Según los contadores del cielo, los tres hombres sabios llegaron en la fecha 8.14.1.15.17, 8 Kab’an, 10 Sip, Hoy Abac. Tenían orejas y narices adornadas con jadeíta, cuchillas verdes de obsidiana colgadas al cuello con un cinto; decían venir del lugar donde los dioses caminan rectos sobre la tierra apisonada, hablaban la lengua verdadera como si masticaran las palabras antes de escupirlas, aunque igual los entendían quienes, bajo el amparo de Ek Chuah, se adentraban en las tierras donde el sol se pone.
Pedían santuario en nombre del señor de las ventiscas, el trueno y el relámpago, pues hacía ya muchos k’in que venían andando desde muy lejos.
Los viejos se reunieron por la noche. Alguno mencionó que apenas si tenían para comer en la aldea; sin embargo, la guardiana de la Ceiba, una mujer enjuta de voz ronca replicó que, justo porque el señor Cháak traía en su mano una antorcha, no debían causarle enojo, sino complacerlo para encauzar el agua en este tiempo de secas. Así fue como los viejos accedieron, y los tres hombres sabios al fin se asentaron en esta tierra de Oxhuitzá.
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Nunca se acercaron a los altares, ni preguntaron por los nombres de nuestros dioses. Bajaban al valle entre los tres cerros, no lejos del muro donde los niños aprendían a sumar. Caminaban con pasos largos y lentos, como si también ellos contaran en voz baja. Cada tanto se agachaban a rascar la tierra, a apretarla entre los dedos; se quedaban quietos mucho rato en cuclillas. A nadie le interesaba lo que hacían. Sólo a uno. Un muchacho llamado Te K’ab Cháak. Su madre había nacido entre los que pintaban vasijas, y él aprendía a contar los números largos. La suya no era una de las casas grandes, aunque la mujer mantenía una reputación limpia entre alfareros, cazadores, curanderos y mercaderes.
Sólo que estos tres no eran como el resto de los hombres. No vendían ni compraban. Sólo observaban, como si la vida fuera buscar algo que no estaba ahí. El chamaco comenzó a seguirlos, primero desde lejos, luego más cerca, tanto que un día se vio obligado a pasarle a uno de ellos una rama que éste usó para marcar el sitio donde estaba agachado.
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Trazaban líneas con el dedo en la tierra, hundían conchas pequeñas en el barro negro que sacaban limpias. Cierto día, uno de ellos señaló un punto y pronunció una palabra breve que nadie conocía. Marcó el lugar con una estaca. A la mañana siguiente regresaron con sus herramientas. Escarbaron sin descanso, retirando capas delgadas del suelo y raíces blancas. El más viejo espolvoreaba puños de tierra entre sus dedos con una sonrisa; otro usaba un espejo de sangre para apuntar el reflejo del sol entre las marcas trazadas.
No eran sacerdotes ni hechiceros, y aun así parecían tener el don de la profecía. El joven Te K’ab Cháak siguió yendo con ellos. Comenzó a copiar sus gestos, a pensar agachado con la mirada fija en el suelo y el aroma tenue de las hierbas silvestres cubiertas de rocío.
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Cavaron un hoyo profundo, un brazo más alto que un hombre de pie, y con la misma distancia desde el centro hasta las orillas. El aire olía a arcilla de alfarero, a tierra antes de llover. Aquello era algo nunca visto en Oxhuitzá ni en las tierras vecinas.
Tendieron camas de madera seca en el fondo apisonado. Durante tres noches, los forasteros trabajaron dentro del foso. El muchacho los vio ayunar sin rezos durante el día y retomar su labor tras el ocaso.
Escribían números en las paredes, mirando a las constelaciones reflejadas en su espejo de hematita pulida, tendido en el suelo al centro de la circunferencia.
En la duermevela, Te K’ab Cháak creyó reconocer en ellos al señor blanco del Norte, Sec Xib Cháak, al señor negro del Oeste, Ek Xib Cháak y al señor amarillo del Sur, Kan Xib Cháak.
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La cuarta noche, descendieron por última vez al foso. Sus cuerpos desnudos estaban ungidos con resina y polvo de cal. El primero se tendió en una de las camas con un cuenco de barro cocido sin pintar, el segundo se esparció un puñado de conchas marinas sobre el pecho y el tercero hizo lo mismo con granos de maíz.
En el instante exacto en que menguó la vieja luna y antes de crecer la nueva, el primero abrió la vasija: de su interior salió un espíritu de fuego que, atado por algún embrujo, saltó al suelo en vez de alzarse en llamarada. E incapaz de hallar salida, comenzó a correr en círculos dentro del perímetro. Los números inscritos en las paredes ardieron, lo mismo que las ramas del suelo, los cuerpos llenos de brea, el cabello, la piel, los huesos y hasta los dientes. El incendio duró tres días enteros.
Lo más extraño fue que se extinguió desde las orillas hacia el centro, dejando al espíritu incandescente atrapado en el espejo, el cual fue fundido por el calor hasta volverse metal líquido. La tierra se lo tragó. Y justo en ese punto donde desapareció, brotó un manantial que se desparramó desde el foso. Por hechizo de las líneas trazadas en el suelo, el agua dulce comenzó a serpentear por los canales, ascendiendo entre las terrazas de Oxhuitzá desde el Xibalbá hasta las casas elevadas, donde el linaje de Te K’ab Cháak habitará veinte veces veinte Haab.
José Luis Ramírez (Puebla, 1974). Es Ingeniero Industrial en Electrónica y estudió una maestría en Ciencias de la Computación. Ha sido publicado en distintas antologías entre las que destacan: Mundos Posibles, Auroras y Horizontes, El crimen como una de las bellas artes Vol.III, Los Mejores Cuentos Mexicanos Ed.2003, Visiones Periféricas, El hombre en las Dos Puertas, Los Mapas del Caos y Silicio en la Memoria; así como en varias revistas y fanzines. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 1998, con el cuento “Hielo.”