Pasaron casi cien años desde que se tuvo una imagen de Plutón que fuera algo más que una mancha. Y otro tanto desde que, en 1957, se lanzara el primer cohete mexicano desde Cabo Tuna en San Luis Potosí. Con el tiempo, la Agencia espacial mexicana prosperó hasta volverse una potencia mundial en la exploración espacial. Ahora buscaba explorar los confines del sistema solar.
Con la foto de la sonda Xóchitl, por fin se pudieron ver las tenues nubes de metano que cubrían la superficie del planeta.
Aunque su clima parecía apacible, tuvieron que pasar meses para que la nave de reconocimiento Tlachi pudiera penetrar las capas de neblina, observar directamente el terreno y dar luz verde al dron de misión de superficie. Sin embargo, el descenso del dron se precipitó tras un hallazgo inesperado: a través de una ventana, entre las nubes, se divisaron puntos de color rosa…en movimiento.
A causa de un fenómeno muy raro, el descenso fue tan violento que la mitad del dron se perdió en el viento. Aun así, una cámara logró capturar imágenes cercanas de aquellas misteriosas manchas rosas. Lo que pudo ser un desastre terminó salvando la misión.
Y no fue por los datos científicos obtenidos sino por la mercadotecnia: en cuestión de semanas, casi todos los niños de la Tierra y de los demás planetas habitados del sistema habían adquirido un peluche inspirado en la fauna local.
Porque, ¿quién podría resistirse a unos unicornios rosas plutonianos?
En Tepito, los peluches no tardaron en transformarse. Aparecieron vestidos como futbolistas o luchadores, con penachos de plumas, saltillos, y hasta sombreros charros. Lo que la empresa importadora que se montó de inmediato nunca dijo es que esa mercancía no eran peluches.
Los unicornios rosas plutonianos eran adorables.
Las quesadillas rosadas se volvieron un éxito y los licuados de fresa arrasaron en popularidad. Incluso se formó un equipo de fútbol que adoptó al unicornio como su mascota oficial. Por toda la ciudad, los niños llevaban gorras con cuernos, y las niñas diademas rosas que imitaban a la fauna plutoniana. Un poco menos populares, pero muy deseados por los extranjeros eran los alebrijes de unicornios plutonianos.
En el Registro Civil, la fiebre alcanzó nuevos niveles: se empezaron a proponer nombres como Plutonio para los niños y Unicornia para las niñas. Algunos incluso apostaron por nombres más extravagantes: como Metanilda o Rosalión, en honor a las misteriosas nubes y el color de las criaturas.
Fue entonces cuando llegaron los primeros mensajes.
Captados en las estaciones orbitales, en las bases lunares, incluso en los cuarteles centrales de la misión en la Agencia Espacial. Las notas se mostraban en pantalla escritas con tonos fluorescentes, en un idioma que los lingüistas tardaron meses en descifrar. Pero el mensaje era claro: “devuelvan a nuestros bebés”.
En el último mensaje se perfilaba una mancha rosa con un cuerno más largo, ojos feroces y colmillos afilados. Y, en un detalle escalofriante, una marca roja que todos interpretaron como sangre, decoraba el siniestro cuerno.
Los unicornios rosas plutonianos eran adorables. Hasta que dejaron de serlo.
Los ojos fieros, los colmillos afilados y ese cuerno rojo como sangre, se convirtieron en símbolos de terror. Pero no por mucho tiempo.
Mientras los informes de ataques esporádicos de unicornios en las zonas periféricas de la ciudad se multiplicaban, los comerciantes del mercado ya estaban haciendo fila en los centros de acopio para mercar: “cuerno de unicornio” en grandes cantidades. Se había escuchado que el cuerno era ahora un símbolo de protección, y qué mejor que tener uno colgado en la entrada de casa. Además, el cuerno molido servía como remedio para casi todo. Mezclado con polvo de hadas te daba unos viajes de lujo.
El presidente de la república, en una rueda de prensa, declaró: “No nos dejaremos intimidar por una manada de unicornios extraterrestres dejen que se acerquen y ¡les vamos a cambiar hasta el nombre! ¡Madrazos o abrazos!”
De inmediato, una agencia de turismo espacial lanzó una campaña para promover viajes a Plutón y visitas a la “Tierra de los Unicornios”. Una nueva clase de turistas llegaban por montones, comprando boletos groseramente caros, dispuestos a enfrentar a las criaturas en su hábitat natural, siempre con la esperanza de tomar una selfie con un unicornio feroz. Por supuesto todo era una estafa y del organizador y el dinero no se supo nunca nada más.
En las bandas se forjaban nuevas leyendas. Más de un niño fue llamado “Cuerno”; o “Metano Fierro” en homenaje a las batallas que ganaban sobre las criaturas. Como decía un dicho que empezó a circular en los barrios: “unicornio de Plutón, caballito de cartón”.
Con el tiempo, los unicornios plutonianos dejaron de ser una amenaza directa. Pero nadie podía ignorar el hecho de que algo había cambiado. Las criaturas ya no atacaban, pero sus ojos rojos continuaban observando, desde las sombras.
Los peluches de unicornio rosa seguían siendo populares, pero la gente notaba algo raro en ellos. Los que los miraban fijamente juraban escuchar, de vez en cuando, un suave susurro, en un tono bajo que venía de dentro de la bestia.
Nadie decía nada, pero en la quietud de la noche, un leve destello rosado comenzaba a aparecer en las azoteas de los edificios. Nadie quería hablar de ello, pero todos sabían que Plutón no había terminado de enviar sus mensajes.
Daniel Mocencahua Mora (Dr. Robot) Matemático, divulgador y escritor. Ganó la Presea Estatal de Ciencia y Tecnología “Luis Rivera Terrazas” 2016, y el premio Ciencia en Redes en 2022. Autor de: Con-ciencia (2017, BUAP), Escribir para divulgar (2019, Montiel & Soriano) y Peque – Manual para adoptar un robot (2020, CONCYTEP), con cuentos en: Su majestad el taco árabe (2017), En busca de la cemita perdida (2020), Realidades de bolsillo (2021), Teoría Ómicron (2023), y Diafanís (2018). Coordinador del libro Narraciones de Ciencia y Ficción 2021 con los relatos finalistas del concurso del cual es organizador.