Vengo a contarles señoras, clones, transhumanas y catrines, de la agónica gesta que llevó a Juanito Amperio a convertirse en el santo patrono de los relojes miméticos y los calendarios muertos.
Desde escuincle, él fue un gran tragón de libros que soñaba con viajar a lares otros, y aunque tuvo que empeñar cien gallinas, su ñor padre le pagó la escuela, y fue licenciado, maestro, doctor y lo que sigue. De tan chingón que era, le llovió chamba tras chamba, pero
él no se movía de aquí merito, pues andaba inventando una cosa, ¡qué cosa!, que según su palabra, cambiaría la piedra del sol.
De San Isidro el científico era, allá por la frontera con U.S.A, que, después de la tercera guerra, mandó a sus tropas acá en la serranía: buscaba infiltrarse en los cárteles, que pa’ esos tiempos, eran los lores de media Neoxtitlán. Y otra cosa deseaba el moribundo Tío Sam: investigar la “tona”, droga reciente de ignota hechura. El chisme había llegado, por culpa de alguna rata que a un agente de la DEA le sopló:
“El Cártel Menchúa, ha creado la tona…un líquido color jacaranda, con destellosplateados en el fondo. Viene en tubo de cristal que apenas cabe en la mano y se inyecta igualito a la china girl. Raptaron a un doctor en átomos, diestro en mezclar sustancias pirujas; le armaron un laboratorio bajo tierra y la estuvieron probando en halconcillos desafortunados. Vi cómo los chamacos se esfumaban, como humo de comal su piel se diluía hasta ser nada. Luego de un rato, aparecían unas cuerdas de sangre en el aire y se iban armando los mozalbetes. Lloriqueando, a los pies de los guarros, rogaban por volver a ese lugar, clamando por otro jale. No me atreví a preguntar a dónde fueron; sólo se notaba que venderían a su madrecita por consumir más. Es un arma perfecta, oí que dijo mi apá, quedándose con una cubeta del raro jugo, y una chingadera con pantalla que se necesita pa’ saber a dónde ir”.
Era una noche espesa, cuando Juan escuchó a los gringos. Sus carceleros tuvieron que apechugar y salir al tiroteo. El doc aprovechó así, pa’ agarrar varias dosis de la Tonatiuh, que así le hubo llamado. Se colocó un dispositivo, del tamaño de una lata de cheva, en el antebrazo y tecleó unos números, apresurado, mientras afuera danzaba la Santa Muerte.
Mas en la premura se le olvidó el espectrómetro cuántico —que sí sé de palabrejas—, ¡ajúa!, y que la deja en su pútrida celda, a merced de los menchúas.
Tomó una jeringa, se inoculó la sustancia; le supo a metal en la lengua. El aparato sincronizó la frecuencia de esa vibración temporal, y en las neuronas de Amperio, la superposición de partículas empezó. Pero, maldito el destino, cuando la distorsión
fragmentaba su cuerpo, un grupo de narcos, seguidos del “General Tezca”, entró en el laboratorio y descubrió la traición.
Las balas no llegaron a su destino, excepto una, que alcanzó la pierna de Juan. Mas no era proyectil de sicarios, sino de un fusil Remington disparado en Celaya. Su tatarabuelo era un hombre de Carranza, y al desconocerlo Juan, parecía más fácil el matarlo: sanseacabó la existencia. Juan apareció junto a un villista que fue embestido por un negro bridón. La herida le ardió en el muslo y, antes de ser aplastado por la caballería, se echó a una zanja cercana, donde bajo un sombrero ensangrentado lloraba un campesino, aferrado a su canana.
Entre cañonazos y jadeos, escuchó cuernos de chivo: diez comandos acompañaban a su apá. “Puta madre, el rastreador”, gruñó Juan, bajo los mugrientos cascos de los rocines. El General era un cabrón, pero de esos muy sesudos, y sabía que si a Juan dejaba vivo, la droga peligraba. El científico puso fecha, sin pensar en consecuencias; enterró la aguja, oyendo al Tezca vociferando su apellido. Dejó correr la tona hasta que sus huesos aparecieron frente a la pirámide del sol, aunque de titanio era, iluminada por enormes reflectores, y en su falda un escuadrón de guerreros águila preparó sus macuahuitles de grafeno, cuyos filos de plasma iluminaban las hápticas plumas del tocado. Los soldados vieron al doctor aparecer desde el vacío, con las manos extendidas. Un mexica blandió su arma, que se extendía como una serpiente sin fin, pero no alcanzó a Juan sino a un sicario, que se materializó justo cuando el otro ya se iba. Al toque de un holográfico caracol, los hombres del General sufrieron la masacre. El apá fue el último en morir. Mil cuatrocientos años atrás, el cártel fue exterminado.
En la ribera del tiempo, Juan temblaba. Era la sobredosis que venía. Su cuerpo fue abriéndose entre espirales y memorias: vio Tenochtitlán celebrando el sacrifico de Cortés, la Decena Victoriosa, esvásticas ondeando en Palacio Nacional y gigantes construyendo el Templo de la cruz.
Cuentan que retrocedió hasta convertirse en el mismo Quetzalcóatl. Otros aseguran que regresó para matar a su tatarabuelo y nunca hubo Juan ni tona. Lo cierto es que lo vieron en todas las historias: asesinó a Villa, se proclamó emperador, fue amante de Nahui Olin sin dejarla caer en la locura.
Ya con esto me despido, apreciados terrenales: sepan que la riqueza radica en lo finito de la vida y que como Juan nos enseñó: la salvación está en la huida.
Ángel Fuentes Balam Mérida, Yucatán (1988). Director de Teatro, escritor, actor. Ha sido Profesor y Director de la Compañía-Escuela de Teatro del Centro Cultural El Claustro, Campeche. Diplomado en Creación Literaria por el INBAL. Director y productor de “Perros que parecen laberinto Teatro”. Es autor de las obras literarias: “Melodía tu engranaje quieto”, “Cruoris o la rabia que fuimos”, “Devoré el cráneo de Eros”; la novela “X’mahaná o el beso del candil diurno”, y el poemario: “Ya nadie cuida las antorchas”. Ha publicado en diversas antologías de terror y ciencia ficción a nivel nacional e internacional.