Cuando le pregunté a Fabián por un contrabandista se quedó perplejo. Estábamos en casa y mientras sus manos sostenían el bocadillo de proteína sintética que habíamos preparado para nuestro desayuno del sábado, me respondió:
—¿Cómo que quieres el contacto de un contrabandista mamá? —me miró con esos ojos redondos que heredó, seguramente, de su madre biológica. Respiró profundo y me cambió el tema—. Bueno, ¿qué te dijo el oncólogo?
—Me dijo que hay mejoras en los resultados con el nuevo tratamiento. El doctor piensa que de seguir así, quizás mi cuerpo se sobrepondrá. Incluso me autorizó dejar el tratamiento alimenticio para el cáncer y comenzar a comer las mismas cosas que siempre: sustitutos de carne, las frutas que pueda encontrar en el mercado y las hortalizas que cultivamos en la azotea.
El rostro de Fabián cambió y se olvidó del tema del contrabandista.
—¿Quieres que consiga ingredientes para preparar una lasaña alguno de estos días?
—Está bien. Pero si es muy caro no te preocupes, ya veremos luego qué podemos hacer para celebrar.
Le mentí a mi hijo, pero era cierto que necesitábamos un motivo para celebrar pronto. La enfermedad nos tenía muy desgastados. Además, conseguir alimentos ya no era lo mismo. La época en la que se podía comer carne y tomar cerveza todo el fin de semana se había quedado atrás. Con el estrés hídrico que sufría el país, las bebidas alcohólicas estaban prohibidas y la carne era tan cara que se comía, con suerte, tres veces al año. Yo sabía que a él le hacía ilusión tener una cena que no estuviera llena de sustitutos. A mí me daba igual el origen animal o vegetal de nuestra lasaña, pero quería tener ese momento con él.
Al terminar la comida despedí a mi hijo y me fui a la casa de la Toña. Primero le pregunté si tenía higos a la venta.
—No mana. La temporada se atrasó por los racionamientos de agua y las únicas tres canastas que me prometieron mis proveedores ya las tengo comprometidas para una pareja que se casa el mes que viene. —Me dijo, mientras espantaba las moscas de los montoncitos de frutos secos que tenía frente a ella.
—Bueno, pero entonces ¿no me ofreces alguna otra cosa?
—¿Pues qué se te antoja?
Le conté que lo que quería no era ninguna necesidad, sólo algo para olvidarme un rato de los dolores de la enfermedad y del diagnóstico médico más reciente.
—Seguro que tú conoces a alguien que sepa, Toña. —Luego de escuchar mis palabras mustias respondió con una sonrisa.
—Quién te viera, pero sí te entiendo. Y yo creo que en tu situación también buscaría algo así. Te voy a pasar un contacto, pero tú tienes que estar bien trucha de cualquier señal extraña en el camino.
***
Es mediodía. Camino con esfuerzo por una calle tan angosta que apenas puede pasar un auto y un peatón al costado sin ningún incidente. Después de hacer dos transbordos del metro, caminé junto a la línea de tierra herida que es la huella del canal seco por el que antes circulaba un río, hasta que encontré la calle de los Milagros. Allí doblé a la izquierda.
Volteando una y otra vez para vigilar.
Me sudan las manos. Por momentos pienso que no debí venir, si me pasa algo Fabián se va a morir. Estoy frente a un portón metálico y toco tres veces con los nudillos, haciendo la misma figura que tocan las claves en el son cubano. Alguien me pregunta del otro lado:
—¿A quién vienes a ver?
—A la veci Socorro, me mandó la Toña. — Contesto y me abren.
Me recibe un hombre vestido de negro con apariencia punk. El lugar tiene mesas y sillas, como si fuera un comedor, pero sin gente dentro. Al fondo hay una puerta que conecta con otra habitación.
—¿Tienes dinero? —me pregunta el punk.
Le enseño un par de billetes que tengo en la mano e inmediatamente me arrepiento. ¿Y si me los roba? ¿Y si me hace algo? El hombre se retira a la otra habitación y yo me siento en una de las sillas.
A los pocos segundos aparece una mujer al fondo que me hace señas para que me acerque a ella.
—Tú eres la enfermita que nos mandó la Toña, ¿verdad? —Yo asiento sin decir palabras. La mujer continúa—. Nos contó que ya te habían desahuciado. ¿Qué necesitas mami? ¿Un poquito de morfina? ¿Algo menos sofisticado pero que igual sea para el dolor? ¿Algún medicamento fuera de circulación?
—No, pero gracias. En realidad yo sólo quiero tomar una michelada antes de que ya no pueda.
La mujer se ríe a carcajadas y me pide que me siente.
A los cinco minutos regresa y trae consigo un vaso de plástico con un líquido dorado que a mis ojos resplandece. Es como si nunca hubiera visto una cerveza. Las manos me tiemblan.
—Hasta el chamoy sabe a tamarindo real. —Digo después del primer trago.
—Claro que sí mi reina. Aquí puro producto de calidad.
Diana Thalia Jiménez Martínez (Toluca, 1994) es Licenciada en Estudios Latinoamericanos y saxofonista. Sus intereses son la crítica literaria latinoamericana, la ciencia ficción latinoamericana y el ensayo. Ha escrito ensayos y cuentos publicados en revistas como Espejo Humeante, Penumbria, Punto de Partida, Luvina, Ágora-Colmex y La Jornada y Casapaís.