Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. (Génesis 1:26)
El avance acelerado de las inteligencias artificiales ha creado un sinfín de debates dominados por la incertidumbre. Si bien aún nos encontramos lejos de coexistir con androides biomecánicos, continúa presente una preocupación que no se centra en el avance tecnológico, sino en la posible pérdida de los principios éticos y morales. Entonces, ¿es posible que un ser sintético pueda replicar valores humanos? ¿O se convertirá en un reflejo más de los vicios desmedidos del hombre? Esta reflexión, aunque no es la principal en la saga de Alien, dentro del vasto universo que nos ofrece, sí podemos visualizar un posible escenario del futuro que nos aguarda.
En Alien, los sintéticos no solo funcionan como herramientas de gran capacidad intelectual, sino también como agentes morales que reflejan los valores y convicciones de los humanos. Esto plantea una pregunta central en el análisis: ¿hasta qué punto los sintéticos siguen órdenes programadas y en qué momento toman conciencia en sus propias elecciones? Si bien, la saga de Alien cuenta con una gran variedad de personajes sintéticos, en este caso únicamente se dialogará con las películas Alien (1979) y Aliens (1989), pues se observa una evolución y comparación más interesante y cercana con la historia principal.
El primer conflicto que nos presenta el universo de Alien como posible respuesta es aquel en donde se plantea que la inteligencia artificial no nace de un fallo mecánico, sino de un desajuste moral entre la convicción desmedida y la soberbia. Estas características encuentran su origen cinematográfico en el androide Ash (Alien, 1979), quien tiene una mirada fría en la que considera a los humanos como herramientas desechables e imperfectas.
En la película dirigida por el director Ridley Scott, la soberbia de Ash se disfraza de sumisión corporativa. Desde un principio, este sintético se hace pasar como alguien despreocupado y distante de los demás personajes, incluso, llega a pasar desapercibido por el espectador debido a los escasos diálogos que tiene. Los únicos momentos en los que Ash se involucra con los demás personajes es solo para obtener información del xenomorfo. En este comportamiento observamos una desconexión radical con los otros personajes, en donde poco a poco se empieza a revelar su admiración enfermiza por la criatura.
Así, esta fascinación llega a adquirir un sentido casi religioso, pues Ash describe al xenomorfo como el “organismo perfecto” y prioriza la misión por encima de la seguridad de la tripulación del Nostromo. Sin embargo, ¿su comportamiento es exclusivo de la programación? A lo largo de la película, en múltiples ocasiones, Ash se muestra soberbio con los tripulantes, sobre todo con Ripley, a quien considera inferior a la perfección del xenomorfo. Además, no duda en poner en peligro a la tripulación durante sus encuentros con la criatura, lo que lleva a pensar que sus acciones responden únicamente a su programación.
No obstante, esta respuesta se ve derribada una vez que llegamos al descubrimiento de la verdadera misión. Antes de ser desconectado, Ash revela su desprecio por las limitaciones biológicas y morales de los seres humanos. Sus últimas palabras no son una advertencia, sino una declaración de admiración oscura que exalta la perfección y supremacía del xenomorfo: “Admiro su perfección, es indestructible. No esta cegada por la conciencia, el remordimiento o la ilusión de la moralidad” (Scott, 1979, 1:26:16). De esta manera, Ash no traiciona a la tripulación del Nostromo por simple malicia, sino por la fascinación que siente hacia el xenomorfo, un organismo cuya perfección admira y con el que busca identificarse. Su soberbia representa a una ciencia deshumanizada que, impulsada por la ambición de conocimiento y beneficio corporativo, termina justificando el sacrificio de cualquier individuo.
Ahora bien, dentro de la misma saga, encontramos otro ejemplo que refleja la contraparte del comportamiento de Ash. Si bien los androides pueden compartir ciertos rasgos como la fascinación y necesidad de explorar la naturaleza en torno al xenomorfo, también existen otros androides que nos invitan a cuestionarnos sí realmente la crueldad y soberbia es parte de su programación original. Este “humanismo artificial” lo observamos en el personaje de Bishop (Aliens,1986), el cual refleja convicciones totalmente diferentes y ligadas más al servicio de la comunidad.
Bishop es una persona artificial —como prefiere que lo llamen—, la cual está consciente que es un instrumento caro de la compañía. Aunque Bishop sigue constantemente las órdenes del equipo militar, en ocasiones muestra cierta resistencia a cumplirlas, como es el caso de la escena donde accede a formar parte del “juego de cuchillo” pese a su rechazo inicial, termina participando de manera forzada. Esta elección de oponerse, aun cuando finalmente cede, resulta desconcertante para el espectador, pues contrasta con la obediencia absoluta que caracterizaba a Ash.
Es así como a través del cumplimiento de tareas, Bishop va ayudando a la comunidad y de esta manera lograr salir con vida de la base. Sobre todo, la acción más importante que realiza Bishop está en desafiar directamente el trauma que Ash dejó en la teniente Ripley —y he de admitir que en mí también—. Así, la verdadera humanidad de Bishop se manifiesta en su capacidad para ganarse la confianza de Ripley y en sacrificarse por el bienestar colectivo.
Si bien Bishop también siente fascinación por el xenomorfo, su interés está lejos de ser una admiración desmedida y obsesiva como el caso de Ash, ya que su gusto radica en su observación como un objeto de estudio. Esto puede apreciarse en una escena antes de que Ripley descubra su identidad sintética, cuando Bishop contempla con curiosidad el líquido blanco que brota de su dedo, un gesto que revela su interés por comprender tanto su propia condición como el mundo que lo rodea. Inclusive, me parece acertado que se haya optado por mostrar desde un inicio a Bishop como una persona artificial, pues a diferencia de la película anterior, en Aliens (1989) sabemos desde un principio que se trata de un sintético, lo que permite que la película juegue con la ambivalencia y las expectativas asociadas al comportamiento de un androide.
Sin duda, Ash y Bishop representan una dualidad que invita a reflexionar sobre el papel de la programación en la conducta de los sintéticos. Por un lado, Ash aparece cegado por sus propios intereses y desconectado de cualquier sentido de comunidad, lo cual refleja la ambición desmedida de grandes corporaciones como lo es Weyland Yutani por apropiarse del xenomorfo como arma biológica a la que aún no puede controlar ni comprender. Y finalmente esta herencia de filosofía se ve reflejada en su falta de compasión cuando afirma burlonamente que “compadece” a la tripulación del Nostromo. Por otro lado, Bishop representa el otro extremo, él expone la vulnerabilidad al proteger a Newt y arriesgarse por los demás. En sus últimas palabras “nada mal para una humana” expresan respeto y reconocimiento hacia la fortaleza humana. Este contraste de estas escenas finales, reflejan la dualidad de los sintéticos en ambas películas. Mientras Ash desprecia a la humanidad, Bishop encuentra en ella un valor digno de admiración.
Pese a este análisis reflexivo, aún pueden quedar dudas acerca de la naturaleza de los seres sintéticos. Sin embargo, lo que está claro es que ambos personajes tienen en su programación misiones similares, pero también aprenden y actúan en base en lo que observan de su entorno. Es por esta razón que tanto las empresas creadoras de inteligencias artificiales como nosotros nos preguntemos: ¿Con qué discursos y materiales estamos alimentando a la IA? Estos ejemplos anteriores evidencian la necesidad de reflexionar críticamente sobre el desarrollo y la implementación de la I.A. La tecnología puede crear, pero también destruir si no se maneja adecuadamente, entonces, ¿qué estamos construyendo para el futuro? El verdadero peligro de las inteligencias artificiales no debería ser la rebelión de esta misma, ni pensarse como una sustitución del ser humano, sino de que estas adquieran un “humanismo artificial”. Después de todo, ¿cómo podríamos enseñar a una inteligencia artificial el significado de ser humano cuando ni siquiera nosotros hemos logrado responder a esa pregunta?
Dalia Guzmán Saucedo (Xochimilco, Ciudad de México, 2002) es egresada de la carrera de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Colaboró en el libro La escritura como destino: doce ensayos sobre la obra y el pensamiento de Rosario Castellanos con su ensayo «La crisis de la mujer intelectual en Tablero de Damas y ‘Álbum de familia’ de Rosario Castellanos». Actualmente se dedica a la creación de videos en su canal GRIOMISIS y forma parte del equipo de maquetación e identidad visual en la revista estudiantil Nahualógrafos.