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Señales

Raúl S. Martínez

Córdoba, Veracruz, 03 de noviembre de 2006 

—¿Por qué a Esperanza le da risa Friends pero a ti no? ¿Qué no pertenecen a la misma familia? —preguntó Enrique. Estaba acostado bocarriba con las manos entrelazadas detrás de la nuca.

Yo terminaba de rasurarme frente al espejo recién empañado en preparación para mi cita con Jimena. Después de casi tres meses había aceptado salir conmigo por segunda ocasión.

Me dejaría acompañarla a la fiesta de Halloween de Alejandra, una de sus amigas del ballet, e incluso iríamos disfrazados de Nacho libre y la hermana Encarnación, respectivamente. Estaba a punto de vivir la mejor noche del año y la aprovecharía para pedirle que fuera mi novia. Pensaba en las posibilidades de la velada y no presté  atención a la pregunta. Le pedí a Enrique que la repitiera.

Le llamamos Enrique por petición suya y porque según él su verdadero nombre es impronunciable para las cuerdas vocales humanas. Nos confesó que había escogido ese nombre en honor a Bunbury.

—¿Y tú cómo conoces a Héroes del Silencio? —le pregunté con más interés que el que había demostrado cuando me explicó cómo hacía su civilización para viajar a velocidades súper lumínicas.

—Llevamos décadas estudiando a la humanidad. —Fue su única respuesta.

Lo encontramos papá y yo hace un mes, cuando volvíamos del Distrito Federal. Salimos de un concierto en el Palacio de los Deportes y mi padre decidió que las once de la noche era una hora excelente para tomar la carretera de vuelta a casa.

Las cumbres de Maltrata estaban completamente cubiertas de niebla. Aún así, mi padre alcanzó a divisar una silueta de pie en el acotamiento y decidió detenerse para ver si necesitaba ayuda.

Se presentó con una calma inusual para la situación (creíamos que había tenido un accidente) y abordó nuestra camioneta. Cuando finalmente cruzamos el puente de Metlac ya sabíamos lo necesario sobre su civilización y su misión en la Tierra. Le creímos cabalmente.

—No importa que seamos familia, tenemos gustos diferentes, wey —respondí.—  A ella le dan risa ese tipo de programas y a mí otros, ¿te acuerdas de Arrested Development?

—¡Lucille! —gritó levantando el puño y sonriendo.

Nos explicó que su misión en nuestro planeta, como parte de una gran investigación comenzada por su pueblo, era entender el funcion miento de nuestro sentido del humor, algo de lo que su cultura carece.

Si alguno de sus superiores me preguntara, diría que Enrique está haciendo una pésima labor. Considero que lo anterior no es enteramente su culpa. El esfuerzo es evidente y quizá la esencia misma de Enrique y su gente les impide interiorizar la esencia de un chiste. 

Quizá los culpables somos nosotros. A todos nos dan risa cosas diferentes. Mi papá pasó los primeros días mostrándole viejos cassettes de Polo Polo y los Tepichines. Yo lo llevé al cine a ver Borat y le enseñé Arrested Development. Con Esperanza, mi hermana, no deja de ver Friends. Finalmente mi madre considera que Thelma & Louise es igualmente divertida y triste.

Me preocupa que la confusión provocada por una familia veracruzana pueda tener repercusiones cósmicas. ¿Qué tal que nuestro lugar en la federación galáctica o lo que sea nos es negado porque entre cuatro personas fuimos incapaces de definir qué es gracioso y qué no? Me preocupa y también me parece hilarante, pero no se lo he dicho a Enrique.

Dudo que lo entienda.

—¿Cómo luzco? —pregunté saliendo del baño agitando la capa roja.

—Como Nacho libre pero mucho más delgado —respondió sin imaginación.

—Hoy es la noche, Enrique. Me va a decir que sí, te lo juro.

Enrique se incorporó de la cama, interesado.

—¿Por qué estás tan seguro? 

—La mejor manera de conquistar a una mujer es haciéndola reír. Vamos a ser la pareja más cagada de la fiesta. Dos chelas, bailar un ratito, quedar bien con sus amigas. Luego, en un momento que estemos solos, le llego. Ya está todo planeado.

Enrique me miró curvando hacia abajo la boca. No era una expresión natural, se la había enseñado y le expliqué que servía para demostrar incredulidad.

—Somos amigos, ¿verdad Luis? —me preguntó, serio.

—Por supuesto, ¿qué pasó?

—Jimena no tiene ningún interés erótico en ti.

A pesar del lenguaje tan estéril, no pude evitar sentirme ofendido.

—¿Cómo puedes estar seguro de eso? Tú no entiendes cuando algo es gracioso o no, mucho menos cuando alguien quiere con otra persona… —A pesar de la ofensa aún me interesaba lo que un extraterrestre podía saber sobre mi inexistente vida amorosa— Pero, ¿por qué lo dices? 

—Siempre que están juntos, su segregación de oxitocina es prácticamente nula.

—Tú qué vas a saber, wey. 

Intercambiar ideas con Enrique solía ser una experiencia muy educativa, pero ya teníamos que irnos y tenía el ego herido. ¿Cómo un ente proveniente de otro sistema solar podía saber si una chava estaba o no enamorada de mí? Además, ¿qué le importaba?

—¿Seguro no te va a disfrazar? 

—Ya estoy disfrazado.

—’Ta bien.

La amiga de Jimena vivía en El Campestre y no tuvimos problemas para estacionarnos.

Aún me duele un poquito admitir que las observaciones de Enrique eran completamente acertadas. Jimena se alegró más de verlo a él que a mí y se fueron juntos a algún after en San Román. Mientras se alejaban hacia el coche de Jimena, dejándome ahí, Enrique la tomaba por la cintura y lo ví sonreír sinceramente por primera vez. No me dio risa.

Raúl S. Martínez  (1989) es un escritor veracruzano de ficción especulativa. Ha publicado en diversas revistas especializadas como Anapoyesis Revista, Teoría Ómicron y Espejo Humeante. Le da miedo volar.