Ayer, mientras terminaba de alistarme para la llegada del vecino al que le doy psicoterapia, se escucharon gritos en la entrada de los departamentos. En cualquier otro momento, me habría asomado por la ventana o tratado de poner atención a lo que sucedía afuera. Como ya tenía el tiempo encima, esta vez continué, enfocada en apurarme.
Unos minutos después de las siete, el vecino tocó a mi puerta. Aunque me pareció extraño que se escucharan voces afuera, abrí como si nada. Tardé algunos momentos en comprender que estaba hablando con los del departamento frente al mío sobre los gritos que había escuchado hace poco.
La situación era tan tensa que hasta la vecina de junto salió con un caballito de tequila en un intento de calmarlo, y yo le sugerí también un bolillo para el susto.
Mientras el afectado narraba el pleito con todo detalle —pinche mono pendejo, ya le hemos dicho que saque su llave del portón y el cabrón siempre quiere que estemos pendientes de cuando vaya a entrar, casi que le pongamos alfombra roja para que pase— por el ángulo en el que yo me encontraba, solo podía escuchar su voz.
Cuando por fin se asomó para tomar el bolillo que le ofrecía, noté que tenía el cuello ensangrentado. Yo me pregunté qué clase de golpe pudo haberle dado para que estuviera así, pero no dije nada.
El vecino, tan amable como siempre, se ofreció a pedir las grabaciones de seguridad a otro de los inquilinos (ya que él se lleva con todas las personas del edificio), e incluso dijo que cuando llegara la patrulla con gusto podía bajar para mediar. Esto me hizo dudar si aún tomaría la sesión, pero en ese momento dijo:
—Lamento mucho la situación, tenemos cosas qué hacer. De cualquier manera, estaré pendiente en cuanto llegue la patrulla.
Pasamos a mi departamento, y apenas le estaba explicando sobre unas hojas de actividades, cuando sonó la sirena de la patrulla. Ante su inquietud y falta de concentración, le pregunté si prefería bajar a apoyar como se había ofrecido. Se levantó y lo seguí hasta la escalera mientras se disculpaba por el inconveniente.
Me encontré a la vecina del tequila en las escaleras y le comenté que iría por un suéter porque hacía mucho aire, a pesar de que ella iba en bata. En ese momento, decidí que no era buena idea ir. En realidad, yo ni los conocía y no quería hacerme enemistades en tan pocos meses de mi llegada a los departamentos.
De regreso a mi departamento, me asomé algunas veces por la ventana a ver cuantos vecinos habían bajado, y al parecer era la mayoría si no es que todos. Para pasar el tiempo, decidí retomar el libro que me tenía atrapada por la tarde y del que me faltaban pocas páginas para terminar.
Tan absorta estaba con la lectura que no me di cuenta del tiempo, había pasado ya una hora. Tomé mi celular para escribirle al vecino o salir a asomarme, cuando escuché voces afuera y después unos golpes fuertes en mi puerta en lugar del timbre, por lo que dudé que fuera él.
Al abrir lo noté muy extraño, tenía el semblante pálido y los ojos rojos, incluso me pidió permiso para pasar, lo que ya se me hizo ridículo. Decidí cerrar y buscar algún palo de escoba roto o la lámina de madera que había quitado de la puerta del baño por si las dudas. Ver durante tantos años Buffy la cazavampiros por fin parecía servir de algo.
Escuché mucho ruido toda la noche, pero esta vez mejor ni me asomé y me tomé unas pastillas para dormir. A la mañana siguiente solo se escuchaba el silencio, lo que era muy inusual en el sur de la ciudad, donde si no es el perro, es el bebé que llora, o las cumbias a todo volumen. Al asomarme por la ventana, tampoco se veían personas en la calle.
Lejos de preocuparme o entristecerme de que Puebla se convertiría en una boca del infierno en muy poco tiempo, corrí a mi computadora a comprar un boleto de avión para salir lo antes posible hacía Cancún y llegar antes de que anocheciera a Playa del Carmen.
Por fin esta situación me daba la oportunidad de vivir en donde siempre había querido. Total, era el momento perfecto para endeudarse con las tarjetas, muy pronto todo iba a colapsar, y qué mejor que pasar los últimos días en un lugar soleado junto al mar.
Ele Girasola es inadaptada crónica. Apasionada en busca siempre de nuevas aventuras, aprendizajes y la justicia social. Estudió Psicología. La vida la hizo feminista, madre, docente, activista, tallerista, terapeuta, collagera y cuenta cuentos. Quiere algún día escribirlos y volver a contarlos también. Los libros y las series son su oxígeno. Le encantan las distopías y la ciencia ficción.