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La semilla contra el fin del mundo

Mariana Carbajal Rosas

1

Muy cerca de Svalbard

Su única opción era asesinar al soldado. No respondió a las razones y su mirada reflejaba la desesperación del que nada tiene que perder.

—Entrégame la carga, si cumplo me van a curar. No les gustó que te les escaparas y lo más seguro es que ya agarraron a los otros pendejos.

—¡Es nuestra oportunidad de sobrevivir como raza humana! ¿Vas a vendernos por unos minutos más en la Tierra? Ya estás muerto, la radiación ya te mató, mírate. No te curarán, te mandaron a mancharte las manos. Sólo quieren beneficiarse de nuestra  investigación ilegalmente y callarme. Todos se van a enterar de esto si sobrevivo.

—¡Dámelas! —le dijo en posición de ataque.

Maldita sea, pensó Casiopea y empuñó su cuchillo. No quiero matarlo, pero él sí va a matarme.

—Arghhh —berreó el hombre lanzándose hacia ella.

—Perdóname —lo esquivó por poco, recibió un codazo en la cara, pero clavó el arma en el costado varias veces. Si perforaba los pulmones, se ahogaría en segundos. Creyó.

El hombre cayó de lado entre borbotones de sangre. Casiopea se quedó a su lado, esperando que expirara; por un momento le horrorizó la idea de tener que acuchillarlo de nuevo. El estertor terminó. Ella se quedó escuchando el viento helado por unos momentos para tragarse el nudo en la garganta.

¿Habría tenido tiempo de informar su localización? Le cerró los ojos. La científica llevaba

una carga preciosa y, aunque esa muerte ya pesaba en su corazón, revisó el cuerpo, destruyó lo que pensó podría permitirles llegar al cadáver, lo ocultó en la nieve y se lanzó a correr. No tenía tiempo para lágrimas.

2

En los laboratorios mexicanos de Alianza Sapiens 

—No van a dejarnos publicar los resultados, no quieren que se sepa que existen este tipo de semillas y vendrán a colectarlas todas. Tenemos que salvarlas.

El equipo de biotecnólogos, con Casiopea a la cabeza, había trabajado durante 8 años y por fin habían sintetizado semillas resistentes a la radicación que había contaminado grandes extensiones de suelo por la gestión inadecuada de residuos nucleares. Los compañeros se quedaron mirándola con el bocado a medio camino, sin comprender la epopeya que estaban por protagonizar.

—Pero ¿qué dices? —dijo uno— ¿De qué hablas? Es la aportación del siglo —dijo otro— ¿Por qué? No pueden anular este logro— terminó el tercero.

—Nuestro supervisor de la Alianza me llamó y extraoficialmente me dijo que estos cabrones financiaron el proyecto subterráneamente. Van a apropiarse de nuestra investigación. Vendrán en nombre de la Alianza a “verificar” el avance del proceso y tomarlas, piensa que era su plan desde el inicio. Quién sabe qué harán con las semillas.

—Venderlas, ¿cómo van a ofrecer esta salida a la humanidad por nada? Somos unos ingenuos, no puedo creer que no lo vislumbramos. ¿Qué hacemos?

—Salvémoslas, adelantemos el protocolo, cada uno de nosotros puede llevarlas en transportadoras a las bóvedas de Svalbard y la Patagonia, a los Centros de agricultura de Costa Rica, Perú, del Amazonas, de la Pampa. Deben dar frutos para que las personas sigan cultivándolas.

El equipo se puso de acuerdo y se lanzó a los cubículos, hicieron copias de la investigación y fueron hacia los refrigeradores, cada uno tomó lo que pensaron era indispensable y dejaron algunas semillas de cada cosa.

—Alguien debe quedarse para entregar todo y simular. Los demás nos iremos de “vacaciones”.

El día de su huida, un oscuro grupo con credenciales de la propia Alianza llegó al departamento de biotecnología y sólo una joven los recibió. Les dijo que ella había perdido una apuesta y le tocaba hacer guardia mientras todos iban a la fiesta de uno de sus profesores, pero que todo estaba abierto para ellos.

La interrogaron un poco más, pero “todo” estaba ahí, decían los registros recientemente editados. La joven miró cómo desmantelaban el lugar y con un pañuelo se limpiaba el rostro de vez en cuando. Escribió un mensaje en el grupo: “Espero que la fiesta sea de lo mejor. Todo está bien, ya entregué todos los registros. :D”.

3

Té en Svalbard

Casiopea llegó a la isla de Svalbard. Había dejado al soldado en su tumba de nieve en Oslo.

Temía que la estuvieran esperando. No podía comunicarse con los demás y no sabía qué había pasado con la misión de los otros. Llegó entre penumbras a las coordenadas que le dio su amigo, el director de Svalbard. Un equipo de seguridad noruego protegió su llegada.

El hombre casi se infarta al verla manchada de sangre y en mala condición, pero al calmarse abrió su termo y le dio té. El temor de hacer algo contra los deseos de un conglomerado le emocionó.

—Vamos ahorita —dijo el hombre.

—No, sólo ve tú y escóndelas. Genera un archivo secreto, lo que sea, pero guárdalas tú. Yo no puedo ir, me van a encontrar, tengo que saber si mis colegas lo lograron—Le dejó la transportadora con todas las especies de semillas, lo abrazó y se fue.

—Pero ¿a dónde irás? Ve con uno de mi equipo— le hizo una señal a un miembro de la seguridad.

—Prométeme que lo harás. Confío en ti.

—Iremos ahora, no las van a encontrar. Las voy a esconder, las guardaré como subespecies de Arabidopsis thaliana por ahora. A quién le doy esta información.

—Ahora no lo sé, deja una pista, en caso de que…nos agarren.

Se abrazaron y ella se perdió con el soldado en las sombras del paisaje helado.

Mariana Carbajal Rosas   es gestora cultural y profesora en cine, literatura y comunicación. Como fundadora del Círculo de Ciencia Ficción Sizigias, ha organizado coloquios que reúnen a artistas y académicos con el objetivo de promover la lectura, investigación y escritura dentro del género de la ciencia ficción. Ha publicado en diversos medios y revistas, como El Ojo que Piensa y Correcámara y también tiene una antología de cuentos publicada, titulada La Mujer Violeta. Reside en Puebla, donde es docente de literatura y celebra los encuentros del Círculo de Ciencia Ficción Sizigias.