Quiero morirme justo aquí, sumergida en mi regalo maldito, rodeada de ventanales tapizados de periódicos.
Era difícil imaginar que así acabaría la casa de la señora Marcela Leal de Escalante. Aun así, aquí estoy, en la misma sala vacía que conocía mis veintidós años. Cuando tenía esa edad, estos ventanales que ahora odio me deleitaron porque se alzaban desde la alfombra azul rey y acababan hasta el techo. Estaban cubiertos por unas cortinas blancas, las cuales me juré nunca pasarían de moda y que me esmeraría en conservar limpísimas y semejantes al color de las esponjosas nubes de ese día.
La casa fue un obsequio arreglado por mi madre, patrocinado por el dinero que mi papito le dejó antes de sucumbir a una tos ensangrentada que terminó ahogándolo. La única imagen que tuve de su muerte fue la foto en el periódico que documentó su velorio. Mi madre nunca se enteró que yo hablaba a solas con esa foto escondida en mi joyero y me respondía susurrando: Marce, guárdame, Marce…
Mi madre me enseñó el anuncio del periódico de la nueva zona residencial en el cerro de La Paz. Ella decía que era un lugar excelente, donde Eulalio y yo disfrutaríamos nuestros primeros años de casados.
Eulalio era el menor de dos hermanos. Yo era la mayor de tres hermanas, quienes decían que debí haberme casado con alguien más grande, que ya tuviera su casa y su negocio. Como respuesta, una vez mostré el titular donde él posaba en una foto sepia junto a su familia, los Escalante. Tenían unas prósperas fábricas textiles, fundadas por el papá de Eulalio. Cuando recién me casé, pasaron a ser responsabilidad de su hermano mayor, José. Eulalio estaba comenzando como contador del negocio familiar. Deduje que, con su seriedad y cauto manejo financiero, nuestra familia también se beneficiaría. Era un buen hombre: tenía fama de estar más interesado en las bitácoras contables que en los coqueteos de otras muchachas y no tomaba más de dos sorbos de alcohol en las fiestas. Su presencia era parecida a la de un perro viejo que no exige mucho, con pocos besos y nada de sobresaltos, pero dando compañía constante y silenciosa.
—Ten, flaquita, decora como quieras —me dijo, dándome un sobre con dinero.
Le di un beso y de inmediato me puse en marcha: en los anuncios del periódico encontré la dirección de una fábrica de Talavera que hacía piezas personalizadas. A fin de mes mi casa era un cuadro blanco con azul. Cada que tenía invitados se maravillaban con la exquisita decoración, especialmente con mis impecables cortinas.
—Es fácil tenerlas así porque usted aún no tiene niños, Marcelita —me dijo con una sonrisa apretada la señora Leticia, la vecina que vivía tres casas más arriba.
La siguiente vez que la casa se transformó fue cuando llegó mi niño, Lalito. Todos los muebles fueron cambiados por otros de origen español. Eulalio aceptó comprarlos argumentando que la fábrica ya estaba exportando textiles a Estados Unidos. Lo único que no cambió fueron mis eternas e inmaculadas cortinas, y una escultura de Talavera.
—¿¡Qué es este horror, Marcela!? —mi madre pegó el grito en el cielo cuando vio la escultura de una Venus de Milo en Talavera que estaba a la entrada de la casa. Le insistí que era arte, pero ella anunció que esas eran obscenidades que le darían ideas equivocadas a mi marido.
Se lo conté a la foto de mi papito que susurró: No hagas caso, Marce…
Aun así, esa escultura ya no está, mi niño Lalito la destruyó con un balonazo estruendoso. Le pedí que se saliera a jugar con su pelota y evitara otro accidente. La ruptura de la escultura se me olvidó cuando ocurrió el verdadero desastre de ese día.
—Lo sentimos mucho, señora, pero necesitamos que nos acompañe —me dijo el comandante sin conseguir que yo me moviera de la silla.
No quería hacer lo que me pedía. ¿Quién podía ser tan desalmado para pedirle a una madre que vea el cadáver atropellado de su niño de siete años? Afuera escuchaba los gritos de la señora Leticia, suplicándome perdón porque ella había sido la autora de esa pérdida.
Yo sólo tenía la mirada clavada en las cortinas de los ventanales. Lentamente les empezaron a brotar manchitas escarlata, como tinta corrida esparcida por la tela. En cuanto me moví, se perdieron ante mis ojos.
—Le voy a pedir que se retire y no vuelva a acercarse a mi casa—le ordené a Leticia cuando la vi aparecer en una reunión que Eulalio hizo.
Se quedó pasmada y su esposo la agarró de la cintura, llevándosela. La influencia de su hermano diputado evitó que encarcelaran a su mujer por infanticidio, pero no pudieron eludir los reportajes periodísticos que evidenciaron el motivo de su impunidad: Fotos de ella angustiada y flanqueada por su marido y su cuñado.
Esa noche lloré mientras se lo contaba a la foto de mi papito, que susurró en consuelo: No dejes que vean esas lágrimas, Marce…
—Marcela, tu niño ya no está —me explicó Eulalio con suavidad cuando le dije que Lalito no salía de su cuarto.
Mi esposo pidió permiso para faltar al trabajo porque no me veía bien. Yo estaba de maravilla, incluso traía un vestido nuevo de una tienda de la Juárez que vi anunciada en el periódico. Al ver a mi tranquilo y manso marido suplicando pensé que lo mejor era aceptar que mi cuñado José me llevara con el doctor que le recomendaron.
—¿Otra vez mis cortinas tienen manchitas? —le pregunté a Eulalio antes de que le marcara a mi cuñado.
***
—¿Limpiaron mis cortinas? Tienen que hacerlo antes de que Lalito llegué de la escuela —le indiqué al médico. Él frunció el ceño y le hizo un gesto a la enfermera, quien apretó las hebillas que me sostenían las muñecas. El doctor Oropeza me aseguró que ya no me preocuparía por mi niño, por las manchitas que vi en las cortinas o los susurros de la foto. Mintió. Cuando dio el golpe a mi cráneo, la única imagen que vi fue el ataúd abierto de mi papito con su cadáver envuelto en mis cortinas goteando escarlata y susurros transformándose en gritos: ¡Detenlo Marce!
Me sentí más ligera después de la operación. Como si estuviera flotando inmóvil dentro de un lago profundo: mi cabeza veía todo lo que pasaba, pero mi cuerpo no se movía. Eulalio me llevó de regresó a la casa llorando y pidiéndome perdón, diciendo que su hermano le dijo que la operación produciría una mejora que no resultó. Le pregunté entre balbuceos dónde estaban las cortinas.
—Maldigo a todos esos cachivaches del infierno —hubiera dicho si aún recordara cómo hacerlo, pero únicamente emergió de mí un chillido cuando vinieron a avisarme de la muerte de Eulalio.
Desde que regresé de mi operación comenzó a alcoholizarse encerrado en su oficina. Su hermano José ya lo había amenazado con correrlo, pero no le importó. Se accidentó borracho manejando, regresando de trabajar: se estampó con un árbol y su cráneo quedó aplastado contra el volante.
Me arrastré a la sala y levanté la vista hacia el ventanal, en él estaba el mosaico de mis desgracias en papel periódico: el velorio de mi papito, el anuncio del fraccionamiento La Paz, la foto familiar de los Escalante, la dirección de la fábrica de Talavera de la estatua destruida, las gráficas incomprensibles, la señora Leticia con cara de culpable exonerada, la tienda donde compré el vestido que perdí cuando me internaron en el psiquiátrico, el coche de Eulalio estampado y un titular compadeciendo a su familia. Si las cortinas estuvieran aquí, no tendría que ver todos estos horrores pegados en mis ventanales.
Ahora sólo quedo yo. Sin Lalito, sin Eulalio, sin cortinas, con el cerebro picoteado. Tengo que esperar un poco más para desvanecerme. Entre temblores, con mi capacidad restante, tardé horas en poner veneno de ratas para amargar más mi café. Me pregunto si así se habrá sentido mi papito cuando se ahogó en su propia sangre. Veo la foto de su ataúd abierto y entonces balbuceo sobre el pecado que voy a cometer, y empiezo a esperar el familiar susurro.
—Ven Marce —me dice la voz amplificada de los susurros que me han acompañado hasta ahora—, no sientas el dolor que yo sentí, hija.
Una lágrima se me escapa. La voz se torna en el abrazo de esa figura que vi durante la operación: mi papito envuelto en cortinas blancas salpicadas de escarlata que me empiezan a cubrir a mí también, haciéndonos desaparecer dentro de ellas.
Nadjja Salorem es una artista especializada en simbología artística y literaria desde la magia, la mitología y el misticismo. En su emergente carrera artística se ha desempeñado en el campo de la educación, investigación académica y creación de obra. Sus objetivos artísticos son participar en proyectos y espacios artísticos que requieran de multidisciplinariedad, orientados hacia la educación artística y el desarrollo personal por medio del arte tales como el Centro Cultural Casa Tripulantes y el Centro Cultural Manuel M. Ponce.