Cuando mi mamá y mi mamá se conocieron, formadas para las tortillas, sintieron de inmediato que habían encontrado lo que no venían a buscar. Las dos o tres horas que pasaron esperando su turno bajo el sol a plomo fueron suficientes para saber que la próxima vez que se encontraran ya no se iban a separar. Sin proponérselo, ambas guardaron como una cosa querida la tarjeta del racionamiento con la casilla perforada en esa fecha en que platicaron por primera vez.
Al tiempo de haberse juntado, decidieron que querían tener una hija y que se iba a llamar
Guie’. Como yo.
—¿Y con quién la vamos a tener? —preguntó mi ma.
—¿Con Gabino? —dijo mamá después de pensarlo un rato.
Mi ma contaba que miró a mamá con susto.
—¡¿Mi primo?!
Mamá se encogió de hombros y ma, por un momento, hasta se lo pensó; pero al final
sacudió la cabeza y dijo:
—No, es un borracho.
Y cómo no iba a beber, el pobre tío Gabino ¿si la mitad de las crías del pueblo eran suyas?
El hombre estaba que no se daba abasto. Si ahora, decrépito como está, todavía hay alguna desesperada que al amparo de las sombras de alguna esquina donde ande tirado se levanta la falda y en cinco minutos ya lo ordeñó.
—Bueno. ¿Y el Eriberto?
—Ese ya no vuelve.
—¡Que sí, que se lo prometió a su mujer!
—No vuelve, no. ¿Qué fue lo que dijo cuando se fue? Que iba a regresar todos los años
para la fiesta del pueblo. Vino a los dos años y luego ¿cuándo ha venido? Ya hasta ha de tener otras familias allá.
—No seas…él sigue mandándole dinero ¿no es cierto?
—No, yo no sé; yo sólo sé que ya no volvió.
—Tal vez regresa cuando las cosas mejoren.
—¿Y cuándo van a mejorar? ¿Cuánto vamos a esperar? ¿Dos años, tres años, diez años…cuánto?
Mamá se quedó en silencio. Se quedó pensando (decía) en su amiga, sentada a la puerta de su casa, vestida de fiesta para San Miguel, esperando a ver llegar al marido que sube por la cuesta de la calle larga hasta que le gana el frío; entonces entra y se pone un rebozo, se acomoda el peinado, cada año con más hebras blancas. Se pone un poco más del rubor que se le había apagado y vuelve a su sitio, dejándose caer sobre la silla.
—¡Vámonos, Marta, para la fiesta! —le gritan al paso las amigas.
—Es que el Eriberto dijo que venía —contesta ella arrebujándose el rebozo contra el seno— ¿Qué tal si llega con hambre y yo no estoy?
Pero yo les puedo decir que don Eriberto regresó, sí, pero para morirse. Doña Marta lo cuidó en sus últimos días, más con rencor que con devoción, nomás por el puro gusto de verlo morir.
Todos los demás eran niños. Los mayores, muchachitos a los que apenas les despuntaba la adolescencia, que no tenían ningún pudor en preñar a niñas como ellos, pero que todavía se les hacía chiquita delante de una mujer. Todavía en aquel entonces, antes de que los varones dejaran de nacer, no los forzaban y hasta les dejaban elegir con quién. Antes de irse, dejaban por ahí regados dos o tres chamacos y un montón de promesas que nadie esperaba que fueran a cumplir.
Sus parientas y hermanos trataban de hacer lo menos dolorosa posible la despedida. Ellos mismos se esforzaban por hacer menos tristes las sonrisas levantando castillos en el aire con todas esas remesas que decían que iban a mandar.
Claro que habías otras opciones: allá en la ciudad los bancos de semen estaban a reventar de frasquitos llenos del jugoso material. Pero eso era para ricas. ¿Cómo iban mis madres, siendo de pueblo a pagar los tratamientos de fertilidad? ¿la inseminación? Y si pudieran, ¿luego qué? ¿Se iban a regresar de allá después de cada tratamiento en la vieja troca verde del transporte, casi doce horas desde la nueva capital, con el traqueteo abortivo del camino de terracería que los gobiernos nunca fueron quién para asfaltar? No. Aun si pudieran pagarlo, hubieran tenido que irse a vivir para allá, por lo menos hasta ¿qué? ¿el tercer mes? y eso si se daba a la primera y no tenían que volverlo a intentar. Y eso no. Porque si en el pueblo se vivía mal, en las ciudades tantito peor.
—¡Pues entonces la voy a tener contigo, Ana!
Esta vez fue mi mamá la que puso cara de susto. Se lo pensó un rato porque ella es así, le
gusta paladear los pensamientos y luego simplemente contestó:
—Pues sí, mejor.
—Pero nos tiene que salir niña, para que no se vaya nunca —sentenció mi ma.
Y claro que salió una niña, pero no por su voluntad. Y aunque mis madres no le contaron nunca a nadie cómo fue que yo nací, con el tiempo esa se volvió la regla y dejó de ser la excepción.
Solo que sí me fui. Me fui y regresé, porque al menos yo sí tenía a dónde huir, a dónde volver, cuando la sequía hizo inhabitable la nueva capital.
Me gusta mi pueblo. Cuando vengo a visitar a mis mamás, parada en la lomita del panteón, de entre la neblina de la distancia, allá donde antes eran milpas, alcanzo a distinguir el mar.
Abril Alcaraz (México, 1982) Ha cursado la carrera de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y el Diplomado en Historia del Arte de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha publicado artículos, cuento y poesía en las revistas Libido, aliter.tv, Rigor Mortis y Pretextos Literarios (México), y en las revistas y sitios digitales Máquina Combinatoria (Colombia), Perro Negro de la Calle (Lagos de Moreno), Óclesis (Puebla), Poesía en órbita, Fanzine Ultramar (Ciudad de México), Mimeógrafo (Tuxtla Guriérrez), Penumbria, Espejo Humeante, Dogevena, Irradiación, Marabunta (México) y Phantasma (Chile).