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Astas más viejas

J. Mihail Koyoc Kú

Era muy joven para saber qué ocurría, pero cuando mi mamá y mi abuelo, el jmeen del pueblo, encontraron al yuum, yo ya sabía qué era un señor del monte, y también entendía cómo se relacionaba con la sequía y la muerte de nuestras abejas. Después de recoger lo que parecía su cuerpo, lo pusieron en el cuartito que nos servía como cocina, ahí al fondo de la casa. Pronto, la mesa que antes usaba mi mamá para preparar la comida, estuvo ocupada con el cuerpo de lo que parecía un venado con unas astas más viejas que la tierra donde yo estaba parado y más imponentes que el muro de ramones que marcaba el final del terreno de mi abuelo.

Enredados entre sus astas, estaban los restos mudos de los panales que distinguían a este yuum de cualquier venado común y corriente. “Vete de aquí, chiquito”, me dijo mi abuelo, pero en realidad solo me oculté detrás del cuartito de la cocina. No puedes escuchar lo que voy a cantar, me dijo el viejo con su voz que parecía la de un bebé frente al aliento moribundo del yuum que estaba sobre la mesa. No me di cuenta en qué momento mi mamá salió de la casa ni tampoco supe a dónde había ido. Solo me hice pequeño y escuché las palabras que el abuelo cantaba mientras sahumaba la cocina con un pedazo de incienso que parecía nunca acabársele, y que siempre guardaba en una cajita cerca de donde mi mamá guardaba sus cerillos. En algún momento, de la boca del yuum salió una voz que parecía un susurro que no dejaba de escucharse nunca. El abuelo acercó sus oídos a la boca del yuum y escuchó lo que le tenía que decir; asintió sin dejar de agitar el incienso, y luego siguió cantando palabras que mis oídos de piedra no entendían. No se detuvo hasta que llegó mi madre con ramos de flor de xtabentún y velas blancas. Mi abuelo le susurró cosas mientras el yuum, tendido en la mesa, movía las astas un poco, esparciendo los restos de los panales secos como si fueran ceniza del fogón.

Días después, cuando encontré varios de esos pedacitos y los junté para guardarlos, se formaron juntos en una celda de panal que hasta ahora no ha dejado de producir miel: siete gotas cada día. Mi mamá dejó las flores alrededor del yuum mientras mi abuelo seguía cantando. Al terminar de acomodar las flores de xtabentún, vi que mi mamá repetía algunas de las cosas que el abuelo cantaba, mientras desprendía las corolas para dejarlas en donde estaban antes, al mismo tiempo que reunía los tallos en un cerrito que terminó acercando a la boca del yuum. Fuera, comenzó a soplar el viento y sentí que pronto debería moverme de mi escondite (solo esperaba que tuviera tiempo suficiente para terminar de ver lo que ocurría dentro de la cocina). El yuum movió el hocico hacia los tallos y comenzó a comerlos uno a uno mientras el viento en mis oídos me hacía tapármelos inútilmente. El cielo estaba completamente despejado: el azul vivo parecía caerse sobre nuestro solar, nuestra casa, nuestra cocina, mientras el yuum no dejaba de comer, mientras mi mamá seguía acercándole ramita tras ramita, mientras mi abuelo cantaba y sahumaba, cantaba y sahumaba. Cuando el yuum terminó de comer, mi abuelo y mi mamá volvieron a hablar en susurros.

Intenté escucharles, pero también temía que el viento destruyera nuestra cocina. Mi abuelo comenzó a recoger las corolas mientras mi mamá lo seguía: cada vez que el viejo levantaba un puñado de pétalos, se los ofrecía a mi mamá, quien los soplaba para hacerlos caer sobre el cuerpo del yuum, sobre las astas, sobre los panales enredados en una cornamenta que se veía cada vez más viva a pesar del tiempo que habían visto transcurrir. Los ojos del yuum se veían cada vez más vivos, y en algún momento nuestras miradas se cruzaron. No sé cuánto tiempo pasó. Solo que nuestras miradas se quedaron enganchadas a través de una pequeña rendija de madera mientras los pétalos de la flor de xtabentún se adherían a su cuerpo, protegiéndolo como una armadura que se endurecía mientras sus ojos perforaban el viento a mi alrededor. Los panales en las astas volvieron a hablar, y de ellos comenzó a escurrir una miel que se iba esparciendo por toda la cocina, mientras el yuum recuperaba fuerzas, se ponía en pie, y luego miraba hacia mi abuelo y mi mamá. En ese momento, perdí el conocimiento.

Cuando desperté, estaba en mi hamaca. Mi mamá me cuidaba una fiebre que me tuvo cuatro días sin poder levantarme. Nunca le pregunté ni a ella ni al abuelo qué pasó. No necesité hacerlo, pues desde ese año las lluvias llegan cuando tienen que llegar, escucho a las abejas a los lados del camino alimentando la vida, sobreponiéndose a los drones y las turbinas de viento que se levantan en nuestros campos, y cada tanto veo los ojos del yuum cruzarse con los míos cuando salgo al monte. Solo espero poder escuchar a mi abuelo y a mi mamá lo suficiente para cuando el yuum vuelva a necesitarnos. Mientras tanto, seguimos mirándonos a lo lejos.

J. Mihail Koyoc Kú (Halachó, 1992). Editó Efecto Antabus e hizo Testigos Podcast. Autor de «El olor de la hoja santa» (2025, Crisálida Ediciones). Ganador de premios nacionales, estatales y regionales en el ámbito de narrativa de ficción y no ficción.