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Terapia paliativa

Guadalupe Arenas

Las mismas paredes, las mismas ventanas, las mismas sonrisas de los empleados al cruzar por la puerta. Aquí todo está diseñado para que te sientas cómodo, en paz. Un oasis de tranquilidad. Mientras tanto, vas roto por dentro, existiendo en el dolor. Así me sentía hace unos meses, cuando perdí a Leandro, mi Leandro. En total desesperanza. Nadie en mi familia me sostuvo. En cambio, encontré en voces anónimas el consuelo para salir avante. A todos ellos, les agradezco el que hoy esté aquí. 

Sin embargo, debo decir que mi vida nunca fue fácil. Escapar de la miseria, los contagios, la muerte. Mi papá no lo logró. Mi madre dejó de ocuparse de nosotros. Por eso me refugié en los libros. Los últimos años he pasado la mayor parte de mi tiempo libre leyendo y releyendo aquellas historias que me han ayudado a comprender esa parte humana que aún tenemos. A autores que buscan ahondar en las causas que nos arrastraron a esta desgracia. Casi todos se muestran fatalistas. Y no es para menos, sabiendo lo que saben ahora. 

Pero Leandro nunca fue como sus contemporáneos. Él mostró una gran sensibilidad, anticuada para algunos, esperanzadora para mí. Sus personajes —aventureros, artistas, activistas— se plantaban ante los desafíos para proponer soluciones que solo la libertad, el amor y la lucha desinteresada podían dar. 

Yo veía en estos personajes al propio Leandro, dando aquellos poderosos discursos que lograban conmover a las masas, luchando por sus convicciones, tratando de cambiar el mundo. Me imaginaba existiendo dentro de sus páginas, siendo la heroína que brindaba inspiración y guía. 

Sentía que esas historias me hablaban a mí, que Leandro escribía para mí, porque me conocía a la perfección. De alguna manera, podía entrar en mi mente para descubrir mis deseos e ilusiones. Por eso, yo también quería entrar en la suya, quería más de él.  

Busqué empaparme no solo de sus palabras, también de su voz. En ciertas ocasiones tuve acceso a su presencia. Ansiaba que él me oyera. Entonces escribí cartas, correos. Pero seguía siendo insuficiente. Él tenía que saber lo valioso que era. Inicié foros, conversatorios, comunidades. Estaba segura de que llamaría su atención. Lo comprobé cuando apareció en un panel. Ver su rostro, su mirada, dirigiéndose a nosotros, a mí. ¡Oh, fue apoteósico! Una puerta se abría y ya no se cerraría jamás. 

Pero la felicidad suele durar poco. Leandro murió y yo me sumí en un oscuro abismo. Nunca pensé que se podía sufrir así. Por meses no salí del departamento. Estaba permanentemente vigilada. Temían que cometiera una locura. Ni los medicamentos ni los tratamientos evitaron los ataques de pánico, el estado de vigilia, las pesadillas, la somatización del dolor en mi cuello y espalda. Me sentía morir y a la vez más viva que nunca. 

Si ninguno de los tratamientos modernos realmente ayudó, algo que sí lo hizo fueron las palabras. Los cientos de mensajes de aliento que la gente me dejaba en mis publicaciones. Había decidido compartir este proceso porque era verdad que, si yo sufría, también lo hacían sus miles de lectores y admiradores. Cada comentario de ánimo fue, para mí, parte de la cura, una pequeña fuente de alivio, una forma de sentirme menos sola. 

Después de un tiempo empecé a superarlo, a sentirme mejor. Al fin podía salir de mi encierro. Ya no me monitoreaban las 24 horas. Y aunque mi proceso fue público, nunca revelé mi identidad. Pero en este mundo todo llega a saberse. Mi nombre se filtró. Comencé a recibir invitaciones para narrar mi experiencia. Acepté todas, incluso aquellas en las que sabía de antemano que solo buscaban menoscabarme y ponerme en evidencia. 

Todo lo enfrenté con la frente en alto, no tenía por qué sentir vergüenza, tampoco estaba buscando el protagonismo. Solo trataba de enseñar al mundo una lección, de mostrar un nuevo camino de redención, de humanidad. 

Comencé a recibir amenazas. No me dieron miedo. Estaba dispuesta a llegar hasta el final. Si moría, podría reunirme con Leandro. Luego llegaron las demandas. Primero de la clínica, por violar los acuerdos de confidencialidad y por manipular los exámenes para mejorar mis resultados. Pero si hubo manipulación, fue porque el terreno estaba preparado.  

Después de Virginia, por difamación. Que su actuar no había sido egoísta, sino práctico, justificable. Cómo sería capaz de ejercer como abogada si no podía ni con su alma. Qué podrían esperar esas otras almas que defendía. Pero el mundo ya había visto su verdadero rostro, ya no tendría salvación.

Para evitar mayor escándalo, llegamos a un acuerdo. Ellas retiraban las demandas y yo desaparecía por completo. Ahora tenía los recursos para hacerlo. Entonces me fui. 

Hoy estoy nuevamente en una clínica de terapia paliativa, igual a las demás, tan pulcra en el exterior como podrida en las entrañas. Leo el letrero de la entrada: “Clínica Eir, terapia paliativa contra el dolor físico y emocional. Asistimos a los dolientes con sustitutos certificados mediante diferentes terapias que garantizan bienestar y estabilidad a largo plazo”.

¡Qué osadía! Claro que no podían decir, sin incurrir en la ilegalidad, que estas clínicas contrataban personas necesitadas para ser dolientes sustitutos de aquellos millonarios que, por infortunio del destino, sufrían algún accidente, enfermedad o pérdida, y que no querían recurrir a drogas o medicamentos para superar su dolor, sobre todo con el antecedente de las crisis de sobredosis del pasado. En cambio, mediante complejos procedimientos, se usaba a una persona para que recibiera los estímulos de dolor que el otro no quería sentir. 

Voy a ser voluntaria otra vez. Estudié los protocolos de selección de esta clínica. Estoy segura de que me aprobarán, como lo hicieron antes. No solo porque entiendo el dolor y estoy dispuesta a padecerlo, también porque sé que es mi camino. No tengo miedo, no estaré sola, allá afuera hay un ejército de mártires capaces de sufrir y superarlo todo a mi lado. Estoy segura de que ese es el camino que Leandro me habría mostrado si hubiéramos tenido la oportunidad.

Guadalupe Arenas es maestra de idiomas con experiencia en la enseñanza de español como lengua extranjera. Es licenciada en Relaciones Internacionales y estudiante de la licenciatura de Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha impartido clases de Literatura mexicana. Actualmente se dedica a impartir clases personalizadas en línea y al diseño de materiales didácticos. Desde joven ha cultivado el gusto por la lectura y ahora busca incursionar en la escritura.