Jay Gonzales se encontraba en su habitación de laboratorio, rodeado de pantallas, terminales y equipos desconocidos. A pesar de ser el único que creía en la verdad del portal, su trabajo estaba a punto de llegar a un punto de no retorno. El descubrimiento de aquella fisura temporal, una grieta en el mismo tejido del tiempo y el espacio, lo había puesto frente a algo que jamás habría imaginado: la posibilidad de comunicarse con seres del futuro.
Era el año 2078, y la Tierra, destruida por décadas de conflictos nucleares, ya no existía como la conocían las generaciones pasadas. Las decisiones fatales tomadas por los gobiernos y las potencias mundiales habían convertido al planeta en una tierra desolada, sin vida. La supervivencia de esa especie pendía de un hilo, pero Jay aún tenía esperanza: a través del portal, podría pedir ayuda, encontrar respuestas y quizás incluso revertir lo inevitable. ¿Quién respondería? Jay se acercó al terminal. La energía que alimentaba el portal se había extraído de una fuente alienígena que había encontrado en Marte durante sus expediciones. No era una tecnología humana, sino algo que podía abrir brechas entre dimensiones, entre el pasado, el presente y el futuro. Cada intento de comunicación había causado solo pequeñas anomalías en el tiempo, fallos que lo habían inquietado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Pero esta vez…algo era diferente. De repente, una luz azul intensa explotó desde el centro del portal. Jay se sintió helado, paralizado. Una sombra
emergió de la fisura, no humana y familiar al mismo tiempo. Sus manos temblaban, pero logró mantener el control. La figura que emergió frente a él era alta, delgada y gris, con ojos negros, profundos como el abismo. Un extraterrestre. Pero no cualquier extraterrestre.
—¿Eres Jay Gonzales, el investigador de la Tierra de 2004, cierto? —dijo la figura en un tono distante, con cierta autoridad. La voz era metálica pero perfecta. Casi demasiado perfecta.
Jay intentó reaccionar, su mente era un torbellino.
—¿Quién…quién eres? —logró preguntar.
—Mi nombre es Noiker. Vengo de Marte. Soy una de las últimas formas de vida humana…o al menos, lo que queda de ella.
Jay apenas podía comprender.
—¿Cómo es posible? La Tierra está destruida. ¿Cómo puedes ser humano? Y Marte… Marte está desierto. ¿Cómo…?
—No es lo que crees. —interrumpió Noiker, dando un paso adelante. —Tu historia…la que conoces…está incompleta. La Tierra no fue destruida solo por conflictos nucleares, Jay. Había algo más profundo, una amenaza que abatió todo el sistema solar. Tu gente no estaba preparada.
Jay sentía un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Una amenaza? ¿Quién la causó?
Noiker dio otro paso y su figura se volvió aún más borrosa, como si estuviera trascendiendo el mismo tiempo.
—La amenaza éramos nosotros…más precisamente, en lo que nos hemos convertido. La raza humana, tal como la conoces, se destruyó a sí misma y, con ella, la Tierra. Pero nuestro futuro no se perdió. Evolucionamos nuestra forma, adaptándonos al ambiente de Marte. Y para salvarlos, para darles una oportunidad, tomamos una decisión.
Jay lo miraba, incrédulo.
—¿Por qué…por qué no hicieron nada antes? ¿Por qué no nos ayudaron antes de que la Tierra fuera destruida?
Noiker lo miró con unos ojos penetrantes, como si estuviera escaneando el alma de Jay. —Intentamos intervenir, pero cada acción nuestra en el pasado solo causaba desastres. Tu raza estaba demasiado distante, demasiado ciega. Ustedes, en su presente, no estaban listos. La tecnología y la comprensión de la ciencia no eran suficientes. La única solución era interrumpir el ciclo destructivo.
Jay sentía una presión en el pecho.
—¿Y qué debo hacer ahora?
—Tú, Jay Gonzales, eres uno de los pocos que aún cree en un futuro mejor. El portal es nuestra última oportunidad de contacto. Te guiaré al pasado, donde podrás actuar como intermediario. Tendrás el poder de detener a la humanidad antes de que cometa el error fatal. Pero deberás actuar en silencio. La historia debe permanecer intacta, si no quieres que la realidad misma se fracture.
Jay se sentía abrumado, incapaz de tomar una decisión.
—¿Y si no lo logro?
—Nosotros siempre estaremos aquí, protegiendo lo que queda. Pero la Tierra nunca será la misma. Si fracasas, el futuro quedará marcado para siempre.
El portal se cerró lentamente y la sombra de Noiker desapareció. Jay quedó solo, con el corazón acelerado. El destino de toda la humanidad ahora estaba en sus manos. Pero una pregunta persistió:¿cómo podría detener lo inevitable? La respuesta, quizás, nunca la encontraría.
Antonio Di Bianco es italiano, psicólogo y escritor. Desde 2011, ha explorado la escritura creativa, publicando poesía y relatos que abordan temas profundos y universales. Con una sólida formación en Psicología Clínica y Recursos Humanos, Antonio combina su conocimiento del alma humana con su pasión por el arte. Ha participado en 14 aventuras Erasmus+, aprendiendo cuatro idiomas, lo que enriquece su perspectiva.