Durante la Gran Feria del año 20, después de la Gran Recomposición Holística, se organizó un concurso en la capital mundial de Yucatán, para celebrar las buenas relaciones y la solidaridad entre los distintos pueblos. Así, además de que la Gran Feria contaba con stands colocados para cada colonia, también habría un escenario donde los representantes podrían mostrar inventos y adelantos científicos. El que mostrara el invento más novedoso podría tener acceso a la región de Nueva Campeche, la cual, en una convención celebrada por científicos de todos los pueblos, fue catalogada como patrimonio ecológico de la humanidad.
El primer pueblo en participar en el torneo fue Elemental, con un grupo de cinco estudiantes jóvenes quienes habían hecho crecer un árbol mineralizado. Se plantaban semillas del árbol previamente inyectadas con macromoléculas marcianas y se enterraba en una piedra compuesta por los llamados “antiminerales” traídos desde Marte. Estos antiminerales alimentaban a la semilla del árbol haciendo que la misma comenzara con un proceso de biofosilización. Así, el árbol resultante era una especie viva pero con una corteza mineral. Los frutos que daba no podían ser digeridos por los humanos pero sí por las bacterias extremófilas que, una vez se alimentaban de estos frutos, podían crear un pus que se podría usar como abono. El jurado que observaba la explicación de los estudiantes estaba muy admirado. Era en realidad un gran adelanto.
La segunda persona en participar en el concurso de la Gran Feria, fue una muchacha joven de Deimosis, uno de los primeros pueblos en reportar los beneficios de las ferias funcionales. La chica subió al escenario una mesa rodante sobre la cual había un objeto tapado por una sábana blanca. Observó al jurado unos segundos con una mirada misteriosa. Luego sonrió y destapó lo que había. Se trataba de la nueva especie descubierta, el monito rojo, uno de los animales más extraños de Yucatán. La chica explicó que muy pronto su población se vería mermada debido a que no había muchas hembras, por ello, no se podrían reproducir. Sin embargo, la chica apuntó hacia la espalda del mono rojo. Se podía ver cómo una especie de espinilla gigante le crecía en la espalda. El jurado de la Gran Feria estaba con los ojos muy abiertos, preguntándose qué sería aquello que el mono rojo tenía. Pues bien, la chica sacó de dudas a todos cuando le dio unas tres palmaditas suaves a aquella “espinilla”. Pronto, esta se salió del cuerpo del animal y rápidamente creció hasta un tamaño similar al del simio original. La muchacha explicó que había desarrollado un condimento hormonal para que los monitos se reprodujesen por gemación y no por reproducción sexual. Así, la población de este no sufriría en número. De nuevo, el jurado tuvo que pararse para aplaudir tamaño invento.
El tercer pueblo inscrito para participar fue Catharsis. Se trataba de un grupo de ancianos que observaban a uno y otro lado el escenario. Comentaban entre sí lo muy cuidada de su construcción. Incluso se dieron tiempo de hablar sobre la vestimenta del jurado. No parecían tener ningún invento en particular. Por ello el jurado tuvo que preguntarles cuál era el motivo de su visita. Los ancianos se sonrieron entre sí. Uno de ellos sacó de su bolsillo un frasco. Lo abrió y metió los dedos en su interior. Era un ungüento. Se lo esparció por el rostro. De inmediato, su cara rejuveneció. Ahora parecía un veinteañero. El jurado se levantó dando aplausos a más no poder. Los ancianos (o ex ancianos) explicaron que en los depósitos de aguas subterráneas de Yucatán habían encontrado unas plantas que rejuvenecían la piel de las personas por al menos tres días. Pero en cuanto a los órganos internos, tan solo por el mero contacto del ungüento con la piel, estos podían durar meses rejuvenecidos. Con el descubrimiento de estas plantas subterráneas, se estaba a un paso de alargar la vida.
Y subió el último grupo inscrito. Venían del pueblo de Asthartinia. Era un grupo de niños. Cada uno aferraba un juguete. Una vez más, el jurado se mostró un tanto confundido, pues no sabía qué era lo que los niños querían proponer. Los niños bajaron del escenario y se acercaron al jurado. Les ofrecieron sus juguetes.
—Con estos juguetes— dijo uno de los pequeños— los adultos volverán a sentirse como niños.
Los miembros del jurado se enternecieron ante aquello. No obstante, había llegado la hora de elegir a un ganador y por lo tanto tuvieron que poner rostros de seriedad. Pidieron a todos los participantes que subieran al escenario. Luego de un redoble de tambores, hecho por el presentador que golpeaba una pared con las manos, el jurado dio como triunfantes a los ex ancianos y su ungüento de la juventud. Sin embargo, sucedió algo. Los ex ancianos no aceptaron su premio.
—Hemos hablado entre todos los participantes y hemos llegado a la conclusión de que ninguno quiere el premio. Sabemos que sería increíble visitar Nueva Campeche, pero preferimos que siga como un lugar netamente de investigación. Queremos ser respetuosos con la flora y fauna que ahí habita. Por otro lado, hemos decidido, ya que estamos en medio de nuestra Gran Feria, intercambiar nuestros inventos.
Fue así como los ex ancianos le entregaron su invento a la muchacha de Deimosis, pues ahí había mucha gente anciana. A su vez, ella les entregó el equipamiento para la gemación en los monos rojos, pues en Catharsis había mucho mineral que molestaba a los cultivos. Así también, los niños entregaron sus juguetes a los estudiantes de Elemental que ansiaban volver a sentirse como niños; y los estudiantes les dieron su árbol a estos, pues en Asthartinia había muchas bacterias que podrían alimentarse de él para así luego tener abono.
Por ello esta Gran feria fue recordada como símbolo de solidaridad y entendimiento mutuo, ya que ahí no interesaban los premios sino, y muy acorde a la idea económica imperante, el causar un bienestar a los otros.
Rodrigo Torres Quezada (Santiago de Chile, 1984). Estudiante de Psicología en la UAHC. Licenciado en Historia de la Universidad De Chile y Técnico financiero del Instituto Guillermo Subercaseaux. Ha publicado los siguientes libros: Antecesor (editorial Librosdementira, 2014), El sello del Pudú (Aguja Literaria, 2016), Nueva Narrativa Nueva (Santiago-Ander, 2018), Filosofía Disney (Librosdementira, 2018), Equipo Huemul (Editorial de Universidad de Los Lagos, 2020), Los cerdos de la ira (Editorial Camino, 2021) y Más allá del Antropoceno (TeoríaÓmicron, 2022). También ha publicado la trilogía de cuentos Podredumbre con La Maceta Ediciones (2018).