Me llegó un mensaje vía digital. Trixter quería verme en el bunker, hacía semanas sin saber de él. Conduje mi scooter a toda velocidad. Por suerte hubo poco tránsito y llegué rápido a su casa. Para ver a Trixter, los miembros del club ingresábamos por la puerta exterior que daba al sótano, ahí la pasábamos jugando videojuegos de guerra en primera persona. Más que hobby, pasión o vicio, jugábamos porque nos generaba dinero limpio; sólo tenías que disparar a través del joystick, cumplir misiones, completar campañas, por ocho horas diarias.
Me dejé caer sobre uno de los sillones puff del bunker. Desde el principio me dio mala espina no ver a ningún miembro del club. El lugar parecía nunca haberse limpiado: retos de comida por aquí, latas de cerveza por allá, ropa amontonada en diversos rincones; manuales de videojuegos deshojados, contrario a la pulcritud usual de aquel lugar. Trixter estaba sentado en su silla gamer, idiotizado frente a la pantalla. A la distancia, gracias a un espejo frente a mí, pude distinguir la definición de gráficos y sonidos que simulaban a la perfección un tiroteo.
Deberías probarlo. Lo acabo de conseguir hace unas semanas, dijo.
Me acerqué y vi su rostro destruido por no haber dormido bien en varios días. Lo que me sacó más de onda fue el olor, un olor nauseabundo, fuerte, como si por estar jugando no le hubiera dado tiempo de ir al sanitario.
—Esos zoquetes huyeron —Trixter rió— Huyeron despavoridos. ¿Puedes creerlo?
—¿A quiénes te refieres? —hablé aguantando la respiración.
—¿Cómo a quiénes me refiero, imbécil? —me observó despreciativo, sin dejar de
jugar; yo me turbé, pues nunca me había hablado así— A esos idiotas del club, les eché del bunker. ¡Qué se larguen, malditos cobardes!
—No entiendo. Hace semanas que no sabemos de ti, no nos convocaste —dije y regresé hacia el sillón puff, no aguantaba el olor.
—Sí, lo hice. Vinieron ayer, quería mostrarles esta maravilla…perdona, Aiker, si tú no lo sabías es porque ya te íbamos a expulsar del club. Ahora los expulsados son ellos y tú el único sobreviviente. ¡Qué ironía!
Siguió jugando. Observé la pantalla, uno de los personajes pedía clemencia, alzando las manos. Trixter le disparó en la cara.
—¡Huyeron, cobardes! Huyeron al conocer este juego.
Miré su repisa llena de figuras ecchi, el olor era soportable sólo cerca de las ventilas.
Me extrañó que tampoco hubieran sonidos arriba, como si nadie estuviera en casa. Su madre solía bajar al bunker y regañarlo, cuando lo escuchaba gritar así.
—Este juego proyecta enfrentamientos que suceden en Medio Oriente, a tiempo real.
—¿Cómo se llama? pregunté, simulando interés, obviamente no le creí.
—Killing Force —respondió— Es un juego experimental o algo así. Me llegó por paquetería desde el Norte, firmé contrato online. El punto es que el gobierno del Norte paga hasta tres mil dólares al día si cumples ciertas metas de objetivos aniquilados. Deberías intentarlo. ¿O eres igual que los demás gamers?
La simple idea de sentarme en esa silla me asqueó.
—Yo desde aquí hago clic —vociferó— y las armas de unos androides disparan allá.
Su carcajada me hizo sospechar que estuviera usando drogas.
—Matas a soldados, supongo —dije, observando la escalera que subía hacia su casa.
—¡Aiker! ¿Todavía crees que los soldados son los verdaderos objetivos en una guerra?
—Matas civiles, entonces.
Trixter siguió riéndose, ahogado con su propia saliva, no despegaba la vista de la pantalla. Los niveles de acción del juego intensificaron y él pareció olvidarse de mí, continuó matando civiles en alguna región del Medio Oriente, mientras yo me preguntaba cómo iba a ser eso posible.
La intriga, sí, creo que fue eso lo que me motivó a subir las escaleras y abrir la puerta que daba a su casa. Silenciosa, luces apagadas. El olor ahí era más intenso. Al recorrer la sala, hallé el cuerpo de su madre incrustado sobre la mesa de centro, con un balazo en el pecho. Me fui de espaldas, corrí en dirección opuesta. En la cocina vi las paredes manchadas de sangre seca. Sobre la barra descansaba una Colt .45. Trixter fanfarroneaba de ella, sin enseñársela a nadie. Vi las piernas de otro cuerpo, no lo reconocí, tendido sobre las escaleras que daban a las habitaciones. Intenté salir por la puerta principal o por cualquier ventana, pero Trixter las había tapiado.
El miedo me paralizó. Me descubrí encerrado en su trampa, o ante la ley formando parte de varios homicidios por el simple hecho de estar ahí. Sin embargo, Trixter en aquellos momentos parecía un maníaco que no dejaba de jugar Killing Force para evadir su realidad. Pensé que quizá yo podría pasar desapercibido. Afiancé valor y bajé despacio las escaleras. Al llegar al sótano, vi que seguía frente a la pantalla, idiotizado.
—Debo irme —las palabras trababan mi lengua— Olvidé unos pendientes en casa.
—Chingao. ¡Tú también, Aiker! —gritó sin voltear— Pero está bien. ¡Lárgate! Jamás lo vas a comprender, hasta que no juegues esto.
Caminé rápido hacia la salida del bunker. De repente, oí a Trixter cuando gritó:
—No fui yo, fue el arma, solita disparó.
Y su carcajada se me grabó en la memoria, igual que aquel olor. A veces, en sueños, sigo reviviendo aquellas escenas, no volví a dormir tranquilo desde entonces, a pesar de saber que Trixter se pudre en la cárcel.
Ulises Luján Rodríguez Licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha desempeñado actividades en radiodifusión independiente, con los programas Punto de Fuga y Chicha Roots. A menudo realiza fomento a la lectura en el libroclub Stultifera Navis del CCH Oriente. Colabora en el blog Ciencia Ficción México con algunas reseñas. Se desempeña como bibliotecario.