Y de pronto, a alguien se le ocurrió mandar chilaquiles al espacio. Fue a Fernando Montal, un escritor de ciencia ficción de principios del siglo XX en su cuento “Un puesto solitario”. No lo recuerdo a la perfección, a pesar de que en mis tiempos nos hacían leerlo al menos tres o cuatro veces durante la primaria. Se trata de un puesto de chilaquiles en Marte que es atendido por un robot y se hacía tan popular que todos los peregrinos que pasaban por el planeta querían probar el famoso platillo. Pero al final, cuando las filas son enormes y la gente arma un revuelo para que les den de comer, se descubre que en realidad quienes preparaban los chilaquiles eran de una familia mexicana, pues los robots no podían replicar el sabor. Y así fue que llegamos al espacio.
Como toda buena historia, ese cuento inspiró a los niños que lo leyeron en ese tiempo…creo que todavía lo hace. Casi no había astronautas mexicanos en la época en que se escribió. Pero después de que ese cuento inspirara la pregunta: “¿Y si de verdad podemos mandar chilaquiles al espacio?”, la historia del mundo cambió para siempre. Se desarrolló un platillo que podía comerse con facilidad en los viajes espaciales (tortilla frita en bolsas al vacío combinado con tubos de salsa verde y crema untables), que fue la alternativa favorita a la comida deshidratada que se acostumbraba. China, India, Rusia, la Unión Europea y Estados Unidos, comenzaron a llevar a mexicanos en sus misiones, primero como cordialidad por los alimentos, después como tradición y luego como una obligación al ver lo adaptables que éramos. Todas las naciones alababan la disponibilidad y buen carácter de los astronautas nacionales.
A mí todavía me tocó ver la transición de los viajes planetarios en el Sistema Solar a las misiones largas al universo. Cuando se hizo la votación de ponerle nombre al agujero de gusano que nos llevaría más allá de la galaxia, recuerdo que mi profesora de Navegación Espacial nos hizo votar y obligar a toda nuestra familia a hacer lo mismo. Me gusta pensar que gracias a ello, y no a la apatía en este tipo de dinámicas de parte de los demás países, el Dimensionador José Vasconcelos fue un triunfo nacional. Todos estábamos contentos de que íbamos a ir más allá del espacio conocido. En la escuela nos preparaban para ser los peregrinos que viajarían por las estrellas.
Mis papás querían que yo fuera algo importante, como un piloto o un ingeniero cuatridimensional. Pero mi materia favorita siempre fue Historia del Espacio. Y mi maestra siempre mencionaba la importancia de los chilaquiles. Casi cada clase, a veces incluso era hartante. Pero se me quedó grabado que un buen viaje espacial empieza con una buena alimentación. Por eso me especialicé como Cocinero Exoterrestre, vaya, cocinar sólo con los ingredientes que encuentras en una nave.
Es lo que he estado haciendo desde que nos lanzamos en esta expedición. Equipado sólo con tubos de saborizantes, raciones congeladas, recicladores orgánicos y transformadores de materia en desarrollo. Además de mis muchos libros, de cocina principalmente. No están para saberlo, pero los primeros viajes a través del Dimensionador José Vasconcelos fueron un desastre, una tragedia. Básicamente todo lo digital se borraba, tanto los discos duros que traían películas y música como los softwares que controlaban el filtro de oxigenación. Por eso se tuvo que combinar lo analógico en muchas áreas. Afortunadamente para nosotros, en nuestras escuelas todavía enseñaban mecanografía. Y es por eso nos dejaron subir cuantos libros y dvds quisiéramos.
Y fíjense que…ya aquí arriba, hace algunos años pude leer completo el libro de Fernando
Montal, el de la historia de los chilaquiles. Nunca había tenido la oportunidad de leerlo completo.
Y ahí encontré otro cuento muy interesante: “Los monos cada vez golpean más fuerte”. Se trata de unos monos parlantes intentando sobrevivir en un mundo lleno de dinosaurios. Pasan por varias cosas, uno de ellos se queda tuerto, otro casi se muere al elegir mal qué hierbas comer y al final logran matar a un gran depredador, un espinosaurio, y llevan la carne a su aldea. Pero el cuento termina en que esos monos están siendo monitoreados por humanos, quienes les dieron superinteligencia y los están entrenando en un ambiente controlado para poder llevarlos a explorar, advertir de peligros y terraformar planetas lejanos…y cuando los planetas sean habitables, llegará la especie humana a conquistar.
Y eso…eso me ha dejado pensando, muchachos. ¿Por qué en una misión tan importante, donde vamos a llegar a uno, tal vez dos planetas desconocidos, casi todos somos mexicanos? Y vaya, muchos son jóvenes como ustedes. Solo tenemos al Capitán que es ruso, ya ven, bien simpático él siempre, y a la Vicecapitana, que es china, que a ella mejor sí no se le acerquen tanto. Uno de mis hermanos salió en otra nave hace algunos años y antes de cruzar el Dimensionador me platicó que era la misma situación.
No lo sé, muchachos, creo que es algo que podemos platicar después. Nos queda mucho por delante. Pero sólo prométanme que le van a echar un ojo al libro, se los dejo para que puedan leerlo y se desconecten un poco de los dvds. Mientras los dejo comer para que se terminen sus chilaquiles.
Omar Velasco Oria Supervillano. Vive con su esposa y sus perritos. Ha colaborado con diversas revistas y antologías tanto en español como en inglés.