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Último sol

Oscar Juárez Becerril

Ana mira una serpiente inaudita que desciende hasta el templo circular que corona el cerro de Calixtlahuaca. Grita impresionada. Alarmada, su madre sale de casa y queda estupefacta frente al panorama: una descomunal cola de agua que serpentea en el éter. 

Ante la estridencia auditiva, los vecinos comienzan a congregarse en la calle sin conocer a la monstruosidad que lo origina. Al alzar la vista quedan estáticos. Entre la multitud aturdida, una anciana tiene la lucidez para volver a entrar a su morada y hurgar en su alacena. Sale con unas tijeras en alto; instrumento mágico con el que intenta cortar el apéndice a la distancia, al tiempo de santiguarse.

La silueta va incorporando aves desprevenidas, magueyes, nopales. Crece cada vez más hasta abarcar la circunferencia de la colina. La fuerza del ciclón arranca los postes de luz del piso, igual que a los árboles. Los rezos parecen no surtir efecto.

Ana, resguardada por los brazos de su madre, distingue a las primeras viviendas en ser devoradas. Observa el movimiento ominoso de pantalones y playeras que, asidos mientras se secaban, bailan ahora una danza desenfrenada. 

***

Tan pronto como el metro parte de Zócalo, José se levanta de su asiento para poder salir en la siguiente estación. Se integra a la corporalidad colectiva que le permitirá escapar del estómago del cetáceo mecánico. 

En ese instante fuera del tiempo, cuando el tedio alarga los segundos y la vista se clava en la nada, evoca a su hija y esposa a las que tiene que dejar todas las mañanas para viajar a la Ciudad de México. Se trata de un trajín complicado por el tiempo invertido en el traslado, por los abrazos no dados, pero necesario para cumplir con las necesidades familiares.

Al momento de ser escupido por las compuertas, se enfrenta con una barrera humana que es capaz de flanquear con su experiencia montaraz, adquirida con los años. Para continuar con su travesía rutinaria, se encamina con dirección a Tasqueña. 

Al circular a un costado del solar inserto en la estación, se percata de una leve vibración del adoratorio. Se detiene al tomar conciencia de la imposibilidad del movimiento que acaba de advertir. Sus congéneres caminan impasibles. Ninguno se percata, nadie detiene su marcha.

Una polvareda cónica surge de la escultura. El espacio se cimbra, despojando a las conciencias de su hastío. Las personas se colocan las manos en los oídos para protegerse de una disonancia que nace intempestiva.

José, abofeteado por las ráfagas de aire, no puede enfrentar a una marabunta humana que, desaforada y sorda, lo consume.

***

La penumbra de las entrañas de la tierra es perturbada por un par de órbitas refulgentes. El señor del viento atisba la negrura. Es hora de interrumpir el letargo para cumplir su labor. Ya que la profanación ha llegado a su límite, será necesario restablecer el cosmos.

Asentados en la desvaída vía asfaltada, fragmentos de polvo intentan moverse. Comienzan a brincar desordenados, mecidos por una brisa imperceptible. Unidos, forman un pequeño embudo que crece vertiginoso.

Los restos de la antigua ciudad, aunque desposeídos, son capaces de liberar su energía confinada. Hasta ese instante inerme, se nutre de ella colmando su cuerpo soberbio. Sintoniza con la sacralidad del territorio, integrándose con su elemento. 

Abstraído en su ritual, recoge su ajuar y coloca ceremonioso cada implemento en su sitio. Sale de su aposento subterráneo para encontrar un entorno desconocido, al cual será necesario sanar. Entre la conciencia omnipotente y la ira, su esencia emerge, envolviéndolo y propagándose en todas sus casas.

En la calle de Guatemala, a espaldas de la catedral metropolitana, se conforma el torbellino. De su interior asoman otras tolvaneras que se desprenden hasta hacerse independientes. Cada una marca su propio camino; todas ellas propagando el desconcierto.  

El sonido del carro de camotes silba imponente como un buque citadino. Aunque poderoso, se va perdiendo al traslaparse con uno más intenso, uno que parece perforar los oídos de las personas que transitan las arterias del Centro Histórico; una resonancia de origen ignoto.

El viento corre impetuoso, arremolinándose en los callejones. Hocica las llanas superficies de los edificios modernos, los profusos acabados de las construcciones virreinales, la vetusta piedra del Templo Mayor. Socava la encarnación del tiempo, intentando diluirlo. 

Lonas de puestos ambulantes surcan el firmamento. Vuelan como una procesión de papalotes, de mariposas multicolores. En la metrópoli, la gente escapa alterada de una quimera invisible; se esconde en cualquier resquicio que la pueda guarecer del vendaval y su aullido, sin reflexionar en su naturaleza omnipresente. 

El águila de la bandera monumental se entrelaza con las sedosas cortinas de palacio nacional y con los despojos de las últimas vecindades. Los danzantes miran azorados la forma en que la corriente atrapa sus accesorios, los sacude, los conduce a sus entrañas atmosféricas, que ahora se perfuman con copal y ruda. 

***

A través de redes sociales, celulares transmitieron en vivo el momento en que la tempestad barría a la metrópoli. Los últimos instantes de la emisión, turbios con el caos de la borrasca, se concentraron en un punto del cielo que captó la atención del mundo: 

Se trataba de una entidad colosal, suspendida en el aire. Un hombre delgado, poseedor de una mirada inconmovible dirigida al horizonte, cuya morfología parecía más emparentada con la roca que con la carne. 

Sus pies estaban cubiertos por huaraches y su torso por una manta con franjas negras, blancas y rojas; mismo color, tanto de un taparrabos que completaba la vestimenta, como de una mitra que llevaba en la cabeza. 

En su mano derecha portaba un hacha de madera con terminación de hoz y en la izquierda un escudo de plumas blancas y negras, en cuyo centro se dibujaba una espiral. Además, joyería de oro en oídos, garganta y tobillos coronaban su figura sobrehumana.

Una máscara bucal roja completaba este atavío pletórico. Era semejante al pico de un pájaro, del cual brotaba un hálito que contenía el trino cacofónico que abarcaba a la urbe. 

De su cuello descendía un collar que le llegaba al pecho, de donde colgaba una de las mitades de un caracol marino. En el helicoide se generaba un remolino avasallador que colmaba el vacío. 

Después, la señal comenzó a fallar, hasta extinguirse.

***

La limpieza del entorno, orquestada por el señor del aliento vital, fue el aviso para que los tlaloques salieran del fondo de la tierra. Cuando rompieron sus vasijas se produjeron truenos atroces, cuyas detonaciones rasgaron los cortinajes de un cielo que se había atestado de prodigiosas nubes ennegrecidas. Una lluvia pertinaz se tornó catastrófica a los pocos minutos.

Al contacto con las primeras gotas, a un costado del Paseo de la Reforma, Tláloc, enmohecido en piedra, se despojó de una pereza ancestral. Bajó del pedestal que lo encumbraba e inició su marcha hacia Tenochtitlan, donde habría de encontrarse con toda la pléyade divina que en ese momento despertaba.

Oscar Juárez Becerril es estudiante del Doctorado en Letras de la UNAM. Sus estudios los ha desarrollado en torno al trabajo de escritores como Francisco Tario y Amparo Dávila, la figura del monstruo y el teatro mexicano de ciencia ficción. Actualmente, revisa la representación del pasado prehispánico en el cuento mexicano de ciencia ficción. Ha publicado cuentos y minificciones en un par de antologías de la editorial La Tinta del Silencio y en compilaciones de las revistas Anapoyesis y Grafografxs, así como en las publicaciones Penumbria, Espejo Humeante y Sangría.