Venían por El Zapata y estábamos listos para recibirlos con un cálido abrazo de panamericana hermandad. Porque no lo íbamos a permitir, El Zapata ha estado aquí desde el inicio y su sombra es uno de los fundamentos de nuestra autonomía. Bien nos dijo la comandanta Ixchel, antes de pelarse al mundo de los fríos, que nos cuidáramos de los expatriados, que no sería la primera vez que buscarían agandallarse un pedacito de lo nuestro, que desde antes de que México fuera México ya lo hacían y ahora que no era más, ni qué decir. Yo que siempre vi la historia como una sarta de cuentos y chismes, pregunté qué se iban a robar si nada teníamos en esta isla hecha a mano. Ixchel contestó, con total seriedad: “Vienen por nuestros genes”. No pude aguantarme las carcajadas de imaginarme a la milicia blancosupremacista montando un asalto a mar abierto para hacerse de nuestros prietos cromosomas. Pero supongo que pequé de especismo: no venían por los nuestros; no les interesaba el genoma humano. Y como bien nos lo advirtió ella, pronto tuvimos los lanchones contra la muralla y a todos se nos fue la risa.
Más sabía Ixchel por vieja que por comandanta. Después de todo, le tocó vivir la Cuarta Intervención, el desplome y desaparición de los Estados Unidos Mexicanos, todo mientras el mar se tragaba ciudades enteras y el calor mataba las cosechas. Yo nací mucho después, cuando el Northern Mexico llevaba ya años de ser el fifty-first state y la República Centromexicana recién surgía. Y de las muchas cosas que contaba la comandanta no creería una sola si no me las hubiera dicho ella, porque eran una antología de atropellos a la dignidad humana de una crueldad dificilísima de creer. Por eso siempre digo: qué chingón que nací aquí, en el caracol autónomo de Moscobó, después todo ese desmadre llamado México y bien lejos de los güeros.
Bueno, más o menos lejos. Unas horas en lancha y ya estás en Palenque Puerto y tampoco quedan lejos las otras islas y plataformas del archipiélago yucateco. No estamos del todo libres, pues, de la roña de las milicias de expatriados y su siempre renovado ímpetu por agandallarse lo ajeno. De ahí que nos llegaran esa vez, sin “agua va”, en sus lanchones high tech, armados hasta el tuétano. Literal: uno de ellos traía un implante aftermath enclavado en una prótesis de titanio que estalló horas luego de fallecer. Si te digo que esos blancosumpremacistas están supremamente locos… Por fortuna, no había nadie removiendo la composta, por lo que hasta en eso los burlamos.
Claro que no les gustó que les pusiéramos un hasta aquí. Por eso volvieron. Y por El Zapata, como supimos gracias a ese generoso y solidario colectivo de hackers cuyo nombre, desde luego, no te puedo revelar. ¿No que están rebién, que allá en sus pinches tierras no hay hambruna? ¿Entons por qué el saqueo genético del archipiélago? Pero no nos vamos a dejar, porque estas plantas son herencia de nuestros hermanos y hermanas en la lucha por la autonomía y la sustentabilidad. Y les sacamos ventaja a los expatriados pues no necesitamos robarle al de junto para abastecernos y hasta podemos regalar. Si nomás porque no piden… Ni lo harán: lo que quieren es chingar, volver a casa con la historia de cómo “pacificaron” el territorio vecino en nombre de su bandera, cómo lucharon para ganar. ¿Si no te digo que la historia es puro cuento? Por eso, aquí en el caracol de Moscobó no hacemos historia; hacemos realidad.
Por eso mismo, estamos armados. No somos tan idealistas como creen; tenemos siempre los pies, descalzos y bien firmes, sobre este suelo compostado por nuestros abuelos, resguardado del sol por El Zapata que por nosotros aguanta hasta los más fieros calores, y del mar por la antigua muralla de lo que fuera Campeche. Así pues, ya los estábamos esperando ese día, para la segunda vuelta. Por consenso popular, la Asamblea General juzgó estratégico quitar las turbinas de los generadores maremotrices, para protegerlas y también para dejarlos atracar en el muelle; la reserva de las baterías solares tendría que bastar mientras durara el asalto. El plan era irles cediendo terreno como no queriendo, para que creyeran que iban ganando, y una vez dentro de la muralla, les daríamos con todo. El Zapata y las milpas de maíz cactusito, calabaza nopalera y frijol acacia harían de cebo. Era arriesgado. Podíamos perder media cosecha y era más peligro para quienes íbamos a estar al frente de los tiros, pero todo eso se juzgó necesario para hacer de la defensa un ejemplo que desanimara a los güeros de organizar futuras incursiones.
Antes del amanecer, llegaron que los hubieras visto. Hasta lanzagranadas traían. Pero nosotros resistimos y la muralla, acaso lo único bueno que heredamos de la colonia, también. Fuimos cediendo tal como planeamos, hasta dejarles libre la escalinata del muelle, y de ahí los fuimos arrimando al centro de la isla a puro tiro certero. Ya estaban donde los queríamos cuando nos dimos cuenta de que una cuadrilla de güeros ya casi empinaba las motosierras contra El Zapata. Sacamos entonces los fierros pesados, les dimos con ganas y así los fuimos capturando uno tras otro sin que hicieran mella en su tronco. Los que se parapetaron en la casa comunal no tardaron en darse cuenta de la trampa. Tiraron las armas y se rindieron.
¿Que qué hicimos con ellos? Pues les dimos un cálido abrazo de panamericana hermandad, los devolvimos a sus lanchas y les dimos luz pa’ que llegaran a tiempo a tierra firme. Los invitamos a quedarse a comer, pero no quisieron. Sus muertos fueron tres y no los hicimos nosotros porque nuestros rifles de plasma siempre están puestos en aturdir… De veritas que se murieron de insolación y del esfuerzo; ya ves cómo andan de malnutridos esos pelados. Y esos sí nos los quedamos, para la composta; era lo menos, después del relajito que vinieron a armar en nuestra casa. No, nosotros no tomamos prisioneros; no somos como ellos. Y El Zapata, como puedes ver, está a todo dar, sigue cobijando nuestras milpas con la vasta sombra de su enramada. Eso es todo lo que se necesita para cultivar: plantas hiperresistentes al calor, las mismas que tras tantos años de cuidados y modificaciones, logramos cultivar.
Guillermo G. Mendoza (Orizaba, 1990) es escritor e investigador. Su obra creativa ha sido publicada en Bioluminescent: A Lunarpunk Anthology y Reckoning Magazine #8. Su cuento “One With the Ground” fue antologado en ECO24: The Year’s Best Speculative Ecofiction. Su cuento “El cosmonauta” recibió una mención honorífica en el Quinto Premio de Cuento de Ciencia Ficción del Festival Semillas 2024 de la UACM. Su obra crítica se ha publicado en sitios web, revistas y antologías nacionales e internacionales. Entre otras cosas, estudia el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.