La marcha del metro era terriblemente lenta esa mañana. Desesperado, Héctor miraba la hora en su celular, era tarde e iba retrasado para el trabajo.
Cuando al fin el tren arribó a la estación, intentó subir rápidamente las escaleras llenas de gente. Salió a la calle y le pareció que la ciudad estaba un poco más caótica que de costumbre. Aún le faltaba un viaje de quince minutos en autobús para llegar a la oficina en donde seguro su jefe lo esperaba con un reporte por retardo.
Héctor iba caminando hacía la parada del transporte cuando la tierra se cimbró: los temblores eran constantes y se hacían cada vez más y más fuertes, los autos detenidos en el tráfico temblaban como gelatina. Una multitud de personas venía corriendo por la calle. Nadie parecía saber lo que estaba pasando. El suelo continuaba temblando y a Héctor no le quedó de otra más que correr entre la despavorida manada.
La cotidianidad matutina se vio interrumpida por los gritos, las alarmas de los coches, el sonido de disparos y las sirenas de policía. Entonces el aire fue cortado por un espantoso estruendo, era el rugido ensordecedor de una enorme bestia que reventaba las ventanas de los edificios y provocó que todos los aterrorizados transeúntes llevarán las manos a sus oídos.
La infernal estridencia terminó abruptamente. Hubo unos breves segundos de calma y Héctor finalmente pudo ver. Sus ojos se abrieron con horror solo para contemplar a la inmensa e indescriptible monstruosidad escamosa que se encontraba frente a él. Eran las 9:30 de la mañana y definitivamente hoy no iba a llegar al trabajo.
Julio Cesar Hernandez Pizano Egresado de comunicación por parte de la UNAM. Le encantan las películas de serie B, la ciencia ficción rara y los comics.