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Ecovías de tren

Mijal Montelongo Huberman

Me encanta vivir rodeada de plantas. De repente, llegan turistas a nuestras comunidades y les impresiona ver cómo personas que vivían en ciudades ahora habitan en la selva. Yo todavía recuerdo la casa de mi familia en Mérida. También me acuerdo de que fue angustiante salir corriendo del único lugar que conocía y buscar refugio en lo que consideraba como salvaje e inhóspito: la selva de Calakmul.

Después de una temporada muy fuerte y catastrófica de tormentas tropicales y huracanes, la costa de la península de Yucatán se recorrió de diez hasta cuarenta y ocho kilómetros hacia el continente. Todas las ciudades que se encontraban en esas áreas se inundaron y algunas casi se sumergieron al igual que varias atracciones turísticas y zonas arqueológicas. 

Mi familia y yo pudimos salir a tiempo a pesar de que las advertencias para quienes habitaban en las ciudades que serían devastadas llegaron casi al último momento. Esto se debió a que el megaproyecto del Tren Maya iba en las primeras etapas de construcción y se estaban haciendo muchos esfuerzos por sacarlo adelante a pesar de los desastres naturales. Con las inundaciones, lo poco que se había hecho se cayó. El gobierno mexicano no tenía los recursos para volver a construirlo como lo tenían planeado. En lugar de eso, hicieron un tren sobre la infraestructura de los caminos y carreteras que no resultó dañada y la modificó para transportar personas y recursos a menor escala. El nuevo Tren Maya sustituyó a los medios de transporte locales. 

Poco después de las inundaciones, un invento para evitar la desforestación llegó a nuestro refugio. Consistía en unos microchips que se adherían a las plantas y les inducían su crecimiento cómo y cuándo se les indicara. Con ellos, hicimos casas hechas de enredaderas y árboles vivos. Nuestra residencia en la selva pasó de ser temporal a permanente. 

A pesar de que habíamos encontrado un lugar protegido gracias a la vegetación, nos llegaron noticias de que otras personas que se asentaron en sitios talados para construir una estación del Tren Maya anterior volvieron a sufrir pérdidas tras el último huracán. Entonces, cuando el gobierno llegó con “ayuda” a manera de talar los árboles que nos rodeaban y construir casas de concreto, las personas de la selva declinamos su oferta. 

Sin embargo, a lo que no pudimos decir que no, porque ya estaba en marcha, fue al nuevo Tren Maya. Al lado de donde dábamos otro inicio a nuestras vidas pasaba una antigua carretera que le agregaron vías. Nos informaron que el tren empezaría a pasar próximamente. Unas cuantas semanas después de vivir en la selva, ya estábamos tan habituadas a convivir con las plantas y a pensar en cómo nuestras acciones afectaban a los animales que decidimos utilizar los microchips y otras herramientas para evitar que el nuevo transporte provocara daños adicionales a la selva.

Yo soy una de las voluntarias para llevarlo a cabo. Mi tarea es proponer medidas para detener o desviar momentáneamente el paso de la fauna por las vías mientras pasa el transporte. De los primeros casos grandes que tuve fue el de una tropa de monos aulladores. Las cámaras trampa instaladas cerca de mi estación mostraron a los monos a medio kilómetro de distancia. Mandé señales a los microchips de un grupo de árboles a ambos lados de las vías para que crecieran por encima del espacio por donde pasaría el tren y para que ciertas ramas se elongaran y se conectaran, permitiendo a los monos usarlas como un puente. La medida resultó exitosa: se encontraban del otro lado de la selva cuando el tren pasó.

En el día a día es común que haya algún venado usando las vías como camino que puedo ahuyentar fácilmente con ladridos de perros grabados saliendo de unas bocinas, o que reptiles tomen el sol o forrajeen sobre el metal, a los cuales les basta con que genere una vibración ligera de las estructuras para quitarlos de ellas. Claro que todas las medidas para evitar que la fauna sea arrollada se ponen en acción únicamente si el paso de algún tren está programado para cuando un animal esté en o cerca de las vías.

Hoy me enfrento a otro caso complicado. El tren iba retrasado y pasaría por aquí cuando empiece a anochecer, que es el momento en el que una colonia de cientos de murciélagos de lomo desnudo sale de su cueva. Busco rápidamente información sobre sus hábitos y descubro que son insectívoros. Intentaré utilizar la misma medida que utilizo para los chotacabras sólo que a mayor escala: hacer que las plantas que albergan insectos lejos de las vías vibren para que sus habitantes salgan volando y atraigan a los murciélagos. Selecciono las especies de plantas adecuadas, ubico a los individuos con microchips y les mando la señal en cuanto veo en una de las cámaras que los murciélagos están empezando a salir. 

Desde una apertura entre las hojas de la enredadera que conforma mi estación de trabajo, puedo ver a lo lejos la nube que forma la colonia y que se acerca a las vías. Asumo que no funcionó la medida cuando escucho que el tren se aproxima. Pero poco a poco observo que la colonia cambia de dirección y que no hay ningún murciélago cerca mientras pasa el transporte. Me voy feliz a mi casa vegetal después de otro día en el que se evitaron cientos de muertes.

 

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas con enfoque en Ecología en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas con enfoque en Ecología en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.