—Ya estás grandecito como para que sigas con eso de los amigos imaginarios, ¿no crees?
—Mamá, es real.
—Mejor apúrate, el transporte escolar no tarda en llegar.
—Pero mamá…
—No tengo tiempo para tus tonterías.
No son tonterías, no sé por qué no me creen. Me molesta cuando escucho a mi mamá decir esto. Nunca tiene tiempo, papá tampoco. Siempre están ocupados. Si no es el trabajo, son los amigos… ¿Y yo?
En la escuela pasa lo mismo, todos menos yo tienen a alguien con quien jugar y comer en el recreo. Cuando llegué a la nueva escuela traté de acercarme y hablar con algunos de los chicos, pero todos me ignoraban. Papá dice que me falta carácter, yo creo que es porque están demasiado ocupados para juntarse conmigo.
Me sentía solo y por eso imaginé un amigo, lo inventé: alto para que me protegiera, con alas para que me llevara de paseo, con lengua como la de una serpiente, con cola de gato y orejas de perro. Lo imaginé diferente para que no me abandonara y sólo estuviera conmigo. Pronto se convirtió en mi mejor amigo; siempre jugábamos y comíamos juntos, incluso me ayudaba con mis tareas.
Al principio, mis papás no se dieron cuenta de que tenía un amigo imaginario. Pasaron varios días desde que lo creé para que lo notaran. La primera vez que nos vieron jugar, mi papá puso los ojos en blanco y mi mamá suspiró con fastidio, pero no me dijeron nada. No le dieron mucha importancia a que fuera mi amigo. Sin embargo, conforme pasó el tiempo, ya no les gustó que él estuviera conmigo. Cuando la maestra le marcó a mi mamá para decirle que en el recreo comía y hablaba solo, y que algunos niños se burlaban de mí porque me reía de la nada, mi mamá se enojó mucho conmigo. Me castigó y me dijo que ya no era un niño y que daba una mala imagen. En ese momento no me importó porque sabía que él era real y, mientras no lo olvidara, no desaparecería, pero…
Un día empecé a soñar con espejos.
En un inicio, aparecían y desaparecían, después comenzaron a romperse cada vez que intentaba ver mi reflejo. Aunque no eran sueños que dieran miedo, por alguna razón me despertaba asustado. Luego me empecé a sentir raro: me dolía la espalda como si cargara una mochila muy pesada y a veces despertaba muy cansado. Traté de no darle importancia porque él me hacía compañía y nos divertíamos mucho.
Una tarde estábamos viendo la tele y no recuerdo cómo llegué a mi cuarto ni por qué tenía un libro abierto. Me asusté mucho, pero él me dijo que me había quedado dormido a mitad del programa y medio despierto subí a mi cuarto y tomé el libro. Su explicación me tranquilizó, pero pocos días después me volvió a pasar lo mismo: estaba en la cocina y de repente había llegado a la escuela. Estos olvidos continuaron y cada vez que me daba cuenta, mi corazón comenzaba a latir rápido y mis manos sudaban sin parar, me asustaba mucho. Algo dentro de mí estaba cambiando y eso me aterraba porque a veces sentía que yo ya no era yo. Intenté contarle a mis papás lo que me sucedía, pero, como siempre, estaban ocupados. Ahora, mientras hablo con él, por fin entiendo qué es lo que me pasa.
—¡Yo te imaginé!
—Lo sé.
—Lo único que quería era tener un amigo, no estar solo. Cuando apareciste me sentí muy feliz —le digo mientras empiezo a llorar—. No entiendo por qué…de verdad me importas, entonces por qué…
—Porque quiero seguir existiendo y para que eso suceda necesito tu cuerpo. Cuando crezcas me olvidarás y yo moriré, así de simple. En unos años ni siquiera te acordarás de que tuviste un amigo imaginario.
—¡No es cierto!
—Sí lo es —responde con frialdad—. Tú mismo lo has dicho, me creaste para no estar solo. Llegará el día en que llenes esa soledad con otras personas y me olvidarás. Así como tú quieres tener a alguien, yo ansío vivir y haré lo que sea para continuar existiendo. Por esa razón, intercambié nuestras almas. Todos tus sueños, malestares y pérdida de memoria fueron efectos secundarios que no preví. Pronto el intercambio estará completo y te olvidaré, no puedo arriesgarme a que quieras recuperar tu cuerpo.
—¡Te odio!, ¡te odio! —le grito mientras llevo mis manos a la cabeza y me jalo el pelo—, ¡siempre es lo mismo, a nadie le importo!, ¡¿por qué no pueden quererme?!, ¡¿por qué me tuvieron si me iban a olvidar?!
Da igual cuanto grite y llore nadie me ayudará. A mis papás no les importo, no tengo amigos que noten que yo ya no soy yo, y con él todo fue un engaño. No sé dónde estoy, ni cuánto tiempo ha pasado, pero ahora soy yo el ser imaginado, el ser alto, con alas, con lengua de serpiente, con cola de gato y orejas de perro. De nuevo estoy solo y poco a poco me desvanezco, olvidado por mi creación, por quien creí que era mi amigo. Duele.
—Madre, recuerda que la próxima semana es la junta escolar.
—Los maestros no tienen nada mejor que hacer. Tengo mucho trabajo y no puedo ir a perder el tiempo con sus juntas. Dile a tu papá.
—Entiendo, madre.
—Te noto diferente.
—Es porque cambié.
—Ya era hora.
—Sí, ya era hora.
Andrea Luna Hernández tiene formación en historia de la ciencia por la UNAM. Sus temas de investigación se centraron en la historia de la astronomía en México durante los siglos XVIII y XIX. Ha colaborado en proyectos de historia de la ciencia y ha trabajado con archivos históricos del Instituto de Astronomía de la UNAM y de la Fundación Elena Poniatowska Amor. El año pasado terminó la carrera de Traducción e Interpretación y ha brindado servicios de interpretación en entrevistas y seminarios.