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Los sentidos y la memoria evanescente de Ichámal

Alejandro Arce

Puedo ver…
Puedo oír…

¿O no?

Las memorias de mi juventud se desvanecen entre las vísceras. En ocasiones descienden hacia mis manos o mis pies y escapan de mi piel seca a través de cada temblor.

Mantengo la cabeza reclinada hacia el suelo, el dolor dispersa sus semillas adulteradas en mi cuello; me es difícil levantar la mirada. El lastre sobre mi cabeza hace trepidar el resto de mi espalda.

Son estas viejas y pesadas gafas cuya presencia suelo omitir. Su puente y sus varillas fibrosas podrían confundirse con falanges, sus arillos y sus lentes con membranas. 

¿Sería yo capaz de reconocer el reflejo de mi propio rostro sin mis anteojos?

Mi carne y mis gafas son como un manglar.

Entre la somnolencia y la lucidez soy capaz de observar el pulso del mundo, similar al destello de las luciérnagas. Puedo observarlo diluirse ruidosamente en la oscuridad. Difícilmente encuentro reminiscencias dentro de mi cabeza, pues se yuxtaponen entre la lente y mi retina como un conjunto de signos exiguos. Las ideas escapan fácilmente cuando la mente se centrifuga en una mazmorra de cristal líquido.

¿Quién soy?
Ichámal… un sonido ininteligible.

No puedo fiarme de mí mismo, lo sé. Lo que escucho y lo que veo es un ritmo desacompasado de mentiras. Solo me queda la intuición como último refugio…

Quisiera escuchar los murmullos del agua que marcha por el arroyo humedeciendo mis pies, el leve borboteo del barro de la orilla, advertir el frío que se infiltra por los poros excavando hasta los huesos. 

¿A dónde me han traído mis lánguidas piernas?

Ya no hay mapas.
Ya no hay cartógrafos.

Dependo exclusivamente de mis ojos para ver, de mis oídos para oír.

Pero… puede que estén estropeados. 

Intento quitarme mis viejas gafas. El armazón lanza un breve crujido y siento una punzada en la sien: mi mano se rehúsa a retirarlas.

Un recuerdo se ha desencriptado con el espasmo. 

Mis abuelos dejaron escurrir sobre mi cabeza tierna el dolor de sus corazones, la remembranza de los hombres vueltos ceniza al disputar las rarezas ocultas en la negrura de la tierra. Hermanos desgarrándose para saciar su sed en las últimas aguas bebibles, sin imaginar que ellas regresarían, desbordadas, para reclamarlo todo.

Los vestigios de aquellos tiempos aún flotan en el océano y se aglomeran en las costas creando inmensas masas de plástico, ramas, latas, neumáticos, madera, telas, botellas, restos de muebles, casas, autos y embarcaciones. En ocasiones son inabarcables a la vista.

Estas gafas me fueron obsequiadas dos años después de pelear por Orizaba, cerca de la casa de mis abuelos (mucho tiempo después de su muerte), esa que para entonces ya había sido tragada por el océano. Nuestra tierra era de los pocos lugares no estériles remanentes en un mundo crepuscular, así que fue desquiciadamente codiciada.

Cuando yo estuve allí, los invasores navegaron por encima de lo que antes eran pueblos y ciudades para llegar a nosotros. La demencia que infundía en ellos la carencia y la fatalidad hacía envilecer sus corazones.

En Orizaba, al pie de la Sierra Madre, recibimos su desembarco sin poder hacer mucho, pues habíamos luchado tantas veces por nuestra vida, que muy poco espíritu nos quedaba para defenderla.

La escasez reinaba y teníamos pocas herramientas para pelear. Las personas apenas lograban apuntar sus oxidados rifles automáticos antes de caer inertes. 

Muchos se aterrorizaron por el sonido del cielo, similar a un enjambre gigantesco de abejas, y sus brazos y piernas no respondieron más. 

El calor y la tierra espesan la sangre con rapidez.

No había oportunidad de reaccionar ante el fuego que cruzaba las nubes.

El aire se agrió durante meses a causa del hollín negro arrastrado por los vendavales a través del océano, un recuerdo de las guerras que abrazaron el mundo entero. 

De los pocos que quedaron, la mayoría murió no mucho después. Enfermedades desconocidas aparecieron en aquellos días. Cada una peor que la anterior. Los últimos sobrevivientes huyeron hacia la cima de las montañas, pues toda la vegetación de las faldas había sido carcomida por la sal del mar. Años más tarde emigraron.

Yo me quedé y presencié la agonía del mundo…

Ahora, mientras mi mandíbula tirita y mis ojos se humedecen, noto que mis gafas se han empañado. Cuando me las obsequiaron, la realidad se desvaneció conmigo, pero al despertar, todo lucía más claro, más luminoso.

Pude escuchar las aves acuáticas que migraron al interior de mis venas. Y puede ver los insectos que se arrastran sobre la tierra húmeda. Puede ver pequeños peces nadando con serenidad en el estanque que se forma junto al río.

Supe entonces que el mundo era mejor que ayer. Porque fui capaz de observar la vida que nacía, y no solo la que se evaporaba. Todo ello se observaba como un tenue brillo que surgía entre las rocas y los árboles.

Ahora, intento retirarme las gafas. Así que acerco mi mano cada vez más rígida a mi cabeza, pero esta se retira con un espasmo automático.

Quiero ver todo aquello sin una lente petroquímica.

Un leve impulso hace temblar mi mano y siento una fuerte presión en la cabeza. 

Con un ligero golpe de la palma de mi mano intento arrojar las gafas lejos de mis ojos, pero se aferran con íntima y nervuda fuerza a mi cráneo, mi piel, mis oídos. Logro asestar un golpe más contra mi sien (esta vez me hace tambalear), ahora mis músculos palpitan, mis manos transpiran y la vista se nubla. 

Intento levantarme, sin embargo, las náuseas me impiden permanecer de pie, así que trato de sostenerme con las piernas y los brazos sobre la tierra, pero aún con ello el cuerpo desfallece. 

Una vez más, despierto tirado sobre la arcilla que ahora ha entrado en mi boca.

Una lente de mis gafas se ha quebrado y ha desgarrado mi propio párpado, mientras la pupila de mi ojo se ajusta a la luz y la sangre gotea por mis ojeras, no veo más que oscuridad. 

Intento retirar los restos del cristal roto cuidadosamente y el armazón que se ha estropeado. 

Guiándome por el sonido de su caudal, deambulo junto al río para descender de la montaña; mientras camino apresuradamente cayendo casi a cada paso, jalo con fuerza las gafas que crujen al desprenderse de este cuerpo en que habían echado raíces.

Recuerdo una navaja que llevo en mi morral y corto insondablemente desde la oreja hasta la mejilla derecha, pero el dolor me hace detener y la sangre de mi rostro se encharca sobre las huellas de las pisadas que dejo atrás. 

Mi rostro se ha aligerado y con ello se han dispersado en el aire un sin fin de filamentos cobrizos tan brillantes como una galaxia diminuta, tan ligeros que ascienden hacia las nubes.

Con un solo ojo abierto y una pupila tan amplia como mi olvido, ningún insecto, ningún pez, ninguna ave, ni río ni vegetación alguna se presenta a mi mirada. Todo destello de vida se ahoga en mi propio pecho, la mente se ilumina, pero el ánimo se extingue.

Puedo ver en la penumbra que el mundo vivo habita en mi memoria, mientras que la sal y el hollín son obsequiados a la vista. 

Alejandro Arce es artista visual, educador y escritor. Tiene una licenciatura en Artes Visuales por la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, actualmente se encuentra estudiando una maestría en Arte Digital en la misma institución.  Su producción artística es la intersección de múltiples medios como el dibujo, el texto, la animación, el sonido, el código y la realidad aumentada. A través de su obra persigue un sincretismo formal que explore la tecnología como elemento intrínseco del desarrollo humano, en su trabajo existe una constante búsqueda de la esencia humana y su naturaleza a través de las contingencias tecnológicas.