Nunca sé decirle que no. Cada vez que le permito acercarse a mi vida, el caos entra con ella. En su ausencia, ensayo rechazos y reproches. En su presencia, caigo en sus ojos negros y sus dedos largos de piel suave barren de un manotazo mi equilibrio.
Me levanto embriagado por su aroma, que aún flota en el aire caliente de la habitación. El móvil zumba dentro de los pantalones, abandonados en el suelo. Mi jefe me apremia para acudir a la central. Me doy una ducha rápida y trato de secarme, pero mi piel enseguida transpira.
Una luz clara se derrama por el salón y cae sobre el estante donde reposan las tectitas. La que ayer me regaló Zazil tiene un brillo especial.
—Únete a nuestra lucha, Akbal —me dijo anoche, posando sus labios sedosos sobre mi cuello.
—Me llamo Lucas, que significa luz. Pero tú solo vienes por la noche, para traerme oscuridad —dije, recordando los sabotajes al Tren Maya. Combato mi impulso de echarla del apartamento enterrando mi cara en su fragante cabello, oscuro como el ala de un cuervo.
Paso un dedo sobre la superficie lisa de la tectita. Cuesta comprender que algo tan bello proceda de la violencia desatada sobre Chicxulub, que provocó la extinción masiva de la vida, roca fundida lanzada al aire y enfriándose con rapidez en forma de gotas de vidrio. La sopeso entre mis dedos. Tiene un peso poco habitual.
—El peso de la muerte —digo en el silencio matinal, contemplando su extraño brillo dorado.
Salgo a la calle y me sumerjo en el húmedo bochorno del amanecer, en dirección a la Secretaría de Seguridad Pública, donde trabajo.
Cuando abandono la sede del SSP en Caucel, recorro el periférico hasta la 261 y me dirijo hacia al norte, en dirección al Centro de Investigación Científica de Yucatán, el CICY.
Mi jefe me ha encargado investigar un extraño caso de intrusión en la Unidad de Energía Renovable. El director de la institución, el padre de Zazil, ha pedido que sea yo quien investigue el caso. Me pongo en guardia al oírlo. Sabe de mis escarceos en el Frente de Liberación Cenote cuando estudiaba la Licenciatura de Ciencias de la Tierra en la UNAM con su hija, antes de trasladarme a la Universidad del Valle para cursar Criminología. Me toca mucho los cojones. El eco-terrorismo no está bien visto en la SSP. El control de seguridad a la entrada del recinto del CICY está avisado de mi llegada y me indican que me dirija a la sede de la Litoteca Nacional de Hidrocarburos.
Contemplo por un momento las amplias cristaleras de la fachada del edificio antes de atravesar la puerta. El padre de Zazil me espera al otro lado. Trato de atisbar algún rasgo de la belleza de la hija en el rostro crispado de su progenitor, pero no soy capaz de atravesar la coraza del primer presidente maya de la institución científica más importante de Yucatán. Le sigo hasta una sala que alberga una impresionante colección de minerales pertenecientes a la expedición IODP 364 que se llevó a cabo en 2016 en el anillo de picos del cráter Chicxulub, frente a la costa de Puerto Progreso. Veo tectitas, cuarzo de impacto y cilindros de roca extraídos a gran profundidad mediante testigos de sondeo.
—Estás contemplando los restos de una extinción masiva, producida hace 65 millones de años. —Se detiene delante de las tectitas y las señala con la mano—. Las tectitas más prístinas halladas en Yucatán fueron las que ves delante de ti, encontradas a un kilómetro de profundidad. Entre ellas había una distinta a las demás y es la que ha desaparecido. ¿Has tenido noticias de Lucía en las últimas horas?
—Soy miembro de la Policía Estatal de Investigación y estoy aquí porque se ha denunciado una intrusión en una instalación energética de alta seguridad. No he venido aquí para hablar de su hija Zazil, que ha renunciado a su nombre yucateco para abrazar sus orígenes maya.
—La tectita que ha desaparecido contiene en su interior un fragmento diminuto de una sustancia ultradensa que algunos científicos especulan pueda ser materia extraña. Es posible que el asteroide que provocó una extinción pueda terminar provocando una segunda extinción.
Le miro con ojos desorbitados.
—No soy científico.
—La materia extraña es el estado de la materia más estable y se origina en condiciones de alta densidad, dentro de estrellas de neutrones. Si un strangelet hubiese quedado atrapado dentro del silicato de vidrio con una carga neta positiva, al enfriarse en su interior quedaría sellado, en estado latente.
—Me temo que no entiendo cuál es el problema.
—Si se viese sometida a un haz de electrones de alta energía, se neutralizaría la carga positiva protectora, permitiendo el contacto nuclear. Se desencadenaría una reacción que convertiría la materia ordinaria que la rodea en materia extraña. Empezaría de una forma lenta, en el interior de la tectita, pero una vez alcanzase el exterior, lo haría con una aceleración exponencial. Transformaría el planeta en materia extraña en cuestión de minutos.
Me estremezco al recordar el extraño brillo de la tectita esta mañana.
—Bueno, creo que los haces de electrones no pueden comprarse en Amazon, precisamente.
—En estas imágenes puedes ver a mi hija Lucía penetrando ayer por la tarde en el interior de un pequeño reactor experimental de fusión nuclear en condiciones de confinamiento inercial que hemos desarrollado en la Unidad de Energía Renovable.
—Creo que tienes que acompañarme a mi apartamento —musito con apenas un hilo de voz.
Nos acercamos al edificio con un visible temblor de piernas, temiendo ver un resplandor brillante recorriéndolo de arriba abajo. Suspiramos aliviados al entrar en el salón. Nada parecía fuera de lo normal. Las tectitas se muestran oliváceas e inanes.
—Saca este pedrusco de aquí —le digo con voz glacial, tendiéndole la
maldita piedra, oscura e inofensiva—. Y dile a Lucía que no quiero volver a verla
de nuevo —añado, antes de darle un sonoro portazo al caos.
Óscar Fernández Torre es español, nacido en Madrid y reside en Alicante. Su profesión es la de asesor fiscal y laboral de empresas. Su afición es la de escribir cuentos de ciencia ficción y terror.