Unos kilómetros antes de llegar a la costa, un conglomerado de enormes ceibas se alza por encima de cabañas hechas de piedra y barro. Paredes lisas y acomodadas con una suerte de arquitectura geométrica, le daban un acabado homogéneo con el paisaje que rodeaba al poblado, rico en vegetación. Los caminos eran delimitados por plantas ornamentales, cuyas sombras bailaban con el revoloteo de las luciérnagas que brotaban de las estructuras cilíndricas en forma de pilares huecos hechos de fluorita, donde los floristas cultivaban asteres y varas de oro para atraer a los brillantes insectos e iluminar las avenidas en las noches. Las casas usaban tuberías transparentes en las que crecía un musgo bioluminiscente, conectado a los cenotes, proporcionando luz a los habitantes y sus familias. Ahí donde la brisa marina se mezclaba con el olor de los humedales de T’Hó, se encontraba Tekax, donde vivían los que eran unos con la naturaleza.
Hacía ya muchos ayeres que la selva había vuelto a hablarle a los humanos. La brisa traía olores a balché y tierra húmeda. Los dorados mantos del sol se ocultaban detrás de las ya derrumbadas construcciones de cemento y granito, los cuales eran ecos de una civilización que existió en otra era. Un puente oxidado, reclamado por la naturaleza y envuelto en ropajes verdes y musgosos, servía de vía de paso para una familia de venados cola blanca que regresaban a casa después de su jornada diurna. La península era un tapiz verde que devoraba las ciudades antiguas y las infinitas carreteras de asfalto. Los hombres ya no habitaban estas tierras, salvo unos pocos, herederos de los que decidieron quedarse cuando las ciudades se hundieron y la naturaleza se adueñó de la tierra. El mundo era ahora de los dioses que habían despertado de su eterno letargo.
Máximo Pech trabajaba en los bordes de los cenotes, donde el agua brillaba con luz subterránea. Su labor era la de guardián, y se aseguraba de que la creación del Dios Yum Kaax, se encontrara en perfecto equilibrio, y que ningún ser perturbara la selva ni a sus habitantes, ya se tratase de uno terrenal o algún extranjero del mundo onírico.
Se dirigió entonces a la zona designada, un lugar sagrado donde espíritus menores se reunían. Jardines de gladiolas, crotos y buganvilias, se suspendían con la ayuda de raíces de ficus, entrelazándose, formando redes sobre los cenotes. Las raíces de los árboles colgaban hasta tocar el espejo de agua y transportaban el vital líquido hasta la superficie. Mientras cuidaba un jardín suspendido sobre uno de esos pozos de piedra, escuchó su nombre, susurrado por el viento y traducido por las hojas.
Las voces traían historias de antiguas selvas de concreto, transitadas por aquellos que alguna vez fueron dueños de la tierra y de los mares. Sueños de cuando los hombres perforaban el suelo en busca de energía y despertaban ríos con corrientes negras que escapaban hacia la superficie, apresuradas por dejar atrás sus oscuras cunas subterráneas. Animales de metal retorcido y deformado de casi tantos colores como los había de flores, que servían de transporte para las personas. Pájaros gigantes que ya no necesitaban mover sus alas, ya que el mismo aire los sostenía, como si de magia se tratase. Máximo se encontraba perdido en un mundo tan lejano de su realidad, que era como si se encontrase en un sueño lúcido.
Pequeñas criaturas luminiscentes escalaban las raíces e iluminaban el agua inerte del cenote. Una de ellas, subió por su pierna, y le sacó del trance que producía escuchar por mucho tiempo la voz de la naturaleza. El agua quieta, reflejaba el oscuro cielo nocturno y, a su vez, el brillo de los pequeños aluxes, haciendo que pareciera que aquel agujero era una ventana a una galaxia llena de estrellas. Sorprendido por la noche, abandonó su puesto inmediatamente.
Guiado por las constelaciones, se encaminó rumbo a Tekax. Su calzado de cuero se enredaba constantemente en la hierba alta que en las noches descansaba. El perfume de una Xtabay impregnaba los alrededores, buscando algún incauto desprotegido para perderlo en la densidad de la selva; pero el favor de los dioses le ayudaba a no desorientarse. Corría entre la noche, apoyado únicamente de su sentido del oído y su limitado sentido de la vista, su ritmo cardiaco aumentaba. Pasar tanto tiempo en la selva podría traerle consecuencias severas. Un descuido de novato cometido en el trabajo, así como haber sucumbido ante las historias fantásticas de los dioses. Ambas faltas graves para un guardián de la selva. Guiado por el bullicio de los habitantes del poblado, dio por concluido la fatídica noche laboral.
Llegó a su casa, abrió la puerta de la entrada, y ante él, se encontraba el cenote. Se abría como una pupila inmensa, húmeda y expectante, el aire a su alrededor era denso, casi líquido, impregnado de un perfume agrio, producto del musgo podrido entre las piedras. Las raíces como cabellos, ahora lo enredaban por todo el cuerpo y lo hundían cada vez más hacia el centro del espejo cuya agua parecía cada vez más infinita. Vencido por una atracción inexplicable, el guardián Máximo Pech, descendió a lo más profundo de la garganta de piedra. El silencio era tan absurdo que cada gota que caía desde las raíces se volvía un tambor, y el chapoteo de las criaturas bioluminiscentes regresando al gran pozo, hacían eco dentro de las paredes de la tumba de agua y piedra del ya reclamado Máximo Pech, quien había vuelto a ser parte de la tierra misma a la que tanto le dedicó.
Entre las raíces y el agua, sobre su cama de niebla, descansa Máximo Pech, guardián de los cenotes, que ahora cuida de ellos desde el mundo onírico y cuenta historias antiguas de los que alguna vez fueron dueños de la tierra.
Francisco Sotomayor Pérez nació en Villahermosa, Tabasco, ciudad en la que sigue viviendo. Estudió ingeniería petrolera en la Universidad de Autónoma de Guadalajara campus Tabasco. Actualmente trabaja en el Instituto del Mexicano del Petróleo. Practica deporte regularmente (gimnasio, fútbol y participa en carreras en su ciudad de vez en cuando). En sus tiempos libres dibuja, lee, juega videojuegos y escribe historias cortas.