Nadie puede negar que el 2025 fue el año del cine de terror. Muchas películas de diversos subgéneros rompieron estereotipos e incluso llegaron a las premiaciones más importantes del cine, recibiendo el reconocimiento que por años se le ha negado a este género. Sin embargo, la verdadera sorpresa detrás de esta ola de estrenos fue que la mayoría tuvo como protagonistas a niños, quienes, con mucha, poca o nada de experiencia, dieron vida a personajes entrañables y amados por el público.
Los niños son un recurso muy recurrido en el cine de terror, tanto para representar al ente malvado como para ser el vínculo entre lo terrenal y lo desconocido, y en este filme los infantes son todo: los protagonistas, las víctimas, los héroes, el trauma, la inocencia y el antídoto al dolor tanto físico como emocional que comparten todos en la película.
Ese fue el caso de Bring her back (Haz que regrese), una historia que comienza con dos hermanos que se convierten en huérfanos tras la trágica muerte de su padre. El servicio social de su localidad los manda con Laura, una mujer que se convertirá en su hogar de paso, pero, al llegar a su casa, descubren que dicha mujer perdió a una hija cuyas discapacidades y cualidades son muy afines a Piper, la nueva niña que vivirá con ella hasta que Andy, su hermano mayor, pueda obtener la custodia. A partir de ese momento, surgirán una serie de acontecimientos macabros, sospechosos y cero coherentes que se potenciarán cuando conocen a Oliver, un pequeño cuyas actitudes los incomodan y les hace agudizar sus sentidos.
Para mí, Oliver, este niño que conocen en la casa de Laura interpretado por Jonah Wren Phillips, es quien sostiene la parte final y más importante del filme por dos razones: la primera, su caracterización como esa entidad “diabólica” que espera tomar posesión del cuerpo de Piper, que va desde detalles simples, sin maquillaje solo como una persona inmersa en sus pensamientos hasta el cuerpo amoratado, lleno de sangre, con ojos macabros que te hacen pensar, ¿quién está ahí? La segunda es verlo fuera del papel de persona poseído y mostrarlo como el pequeño niño que es, confundido, temeroso y destrozado por el desgaste de tener a alguien más dentro de ti, y con la única convicción de volver a casa.
La actuación de Sally Hawkins como Laura es impecable, sobresaliente y dura, pues más allá de ser la actriz con más trayectoria del filme, los hermanos Philippou sabían lo que hacían al ofrecerle este papel. Sobre todo, al manejar esta ambivalencia entre la compresión y el amor que tiene por Piper y el desinterés y desprecio que siente por Andy a sabiendas de que ambos son sus “hijos”. Pero incluso con eso, me atrevo a decir que pareciera que todo lo que hace el personaje es con maldad (y sí, va a desvivir a alguien para cumplir un deseo) y desesperación, porque eso fue lo que la llevó a un culto y realizar ritos que no entiende y el espectador, menos.
No somos quién para decir cómo sobrellevar la pérdida y muerte de alguien, qué es correcto y qué no. Sin embargo, creo que en algún punto el deseo de Laura por revivir a su hija ya no era algo auténtico ni un acto de amor, sino una obsesión que lastimaba a su retoño incluso estando muerta, pues tenerla en un congelador esperando el momento para que Oliver la poseyera y se la comiera, no es un acto de cuidado o preocupación, es egoísmo y una violencia brutal.
Para mí, la actuación de Hawkins es muchísimo mejor que la de la Tía Gladys en Weapons (2025), de quién al final quedan más dudas que respuestas, y eso de resolverlas en un spin-off no siempre es la solución.
En cuanto a detalles de realización, me parece importantísimo señalar el cuidado que tienen con el sonido y la música. Esto fue una carta fuerte dentro del trabajo de los directores desde su film debut, pero aquí se ve más pulido, pues un elemento principal de la película es el agua y su sonido, debido a que es donde el papá de Andy y la hija de Laura mueren, y pasa de ser un elemento cotidiano a uno triste y melancólico. Pero de nuevo feliz cuando Laura y Piper se mojan bajo la lluvia y ríen, luego vuelve a tornarse preocupante porque el personaje de Hawkins llena una alberca con esa misma agua de lluvia sin saber para qué. Y finalmente, Oliver también mojándose bajo la lluvia, pero sin sentir nada, recordándonos que está más alejado que nunca de lo humano.
El sonido del agua tiene una coordinación perfecta con lo que estás viendo, y también cobra una intensidad y quietud impresionante de acuerdo a la escena, sobre todo llegando al final, donde la tormenta, la alberca y la tierra mojada post tormenta te dan las escenas más crudas y dolorosas del film. Eso sí, todas las escenas y los planos llenos de color azul y luz crepuscular le dan ese plus que necesitas para saber que todo ha terminado.
Danny y Michael Philippou vuelven a sorprender en la pantalla grande con una película más madura y mejor realizada que con su debut Talk to me (2022), que pese a haber sido muy bien recibida por el público y la crítica, había algunos errores en edición, efectos y guion que los dejaron expuestos. Sin embargo, creo que ya tienen un estilo muy marcado que va desde color, planos, musicalización hasta tema, porque hablar nuevamente de la pérdida, el trauma y dolor de perder a alguien no es coincidencia.
Eso sí, los Philippou fueron el ticket de oro para que gente que se dedicaba a hacer videos en YouTube se lanzara de lleno a crear en el séptimo arte, y al menos para mí es una buena señal, pero a secas.
De todo se aprende, claro, siempre se puede mejorar, pero lo que hicieron ellos, y en las últimas semanas Curry Baker con Obsession (2026), Kane Parsons con Backrooms (2025), Michael Shanks con Together (2025) y Mark Fischbach con Iron Lung (2026), no son coincidencias, es una ola de creación diferente, tanto en el terror como en el formato.
Si bien nunca ha sido sesgado el crear con un programa, herramienta, plataforma u otra cosa en específico, hay que tener en cuenta que, con la modernidad y el arribo de nuevas tecnologías, la puerta para nuevas talentos e historias es más amplia, solo hay que tener en cuenta que a veces el concepto no es suficiente para sostener una película.
Dalia Estrada (Puebla, 1996) es periodista, ensayista y lectora. Se graduó de la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP. Sus textos han sido publicados en diversas revistas culturales que van desde creación literaria hasta crítica. Ha realizado colaboraciones académicas con la Universidad de Salerno, BUAP y el Programa Interinstitucional para el Fortalecimiento de la Investigación y el Posgrado del Pacífico.