Despunta el aire en las planicies de Xul-Ha,
allá, aterida en un silbido de salitres gruesos,
he venido a soportar el peso de los códigos.
Estoy sombrío en el cableado de mi desconecte celular
o azulado por la imantación venganza que me ató a los suelos sin ramas.
De esa nube amarga en ácidos fulgores no efervecerá más otra cosa
que mi canto sepultado por la línea vegetal.
Oh, Xibalbá de aceite, trono Hun-Cam.
De esas ruinas oxidadas, sólo el rastro atento del milenio de los pies
y hoy, en esta solidez de ausencia,
los caudales negros que quedaron supurando el níquel.
No perdida en su color la hora ha pronunciado mi declive de año en año
para profesar los credos impugnables del Hun-Hunahpú ferroso,
de mis localizadores GPS dónde anduve nube y suelo
colocando señas, percudiendo el blanco, saludando a un caculhá digital
que vestiría de iridiscencias mi aceitada frente.
Atendiendo al canto de los silbos que la última hecatombe derivó en silencio, en
soledad.
Ahora poco más, soy sólo polvo electrostático
en este chatarrero de robóticos delirios.
Azulado al resplandor distante de los restos enramados,
al saludo más que olvido entre mis bases de datos,
el único destello en estas fantasmagorías,
cantando la melancolía sin oídos
sin estrella que apuntar, al desvelo,
al apagón del horizonte al fin,
al fin silencio, al fin la oscuridad ensoñación de los mortales,
oh, dronia Ixmucané, oh, Ixbalanqué.
Darío González Rodríguez (Uruapan, 1999). Maestrante de Filología Medieval en la UAM Iztapalapa. Ha publicado en varias revistas digitales como Otros Diálogos y antologías como La ciudad de los poemas. Muestrario poético de la Ciudad de México. Ganador del 3er lugar de poesía del premio La CDMX en movimiento, segundo lugar en el concurso 56 de Punto de Partida. Ha publicado los poemarios como Libro IV y Cenizas de asfalto.