin la bendición del descanso eterno, el sufrimiento es permanente.
La Vid´ma estaba satisfecha de su trabajo. Sacó una pipa y aprovechó su paisaje negro para fumar hasta que el sol llegara de nuevo.
—Una ciudad de mierda te quiebra más rápido que una lapidación de invierno— entre risas, dibujó anillos con su humo, entreteniéndose mientras esperaba.
***
Asterio despertó en pánico, confundido, asqueado por la peste, aplastado por carnes sudadas e inamovibles. Respirando agitadamente, trató de moverse, torciendo su cuerpo en posiciones que facilitaron la destrucción de costillas, huesos y pulmones.
Solo que la dulce brisa de la muerte lo ignoró.
Volvió a despertar en esa pesadilla y moría con rapidez en ella sin avanzar del lugar en donde se encontraba. Las criaturas que lo rodeaban no parecían ser parte de su mundo. Se sentía como un niño, asediado por estos humanoides altos y fornidos que podrían ser primos lejanos de gigantes guerreros de una época perdida.
En sus muchas muertes, Asterio aprendió a tranquilizarse. Era igual que estar en una corriente mortífera. Lo mejor que podía hacer era moverse con el ritmo de los cuerpos, ser la paciencia misma para lograr una posición que evitara el riesgo de destripamiento.
Pasó de sobrevivir unos minutos a un máximo de tres días, antes de que el sol, la deshidratación e inanición lo reclamaran en vano. El principal problema era que se negaba a cooperar con la retorcida cotidianidad de esa ciudad. Una vez en la mañana y una vez en la noche, una avioneta de madera esparcía agua en su primera vuelta y en la segunda un líquido rojo a las grandes cantidades de criaturas que saturaban las calles. Los gigantes abrían su boca consumiendo una pequeña parte; el resto del regalo del cielo consistía en lamerse los unos a los otros. Desperdiciar era sinónimo de rendición; por eso, incluso sus desechos sólidos y líquidos se consumían como sustento.
Asterio prefería morir que hacer ese acto reservado a alimañas de las profundidades. Solo pudo quedarse quieto, huyendo de su mente, de él, de ese lugar mientras las lenguas rasposas recorrían su cuerpo.
A pesar de los empujones que sentía, los golpes descuidados a su cara y cuerpo, y las lamidas que él no podía evitar, los habitantes no parecían ser malignos. Por su parte, pensaban que Asterio era un infante deforme y trataban de ayudar a su sobrevivencia. Ellos mismos producían señas de regurgitación con intención de mantenerlo con vida, lo cual él negó en repetidas ocasiones.
En su desesperación, alucinando por un escape, vio en la piel bronceada y húmeda que tenía enfrente de él los recuerdos de su mundo, regresaba al paraíso que nunca apreció: el mar, el placer de sentir cómo el viento enfriaba su pelaje, su cueva, poder pasar días sin ver a otro ser vivo. Y ahora él estaba en su infierno, pagando con su alma, su mente, su cuerpo. ¿Qué pecados? Había muchos por elegir. No podía acostumbrarse a esta tortura que lo llevaba a un suicidio constante para escapar de esa ciudad por solo unos segundos.
Esto no podía ser su eternidad.
Cuando Asterio cumplió su quinto día con vida, por puro milagro, vio una escena que rompía con el hastío de esa multitud inmóvil: vio cómo los gigantes, en un fervor desconocido, se escalaban uno detrás del otro. Algo grande pasaba en esa ciudad: gritos, golpes metálicos, turbulencia en los cuerpos que trataban de moverse sin éxito, aplastándose, pisoteándose los unos a los otros.
Un escape tal vez era posible, pero Asterio no tenía energía; se dejó mover en todas direcciones hasta que la tragedia ocurrió: la torre de esos gigantes se desplomaba, creando una lluvia de cuerpos que aplastaban a un centenar de seres que no tenían escapatoria.
Tragando su acídico orgullo, Asterio supo que había más oportunidad de un escape si cooperaba con las reglas de la ciudad. La muerte era un hecho, volver a respirar sin una rodilla en su garganta solo era una opción.
A la hora de la comida, lamió los cuerpos sin pensarlo.
El líquido rojo sabía a una leche echada a perder y el agua era salada y amarga. Le sorprendió cómo su hambre y sed fueron calmadas por tales líquidos, pero no lo suficiente para soportar una noche en hambruna. Fingiendo que esto no era más que un mal sueño de alguien más, consumió los desperdicios de sus vecinos. Se esforzó por olvidar las sensaciones que produjo tal acto; había pasado, pero no tenía que recordarlo.
En el quinto día, Asterio estaba listo. En el alboroto, pudo navegar los cuerpos sin mucha resistencia; tenía la ventaja de que, por su tamaño, nadie notó cómo se escabullía hasta alcanzar la base de cuerpos que se escalaban a ellos mismos.
Ascendió sintiendo la adrenalina bloquear sus pensamientos de mirar hacia abajo o preguntarse a qué altura estaba. Se concentró en solo escalar, esquivó manos que lo querían tirar, riñas que él no podía ganar, se aferró a ojos, rompió brazos, mordió narices.
Hizo lo necesario para alcanzar una altura que le permitiera ver su salida.
Al poner su mirada en el horizonte, su nueva esperanza se disipó: toda la tierra estaba saturada de sus habitantes. Los edificios que existían en la ciudad, encorvados y puntiagudos, yacían destruidos, envueltos en humo, asediados por un ejército que disparaba a los gigantes de las calles. Otras torres de cuerpos se creaban en diferentes puntos de la ciudad, siendo derribadas por ellos mismos o por kamikazes de madera.
El único hueco sin carne era el gran océano protegido por un muro de estacas de piedra y un armamento extraño que incendiaba con un fuego magenta a cualquiera que se acercara lo suficiente.
En medio de esa guerra, huir era imposible.
La torre de gigantes llegó a su punto de quiebre. Aceptando su muerte, Asterio cerró sus ojos y dejó que la gravedad le diera un breve momento de piedad. Pero en su caída no sintió el duro golpe de las carnes condenadas, sino una gran cantidad de agua salada entrar en sus pulmones.
Despertó en un mar, con la luz del sol al alcance de unas brazadas. Desesperado por aire, por un escape a donde quiera que fuera, salió de la superficie, atónito de su situación, agradecido por la pureza que respiraba.
Un anillo de humo atravesó su cara.
—¿Vas a ser un buen chico y portarte bien de ahora en adelante? O tendremos que llevarte de nuevo a Pletunia.
M.A.A. Coutiño es creador audiovisual, amante de la literatura, el cine, la música, el gimnasio, las artes marciales mixtas y de ver vacas gigantes dando caos al orden natural de las cosas. En los últimos años me he forzado a perseguir lo que creo que es mi pasión, enfrentar mi mortalidad en las letras que escribo para no huir de mí mismo. Ya basta de estupideces.