“Moldea los bloques que forman tu realidad”. Leo esta frase todos los días al hacer login, nunca pensé en ella, pero ahora que no puedo conectarme. Esa frase da tumbos por mi cabeza todo el día.
Esta mañana la suscripción de mi implante neural venció, estuve haciendo un algo de dinero en línea vendiendo lo poco que tengo o apostando, pero ya no me queda mucho más. Es paradójico cómo el salir de internet te hace sentir encerrado, y a la vez aislado y solo.
El plano material es meramente un soporte, desde hace mucho todo sucede en internet, vivir desconectado es igual a no existir. Los únicos que no se conectan son indigentes o hippies y son también a quienes se les ve por la calle, a menudo bajo el efecto de alguna droga.
El fomo me está matando, y aún escucho el sonido de las notificaciones en mi cabeza, debe ser la costumbre o estoy volviéndome loco. Con tanto tiempo para pensar recordé que cuando estaba estudiando, un compañero de clase me había dicho alguna vez que podía conseguir una suscripción más barata si iba al distrito bajo de la ciudad.
Salir a la calle sin un implante neural funcional o algún otro dispositivo que me dé dirección es un riesgo muy grande, pero las ansias pudieron más. Busqué por todos lados y encontré un viejo teléfono celular, aparatos que ya nadie quiere y no conseguiría ni una oferta si intentara venderlo en línea. Ya no sirven para conectarse a internet, pero funciones básicas como GPS y llamadas siguen activas, aun así nadie los usa por ser tan lentos comparados con un implante neural. Por fortuna logré que encendiera, la manía de mi difunto padre de ser un acumulador ha resultado ser bastante útil.
El metro solo tiene un par de salidas al día, la gente lo usa para emergencias y en las estaciones se entremezclan olores a alcantarilla, podredumbre, vapes mentolados y marihuana. Indigentes aglomerándose en un rincón para soportar un poco mejor el frío. Si no fuera por el minúsculo departamento que me heredó mi padre estaría en la misma situación, nada me asegura que no me convierta en uno de ellos mañana.
Llegué al distrito y no tuve que buscar demasiado, me sorprendió ver la cantidad de gente que se movía por ahí, en medio de montañas de cables y carteles con luces led. Entre todos ellos estaba el que me interesaba: implante neural.
Al asomar mi cabeza al pequeño local una chica de cabello negro y de gafas redondas me invitó a pasar. Al verla escuché de nuevo la notificación y por mera inercia le hice caso.
—¿Qué es lo que necesitas?
—Reactivar mi implante neural.
—Puedo hacerlo, pero debo hacer algunos cambios en el hardware para que pases desapercibido en la red.
Eso me empezó a dar en qué pensar, tendría que abrirme la cabeza para hacer cambios en mi implante. El lugar no me inspiraba mucha confianza, supongo que ella lo notó, pero la segunda opción no solo no era mejor que la primera, era una locura.
—O puedo retirarlo por completo.
—No, no estoy interesado.
¡Eso era impensable! Es igual a que me ofreciera arrancarme un brazo o una pierna. ¡Cómo rayos podría vivir así!
Di mil vueltas por todo el lugar para buscar más opciones, pero no había ningún otro sitio que ofreciera ese tipo de servicios, me paré a la entrada de un callejón y me puse a pensar: si no podía volver a estar en línea, no podría hacer absolutamente nada y ahora sí mi vida habría terminado. Con la noche acercándose ya no tenía más opciones.
Volví la mirada al frente y veía cómo las luces estaban comenzando a inundar las calles de colores fríos. Supongo que es de las pocas partes de la ciudad que aún tienen tanta luminaria, incluso comenzó a sonar música a lo lejos. Serán esos hippies que se niegan a conectarse. Quise ir a ver por curiosidad.
Seguía a aquella canción que sonaba a un tempo acelerado, un sintetizador llevaba la melodía y una percusión muy marcada mantenía la tensión y después se desbordaba en el clímax. Entre más caminaba, más nítidos se escuchaban los glitches entre toda la mezcla de sonidos. Comencé a notar también una voz sintetizada que fluía sobre la música y se entrecortaba al ritmo de la percusión. Y, a la vez, los sonidos de notificaciones, pero en esta ocasión estaba seguro de que eran parte de la música.
Llegué a un callejón muy estrecho por el que apenas cabía una persona y me encontré frente a unas escaleras que bajaban al sótano de un edificio abandonado, de ahí provenía todo el sonido y también se llegaba a notar un esplendor de luces violetas. Sin pensarlo más, entré.
La sala era algo pequeña, las paredes pintadas de rojo, pero repletas de mensajes escritos en ella, tantos que solo se veían un montón de garabatos a simple vista. En ella, un tipo en el escenario de cabello rosa, sin camiseta, pantalones anchos y descalzo era el responsable de la voz digital de la mezcla. La gente debajo bailaba dando giros al ritmo de la acelerada canción. Comenzó a agradarme el ambiente, solo había ido a este tipo de conciertos en línea, la experiencia era muy similar, pero aquí sentí algo diferente. Me acerqué al círculo y, sin darme cuenta, de un momento a otro ya formaba parte de aquel aquelarre. La euforia en mí no hacía más que subir y a todos los demás los veía igual. No sé cuánto tiempo llevo aquí y no me importa.
Estaba gritando con todos el estribillo de la canción “Sobreestimulado, no estoy pensando, sigo estancado a que digan cuando” mientras miraba las luces de la sala a mi alrededor. Poco a poco el movimiento de esos destellos a mi alrededor se ralentizaba y, de repente, la música calló. Solo pude seguir escuchando sonidos de notificaciones, una y otra y otra vez, cada vez más rápido, hasta que se solaparon en un sonido de un pitido agudo y ya no pude más, me tiré al suelo y grité. Perdí la conciencia tan rápido que no supe si la gente lo notó o no, pero sí recuerdo ver a aquella chica de los implantes entre la multitud mientras estaba cayendo.
Cuando desperté estaba en aquel negocio clandestino de los implantes neurales. Tenía la cabeza vendada, así que lo primero que pensé fue en que algo le habían hecho a mi implante. Al escuchar pasos acercarse quise huir, pero mi cuerpo no respondía, y llegó ella:
—Soy Vicky, al fin despiertas. Tienes mucha suerte de que te haya visto caer o toda la gente iba a pasar sobre ti.
—¡Tú! ¿Qué me hiciste?
—Tranquilo, solo retiré tu implante, que estaba defectuoso.
—No te creo, déjame ir ya.
—Recuperarás movilidad gradualmente, pero de haber sabido que te pondrías así te hubiera dejado ahí tirado, así que: de nada. Ah, y eso de ahí es tu implante, llévatelo si quieres seguir sufriendo.
Y, después de señalar un chip ensangrentado sobre una servilleta, se marchó. Yo me quedé ahí gritando, pero poco a poco mis brazos comenzaron a moverse y después las piernas también. Con esfuerzo logré ponerme de pie y vi el chip sobre la servilleta. Lo metí con cuidado en mi bolsillo.
Estaba muy confundido, pues no sabía si ella me ayudó realmente o no, sentía una gran impotencia y no tenía muy claro qué haría después. Recordé que el poco dinero que me quedaba no podría usarlo ni para comprar comida, ya que la cuenta está asociada al implante y ahora no servía de nada, así que solo me quedaba buscar algún sitio en el que me pudiera colar y robar el delivery que dejan los drones frente a las casas.
Veía los drones dirigirse a los edificios. Al caminar, mis pies temblaban. No pude más y me tiré al piso. Ya estaba atardeciendo y en la zona comenzaban a mostrarse los espectaculares formados en el cielo con drones. Y leí la frase: “Moldea los bloques que forman tu realidad”.
Esker Ongaku es un artista y escritor cuya obra explora la fatiga emocional, el desencanto de los vínculos rotos y la constante búsqueda de identidad en el caos cotidiano. Su trabajo musical habita en la intersección del indie-rock, el pop-punk y la experimentación sonora. Su propuesta expone una lírica visceral, influenciada directamente por su paso por los slams de poesía y sesiones de open mic, donde la palabra y la vulnerabilidad emocional dictan el ritmo de sus composiciones. Actualmente, el catálogo musical de Esker Ongaku se encuentra disponible en las principales plataformas de streaming.