Charles y Hope corrían bajo los neones de un callejón industrial en Cybercity, una urbe erigida sobre los restos óseos de lo que alguna vez fue territorio verde.
Tras la crisis climática del siglo XXI, que aniquiló gran parte de la flora mundial, solo sobrevivieron fragmentos de la Amazonía y la península de Yucatán. Fue en esta última donde una de las mega corporaciones más poderosas del mundo levantó una colosal ciudad cibernética —Cybercity— para apropiarse de los últimos recursos que quedaban. Y lo consiguió: absorbió selvas, ruinas mayas, afluentes y arrecifes hasta reducirlos a código, acero y cibernética.
Charles y Hope corrían esquivando las cámaras que los acechaban como carceleros, eran de los pocos completamente orgánicos que quedaban en un océano de implantes tecnológicos. Sobrevivientes de la extinta Resistencia, aquella que se atrevió a atacar el edificio central de la Mega Corporación Biotecnológica para robar una tecnología capaz de transformar —o condenar— la existencia humana.
La Resistencia pretendió frenar un progreso que, gradualmente, convirtió a las
personas en máquinas, y al mundo en decadencia: guerras, extinción de especies, mares en yermos, y desiertos cubiertos de paneles solares. La humanidad sobrevivía gracias a máquinas que purificaban aire y agua. Para Hope la lucha era personal: sus padres murieron en ella.
La cabellera pixie de Hope se sacudía al correr. Tenía en su morral “la semilla de Yggdrasill”: organismo biológico vegetal de crecimiento acelerado.
Organismo por el que la Resistencia arriesgó todo. Querían devolver al origen una megaurbe de concreto, acero y hologramas —en los que aún resonaba un español antiguo. Y, así, también el mundo.
Charles, adelante, guiaba el avance. Combatiente experimentado con una mirada aguzada, armado de una pistola electromagnética capaz de apagar componentes tecnológicos y un rifle láser terciado; estaba dispuesto a enfrentarse a cualquier amenaza, humana o cibernética, que surgiera al frente.
—¡Corre Hope! —declaró agitado.
—¡Vo-Voy…! —jadeó ella.
Contuvieron su avance cuando observaron a los agentes de seguridad en aerodeslizadores, que cruzaron rápido como relámpagos en la avenida: estelas lumínicas azules y rojas, y chillidos angustiantes de las sirenas.
—¡Cuidado! —vociferó Charles. La empujó tras un muro.
—¡Ay! —Hope, temblorosa, sollozó—. Charles, tengo miedo…
—Triunfaremos, Hope.
Hope asintió con una duda que le carcomía la mente.
Mientras los dos hablaban, los ruidos de las sirenas regresaron: eran dos aerodeslizadores. Los agentes, más máquinas que humanos, con visores que tintineaban con datos en tiempo, descendieron en la entrada del callejón.
—Deberían estar… cerca… —dijo uno de los agentes.
—Activando protocolo de búsqueda —avisó el otro.
Extrajo una esfera metálica desde su traje y la lanzó al aire, era un dron avanzado de vigilancia.
—Nos descubrirán… —musitó Charles, que, lento, tomaba el rifle láser con la mano derecha y la pistola, con la mano izquierda. Inhaló profundo viendo el dron acercándose.
—¿Q-Qué haremos? —preguntó Hope, nerviosa con sus ojos verdosos enfocados en los castaños de su aliado.
—Lo de siempre: resistir.
—¡Aquí…! —gritó uno de los agentes, señalando la cobertura.
Charles saltó mientras disparaba con frenetismo, acribillando a varios de los agentes.
—¡Fuera de servicio! —declaró con una sonrisa de confianza.
—¡Carajo! —chilló Hope viendo los cuerpos en el suelo. Sintió náuseas, que logró contener.
—Ellos o nosotros, Hope… Tenlo claro —respondió Charles en tanto abordaba el aerodeslizador. Invitó con un movimiento vertiginoso de cabeza—: Súbete.
Llegaremos deprisa.
Hope saltó al asiento como pasajera. Y aceleraron a su destino. Mientras volaban, aerodeslizadores enemigos fueron sumándose a la persecución.
Charles, experto conductor, esquivó los disparos. Y respondió de la misma manera, consiguiendo algunos derribos.
Cruzaron varias avenidas secundarias y pronto divisaron la avenida principal.
—¡Debemos saltar! —declaró Charles, que descendió cerca al suelo—. ¡Salta!
¡Ya!
Dándole cobertura a Hope, mientras descendía del vehículo, disparó ráfagas de rifle a los enemigos que llegaban.
Hope corrió veloz, alejándose del tiroteo, dirigiéndose al último parque con tierra orgánica en Cybercity: el parque central.
Charles continuó disparando, cubriendo el escape de la adolescente. Pero pronto le dieron al aerodeslizador y se vio obligado a descender. Saltó antes de la explosión, y continuó disparando, esta vez desde el suelo. Rápidamente se parapetó detrás de un automóvil volador.
—¡Mueran, malditos agentes! —gritó mientras los destellos de una ráfaga decoraban su rostro avejentado.
Hope abrió su morral, y extrajo una cápsula de cristal que contenía una semilla de color verde radiactivo, poco más del tamaño de una alubia. Respiró profundo.
—¿Seremos salvados…? —declaró en una mezcla de angustia y felicidad—. ¿Cierto?
Abrió la tapa de la cápsula y, en el momento que sacaba la semilla, un disparo atravesó su abdomen, y, pronto, otros la atravesaron.
Gritó en agonía, escupiendo de inmediato una bocanada de sangre. Se derrumbó en el suelo y vio que la semilla cayó a escasos centímetros. Vio la esperanza disolverse como vapor al mediodía.
—¡No! ¡Hope! —gritó Charles, que salió de su cobertura y continuó disparando
en un frenesí asesino, pero poco logró. Acabó muriendo en mitad de la avenida
de un certero disparo a la cabeza.
—Papá… mamá… fallé… Todo esto, para nada —Hope respiraba agitada, moribunda. Lloriqueó. Golpeó el suelo con un puñetazo seco—. Yo…
En aquel instante vio la semilla de Yggdrasill reaccionado al contacto con su propia sangre… Delgadas raíces, filamentos, surgieron de la semilla: entraron en sus heridas y consumieron su cuerpo a una velocidad terrorífica.
—Tri-Tri-Triunfamos… —declaró en una mezcla de alegría y sufrimiento, antes de ser consumida por completo por esa planta.
Yggdrasill encontró en Hope el sustrato necesario para germinar, y creció con brutalidad. Con sus raíces, semejantes a los tentáculos de un kraken irascible, destrozaron, sin piedad, todo a su paso. Vehículos, edificios, autómatas… nada escapaba a la voracidad de las raíces hambrientas, absorbiendo de la misma forma a las personas desprevenidas.
En segundos Yggdrasill alcanzó el tamaño de un roble. Superó el tamaño de una secuoya. La altura de los edificios más grandes de la ciudad. Mientras cientos de ramas se extendían hacia el cielo, liberó esporas que desencadenaron el crecimiento de muchas otras plantas que, uniéndose al crecimiento desaforado, dominaron los artificios. Cybercity quedó convertida en un vasto paraje vegetal. Las enormes estructuras humanas, ahora sometidas por la naturaleza: grises inertes cambiados por verdes vivientes.
Silencio…
Entre las ruinas emergieron cientos de supervivientes, cuyas miradas inquietas se entrelazaron. Compartieron la asombrosa visión que se presentaba ante ellos. Levantaron sus ojos hacia el imponente Yggdrasill, simbiosis de la ciencia y la naturaleza, nuevo guardián de un paisaje urbano colapsado y transformado en un inmenso paraje vegetal.
Cristian Guevara es un escritor y psicólogo colombiano, nacido en 1989 en Cali. Considera la escritura un espacio para explorar los límites de lo real. Se especializa en poesía y cuento, con una inclinación particular hacia el suspenso, ciencia ficción y terror. Cada una de sus historias busca generar un impacto duradero en el lector, sumergirlo en atmósferas envolventes y provocar reflexiones que trasciendan la última página. Sus influencias literarias son P. K. Dick, Chuck Palahniuk, Ursula K. Le Guin, Arthur C. Clarke, Clive Barker, H. G. Wells, Ray Bradbury, Stephen King, y H. P. Lovecraft.