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M.A. Erick - Ingenuidad

Erick Eduardo Muñoz Aguirre

—La policía, junto a las fuerzas armadas, ha logrado neutralizar a una traficante de órganos en pleno traslado de mercancía. Las imágenes son estremecedoras y, de acuerdo a nuestra señal en la capital de la nación, la presidente ya ha emitido su repudio a través de las cuentas oficiales del Estado. Se espera que con este espeluznante caso se pueda poner en marcha el plan de militarización gubernamental.

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A pesar de que la ciudad era un caos, muy pocas personas visitaban el despacho de Maybelline Rojas. La mujer de cuarenta años comprendía que la razón detrás de su escasa clientela se debía a su distintiva línea de trabajo. Captar infieles era su especialidad. Y si bien resultaba cierto que tenía las herramientas para investigar crímenes sin resolver, había algo que la detenía de hacerlo.

Su hijo de quince años: Misael.

Neo GYE, antes conocida como Guayaquil, estaba controlada por el narcotráfico internacional. Arriesgar su vida por el bien común también implicaba poner en situación de peligro al fruto de su vientre. Suspiró con cansancio, sentada en el trono de su vacía sala real; una oficina de segunda categoría, ubicada en lo alto de un edificio de aspecto lúgubre. Alcanzó un paquete de cigarrillos tras meter la mano en uno de los cajones de su escritorio. Se levantó, pasando por los cuadros enmarcados que yacían colgados en las paredes y se detuvo en el único ventanal a su disposición. La opacidad de la noche permitió que la iluminación del interior lograra reflejar su apariencia.

Arrugas esparcidas en cada pliegue de su cutis acaramelado, canas en su cortísimo cabello azabache, ojos marrones y la robusta silueta que tanto odiaba poseer. Se llevó una unidad de su vicio a los labios; el resto lo guardó en el bolsillo frontal de su delicada camisa celeste. Los pulmones se le llenaron de humo, luego de que el encendedor barato, escondido en su pantalón de hueso pálido, hiciera acto de presencia.

Pese a la baja afluencia de clientes a lo largo del día, tenía un asunto pendiente. La semana pasada había recibido la visita de una mujer con el corazón destrozado y, junto a ella, una historia de trágica reincidencia. El hombre que debía seguir se encontraba atravesando su segunda chance. Lo peor era que, al parecer, la estaba desperdiciando.

O eso creía quien la había contactado.

Maybelline, aunque analítica, no lo sabía. Tuvo que fingir aprobar su punto de vista por el dinero.

Envió un mensaje de voz al teléfono de Misael, alegando tardanza en su regreso a casa y guardó el dispositivo en su escote, que era de donde lo había sacado. El 2043 corría con la tecnología más avanzada en cuanto a móviles, pero ella continuaba usando el mismo celular táctil que obtuvo a mediados de la década de los diez. Era pequeño y práctico, no como las monstruosidades que se vendían en las tiendas de servicios telefónicos. Además de que no requería mutilarse la piel para hacerlo funcionar.

Apagó las luces y el aire acondicionado.

Una vez libre del limitado espacio, bajó las escaleras. Olores aborrecibles inundaron sus fosas nasales al salir a la calle. Subió a su vehículo, esquivando a los adictos regados en la vereda cercana a su pórtico. Gente no mayor a su hijo y ya con la vida echada a perder. Consumían NeuroLAX, un tipo de virus inyectable con neuroquímicos potenciados. Era demasiado asequible en comparación a los espejismos visuales que brindaban los metaversos.

Arrancó el motor y se dispuso a viajar a su destino. Conocía ciertas cosas del individuo que iba a investigar. Una de ellas: su recurrencia a un bar en el límite sur de la urbe. El lugar quedaba próximo a la camaronera en la que fungía como chófer de cadena en frío. Allí es donde se juntaba con sus colegas después de cada día extenuante en el laburo; información dada por su clienta, que en resumen, era lo único que necesitaba. Media hora de conducción y lo primero que notó fue la falta de fiabilidad en el relato recibido.

No avistó cantina en ninguna parte y la planta de camarones al lado del deshabitado malecón que adornaba el inhóspito paisaje tenía las puertas bloqueadas. No había rastro alguno de la avanzada modernidad que tanto se empeñaba en ignorar. Se dio cuenta, sin embargo, del camión perteneciente al presunto infiel, parqueado a un costado de la acera adyacente a la entrada de la inmensa estructura industrial.

Descendió del viejo transporte y caminó bajo el tintineante resplandor del alumbrado público. Capturó el vacío en la cabina del piloto con una antiquísima cámara compacta de precisión, imposible de piratear.

¿Acaso la mujer que la había contratado creía en todo lo que su marido le decía?

Abrió la reja posterior, y finalmente, lo vio.

La carne.

La urgencia activa del narco para vender lo natural en contraste de las costosísimas prótesis en el mercado de órganos sintéticos y la pérdida total de la inocencia en los ojos huecos de los niños almacenados como cerdos de frigorífico. Accionó el destello de la lente fotográfica por inercia. No consiguió percibir el advenimiento de su muerte.

Tres advertencias de alto, farolas portátiles arriba de las moradas contiguas al desolado barrio y la unión de un conjunto de elementos militarizados.

No alcanzó a preguntarse el porqué.

 

Erick Eduardo Muñoz Aguirre  es un escritor sin mucho recorrido en el ámbito literario. Aunque gusta de leer obras de fantasía y ciencia ficción, es muy vago en la creación de mundos. Su punto fuerte es seguir tratando, porque de lo contrario, no hay aprendizaje.