Un día seremos devorados por la estrella,
la de siempre, la de cada día,
la que tanto hemos adorado.
No hay cantidades de níquel o litio que nos salven.
Las minas serán sino refugios cuando todo lo consuma,
y ahí dentro, nosotros desapareceremos;
primero serán los ojos, al último los pulmones.
Las voces de antes lo llamaron rey, que ciñe una corona flameada,
lo llamaron furioso y también necesario;
lo llamaron dueño del fuego y motivo de la existencia.
Lo llamaron padre, y más recientemente, enemigo.
Tantas edades arrojándonos fuego y enfado
desde el lejano hogar lleno de gases y vacío.
Creímos que nos haría llover el infierno,
convirtiendo los mares en eternos llanos y los bosques en océanos de ceniza.
Pero aquel día no llegó.
De la flamígera cólera
vino el silencio inesperado
y siguióle una gélida tristeza.
La corona perdía las llamas y al rey se le escapaba la vida.
No hubo mayor intento por salvarnos a nosotros mismos
y así, el sol decidió morir.
Los días se volvieron a penas un suspiro
y las noches fueron interminable ceguera.
Se perdieron en lo profundo las arenas y los pastos, los suelos se tapizaron de blanco.
Las aguas, cristales impenetrables, separaron las tierras.
Los vientos cortaron la carne y congelaron la sangre.
El fuego que hacíamos perdió la voluntad de crecer,
no había calor más aquel que permanecía en nuestro pecho,
que menguaba como las plantas y sus frutos, como los peces y los ciervos.
El sol parpadeaba, por años, décadas.
Un solo ojo, brillante, triste,
cedía su fulgor cada vez que se ocluía.
Tras cien años de luz intermitente,
las historias ya no hablaban del enfado,
sino de cómo, el sol, decepcionado del humano,
decidió dejar de brillar y se arrojó al fin de todas las cosas.
Pasarán, quizás, otros cien años con una estrella en agonía
y una especie al filo del más frío olvido,
hasta que alguno de los dos desaparezca.
Alonso García Islas Nació en México en agosto del 98; deambula perpetuamente entre arte y ciencia: es médico veterinario y escribir se ha vuelto parte vital de su vida. Le gusta colocar en las realidades aspectos fastásicos bien justificados, como lo haría un científico. Escribe sobre las personas, sobre otros universos y sobre animalitos. La poesía juega él, no él con ella.