Parado en el borde del mirador del Fuerte de Guadalupe y rodeado de los cantos guturales de sus hermanos de fe, Lucian contemplaba con una tímida sonrisa el esplendor de la ciudad, con sus cúpulas de Talavera bañadas en la luz dorada del atardecer. Después de mucho tiempo en la oscuridad por fin volvía a sentir alegría y esperanza. Estaba recuperando lo que se le había arrebatado: la capacidad de experimentar emociones e ilusiones ante la vida.
Era el día de su “ceremonia de la victoria”, ritual sagrado que tenía que cumplir en su senda final como adepto de los acólitos de la liberación. Este era un grupo religioso misantrópico que rendía culto al virus extraterrestre que había aniquilado a gran parte de la población mundial. Consideraban al microorganismo un ente mesiánico enviado por el universo para liberar a la naturaleza del dolor generado por la crueldad humana. Por ello, con tal de ayudar al virus en su purga santa, los acólitos hacían votos en los que se comprometían a perseguir y asesinar a la mayor cantidad de inmunes impuros antes de sucumbir ellos mismos por la enfermedad. Lucian creía que eran unos fanáticos extremistas que habían perdido toda noción de la realidad, pero al ver por cuenta propia la hipocresía de la moral humana y lo bajo que la especie podía caer, entendió que los acólitos eran más cuerdos y empáticos de lo que parecían.
El virus había llegado a la Tierra años atrás en un cometa caído en territorio asiático. A pesar de que las autoridades recogieron el cuerpo celeste con equipo especial contra radiación, muchas personas presas de la curiosidad ya habían tenido contacto con él y se convirtieron en los vehículos de propagación del virus.
Al principio, en los noticieros se hablaba de lo fascinante que era haber descubierto un organismo imposible de clasificar con los conocimientos terrestres actuales, pues se situaba en un punto medio entre un ser vivo y un agente infeccioso acelular. Por fin se había encontrado lo que parecía ser una forma de vida inteligente proveniente del espacio exterior.
El microbio se transmitía por vía respiratoria, tenía comportamiento consciente y atacaba zonas específicas del cerebro humano como el área tegmental ventral, la amígdala, el hipocampo, el hipotálamo y la corteza prefrontal. Zonas encargadas de procesar y regular las emociones como la pasión, el amor, la felicidad y el bienestar de las personas.
No pasó mucho tiempo para que en Asia comenzaran a brotar diversos problemas sociales derivados de la infección. Incrementaron los trastornos depresivos, el agotamiento físico y mental, las riñas por la desigualdad económica, los asesinatos, las protestas y los suicidios. Asimismo, aumentaron los conflictos diplomáticos entre países vecinos hasta evolucionar a intervenciones armadas.
Luego, el infierno se desató en el resto del mundo. En cada continente se libraron sangrientas guerras territoriales, ideológicas y económicas. Los gobiernos instauraban cuarentenas forzadas para evitar que sus habitantes se contagiaran del virus que en un año y medio ya había cobrado la vida de un cuarto de la población mundial. Además, se crearon cuerpos especiales encargados de investigar y desaparecer a los portadores del virus.
La enfermedad se desarrollaba en distintas fases: primero, los infectados se convertían en seres taciturnos, pesimistas sin aprecio por la belleza ni la felicidad. El miedo y la desesperanza los hacían abandonar sus responsabilidades y se negaban a salir de sus hogares. La mayoría de los suicidios se presentaban en esta etapa. En la segunda fase, los pacientes se caracterizaban por experimentar ataques de ira descontrolada causando dolor y terror en las ciudades. Derivado de esto, aumentaron los casos de violencia familiar, robo y homicidios. La población era difícil de controlar y en diversos países la anarquía fue total. En la tercera y última fase, los infectados ya no se movían, no dormían ni se alimentaban. Permanecían en un estado de parálisis cognitiva que los hacía lucir como simples cascarones faltos de todo sentimiento. En esta fase solo era cuestión de tiempo para que los enfermos terminaran muriendo en soledad en las calles, convirtiéndose en alimento de la fauna urbana.
A falta de una explicación por parte de la ciencia, líderes religiosos del antiguo orden mundial capitalizaron una: el virus se alimentaba del alma humana como castigo divino por la falta de fe de las personas. Era un instrumento para la purificación de toda la creación. El diluvio terrenal moderno que acabaría con los enemigos de su dios y que crearía un nuevo mundo con los pocos elegidos que pudieran pagar su lugar en las arcas (como les llamaban a los búnkeres) que su congregación construía en montañas e islas privadas para alejar al mal. Hombres, mujeres y niños tendrían que ser fieles a sus líderes, cumplir sus órdenes y satisfacer todo tipo de caprichos íntimos para limpiar su alma corrompida.
Por otra parte, existían pocas personas inmunes al virus gracias a su constitución biológica y a la descomunal fuerza mental que poseían. Sin embargo, la mayoría se aprovechó de su fortuna para convertirse en figuras de adoración que brindaban falsas promesas de curación. Utilizaban los cuerpos humanos carentes de cariño que aún palpitaban en las calles, para dar rienda suelta a toda clase de perversidades. Reunieron poder con base en el sufrimiento con el propósito de gobernar sin ningún tipo de límite moral.
Por un tiempo, Lucian creyó que podría ser inmune al virus, pues en toda su vida se había caracterizado por tener una gran capacidad de resiliencia. Siempre lograba ver el lado positivo en cada situación y parecía desbordar infinita energía en lo que se proponía realizar. Sin embargo, los conflictos en el mundo, las terribles guerras y el despreciable comportamiento humano comenzaron a mermar en él. Creía que todos los males los causó el organismo espacial y que las personas inmunes, motivadas por la empatía y la compasión de la que tanto se jactaban como especie, ayudarían a cuidar a los desamparados igual que en las películas que alguna vez vio. Pero se dio cuenta de que la realidad no era así. Las acciones de los más fuertes estaban encaminadas a conseguir poder a costa de la vida de la mayor parte de la población y a beneficiarse de su dolor.
Sus reflexiones lo llevaron a adentrarse en las ideas que profesaban los acólitos de la liberación y con ellos entendió que la enfermedad siempre había estado presente. El virus solo eliminó la falsa ilusión de ética y moral que predicaban los gobernantes, y que tanto exigían a sus habitantes para dominarlos. El mundo por el que Lucian se había preparado toda la vida con esmero, por el que sentía ilusión, en el que confiaba, nunca existió. Creía que era su obligación corregir los problemas que habían causado los antiguos líderes. Pensaba que tenía que ser el héroe, que debía de sacrificarse más, que aún no entendía su rol en el nuevo mundo. Sentía que era su culpa no ser fuerte, no ser suficiente… Pero la enfermedad no tenía cura y los líderes que encaminaron mal a la especie y se habían aprovechado de ella para enriquecerse, ¿en dónde estaban?, ¿por qué ellos podían vivir tranquilos mientras él se culpaba?
Tener, deber, entender; soberbias perífrasis verbales de obligación que señalan de forma acusatoria, que oprimen e imponen a un individuo lo que otro exige, un otro que no es mejor y que no necesita estar presente de forma física para dominar. Habita como un fantasma en la mente ya moldeada de su sometido a través de distintos medios desde que este nació. Reside en la retorcida forma de pensar del individuo en la que se debe culpar a sí mismo si no es cada día mejor o lo suficientemente útil para servir al otro: la gran mentira de la autosuperación. La crueldad humana superaba la barrera física y mental, ya había corrompido la última resistencia de la individualidad, el alma.
Con las grandes revelaciones de los acólitos, Lucian se unió a la purga santa abrazando la bendición del virus en su cuerpo. Aprovecho su falta de emociones para liquidar sin remordimiento a numerosos impuros de la especie mientras la enfermedad se expandía en él y hacía más fácil su encomienda. Se fue adentrando a la más gélida oscuridad, pero una vez llegada la tercera fase de la infección, una luz interna brilló con intensidad. Lucian por fin había alcanzado la comunión con el universo. Ya nada importaba, ni la humanidad, ni los acólitos, ni sus propias reflexiones. Por fin experimentaba la más dulce paz que nunca se hubiera podido imaginar.
Y entonces, antes de dejarse caer desde lo alto del mirador para purgarse a sí mismo como lo establecía la ceremonia de la victoria, entendió la sagrada verdad: el virus nunca fue un enemigo, era la respuesta del cosmos a las plegarias de la Tierra para restituir su libertad. El virus era la cura contra la humanidad. Y habiendo reafirmado esto, se entregó.
Aldair Apango, ciudad de Puebla, México. Artista digital egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla enfocado en la narrativa gráfica, la ilustración, la animación y la enseñanza artística. Ha participado en proyectos animados como Mancha y 20 Pétalos, los cuales fueron seleccionados para ser proyectados en diversos festivales y eventos culturales estatales. Su cómic Precipitación emocional fue uno de los seleccionados a nivel nacional para formar parte del tercer número de la revista antológica de Tándem Cómics, plataforma especializada en cómic mexicano que reúne a las nuevas propuestas de narrativa gráfica nacional.