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La cura de los condenados

Achylis

Paciente M-606, internado por ataque psicótico.

Me duele la cabeza. Siento mis ojos secos al abrirlos una vez recupero la conciencia. Una luz blanca me deslumbra, casi quemando mis retinas. Un zumbido irrita mis oídos. Siento mi cuerpo entumecido al pasarme una mano por la frente. El sudor humedece mi palma. Miro a mi alrededor con confusión. Vitrales sucios a punto de pudrirse, iluminan paredes viejas con rastros de moho, hileras de camas blancas a mi lado, divididas por cortinas privadas. Un olor penetrante a humedad me golpea la nariz.

¿Qué es este lugar? Me pregunto lleno de pánico. Cuando, una figura se acerca a mí. Cubierto con una bata gris plomo, alto, delgado, cargando varios frascos y jeringas en los compartimentos de sus ropajes. En lugar de un rostro lleva una máscara que asimila el cráneo de un cuervo, pero con el pico más corto con respiraderos a los lados de lo que se supone son las mejillas, emiten humo con olor a medicamentos con cada respiración. 

Este me mira en silencio por un momento, como si me estudiara. Para inmediatamente escribir algo en un diario de cuero con un símbolo en la portada.

 ¿Qué… qué es esto?Empiezo a balbucear al incorporarme con esfuerzo. Sin embargo, el ente me detiene sacudiendo la cabeza en silencio, como si intentara tranquilizarme. Pero mis nervios se apoderan de mi cuerpo nuevamente, volviendo loco el artefacto que tengo conectado a mi pecho midiendo los alterados pulsos cardiacos. 

La figura se voltea haciendo otro gesto y atrae a más entes como él. Hasta que se amontonan para retenerme y amarrarme. En el alboroto otra figura, pero que viste una bata de color violeta grisáceo como flor marchita, la máscara también asemeja el cráneo de un cuervo, pero más alargada y fina con los respiraderos en los lados inferiores del pico.

Saca una jeringa de metal e inyecta una sustancia lechosa por el tubo conectado a una vena de mi muñeca. En el momento que el líquido llena mis venas, empiezo a sentir un fuerte dolor, mis nervios arden como encendidos por una mecha, hasta el punto de dejar mis extremidades completamente paralizadas. Me transportan por un pasillo mal iluminado por lámparas en jaulas de latón conectadas por un tubo a lo largo del pasillo hasta una habitación con una cama llena de restricciones de cobre debajo de una luz verdosa. Colocado en contra de mi voluntad sobre la superficie, puedo escuchar una máquina alimentada por lo que se pueden ver las sombras de unas bobinas eléctricas, mi corazón está tan alterado de miedo que retumba en mi cabeza.

Una figura gris fuerza mis labios a morder un bulto de tela lo que apaga mis quejas, mientras otro pone dos terminales a ambos lados de mi sien, cargándose de energía hasta llenar mi cuerpo de corrientes eléctricas. Mi cabeza se lanza hacia atrás. Mi cuerpo se convulsiona en un grotesco arco y mis músculos se tensan hasta casi agrietar mis huesos. Mis pulmones se inflan al punto de explotar. El dolor es tal que pierdo mi conciencia en un instante.

Inconsciente del paso del tiempo. Me incorporo otra vez. Parpadeo ojos vidriosos con una tensión insoportable en los músculos y me doy cuenta de que me devolvieron a la misma habitación. Alterado por el shock, quito de mi cuerpo todos los cables de las máquinas. Sin embargo, llevo conmigo la bolsa con un líquido transparente que calma mi dolor.

Al salir al pasillo, el olor de hierbas medicinales y sangre cubren el ambiente. Después de pensarlo un poco elijo un pasillo al azar buscando una salida. Cuidando de no toparme con ningún ente.

En ese instante, una mano toca mi hombro.

 —Disculpe, esta es área restringida — la voz tiene un tono joven, pero recto, me volteo de un salto al ver otra figura, pero se pueden ver ojos color ámbar, su cabeza cubierta por una capucha y más de la mitad de su rostro cubierto por una máscara con el pico de las figuras grises, pero sin expulsar humo.

 —¿Se encuentra perdido?— el de ojos ámbar insiste, pero yo me adelanto desesperado.

 —Joven, sáqueme de este lugar, quieren torturarme— le ruego al tomarlo por los antebrazos, pero él solo frunce un poco el ceño con confusión mientras trata de tranquilizarme, me mira a los ojos por un momento antes de poner una mano en mi espalda.

—Señor tranquilícese, usted está seguro aquí— me responde con un tono consolador mientras me dirige de vuelta por donde vengo. Frustrado, retrocedo de un giro a una distancia que yo considero más segura. 

—No lo entiendes, fui electrocutado sin razón… el dolor de mi cabeza aumenta después de eso — pongo mis manos en mi sien, sintiendo una presión insoportable, mi cerebro palpita con el desgarrador zumbido en mis oídos. El de ámbar solo me ve pensativo antes de tomar mi brazo izquierdo y levantar mi manga. Hay un círculo con símbolos pintado en mi piel, su dedo lo toca lo que provoca una luz roja e invoca el diario de cuero de antes con el mismo símbolo en la portada. Lo abre y ojea, después me ve a mí.

—¿No funcionó su terapia para psicosis? — él me murmura. Pero no presté atención. Ignorante del símbolo de mi brazo, pero a la vez familiar. Sin embargo, el dolor regresa y contorsiona mi rostro con agonía, el joven toma mis hombros y hace un gesto a un grupo de figuras grises. Pero me asusto y lo empujo, quitando el tubo de mi muñeca para correr del lado contrario.

Cuando me volteo para ver si los perdí, mi cuerpo colisiona con una puerta que no veo abrirse. El dolor de mi cabeza regresa con el golpe seco que doy al suelo, el grupo se detiene en seco cuando ven salir a otra figura.

—Maestro Gehirn, mil disculpas — el tono del joven se vuelve respetuosa, incluso las figuras de gris se incorporan con formalidad. Al levantar la cabeza un poco, veo una figura con un uniforme de azul apagado como un cielo tormentoso, su máscara de cráneo de cuervo tiene la forma más brusca y el pico grueso con respiradores en los lados debajo del pico. Me observa con los vidrios de la máscara para después regresar con el grupo y estira una mano con la palma hacia arriba. El de ojos ámbar se acerca y le entrega el diario.

Después de ojearlo y verme al mismo tiempo, la figura azul lo cierra. 

—No es psicosis— resuena una voz grave y tétrica, enmudecida por la máscara. El joven abre los ojos de par en par, pero la voz suena otra vez antes de que pueda decir algo.

—Te quedas en el procedimiento, acólito —sin decir más, el ente azul señala con la mano hacia la habitación. Las figuras grises me levantan y me fuerzan adentro.

—No, suéltenme, no otra vez —empiezo a sollozar en vano. Me restringen a una silla con esposas de cobre en pies y manos. Luego, con otro grillete alrededor de mi cráneo. La figura azul le da una orden al acólito. 

—Invoca un alquimista — el acólito no dice nada al principio, duda antes de cerrar sus ojos y recitar en silencio al tocar un botón en su sien. Inmediatamente, un ente de uniforme lila entra a la habitación y me inyecta nuevamente con la misma sustancia que pica mi cuerpo antes de paralizarlo, quedando semiinconsciente.

Se empieza a escuchar el sonido de un taladro alimentado por una pequeña bobina, mientras me conectan máquinas y bolsas con sustancias. El acólito observa con atención. Primero, una intensa presión invade la parte de atrás de mi cabeza, el olor a sangre y polvo de hueso impregna la escena. Siento movimiento dentro de mi cráneo hasta que escucho un sonido perturbador, unos chillidos agudos similares a un gran insecto con un movimiento viscoso. La sombra de la habitación refleja a la figura azul sacando algo que se retuerce como lombriz. El chillido se vuelve desgarrador y agonizante hasta que se detiene. En ese momento me siento algo mareado, pero la cabeza me dejó de doler. Empiezo a reconocer a las figuras como los maestros de la curación Corfleger, aplaudiendo con admiración junto con el acólito a Corfleger. Este se pone enfrente de mí al preguntar.

—¿Sabe usted dónde se encuentra? — su tono era tentativo. 

—Supongo que esto es un Eirylum — respondo aliviado al reconocer el tipo de edificio donde uno es curado por los maestros Corfleger. El acólito asiente con satisfacción.

 —Muy bien, usted sufrió de una invasión parasitica en la cabeza —el acólito informa pacientemente.

 —Afortunadamente, el Corfleger Maestro Grehirn estaba cerca para atenderle — en ese momento, el ente azul, que ahora reconozco como el Corfleger tipo Grehirn, encargados de aficiones cerebrales, aparece con sus manos llenos de una sustancia viscosa y amarillenta. 

—Estoy agradecido, maestro Grehirm, usted salvó mi vida —murmuré un poco mareado por los medicamentos.

Achylis proviene de la capital de Puebla, toda la vida se ha dedicado a la producción de artes visuales, música y literatura. Estudia la licenciatura en artes plásticas. Eventos que marcaron su vida le impulsaron a buscar la belleza en el horror, característica que se refleja en sus obras visuales y literarias, exponiendo los oscuros temores y pensamientos del inconsciente.