Cuando en la Agencia de Viajes Espaciales me vendieron aquellas “Vacaciones tórridas en Venus” pensaba que se referían a otra cosa, la verdad.
Es por todos conocido el carácter afable de los venusianos y, de forma ingenua, pensé que me sería más fácil ligar que en la Tierra. Es muy latoso eso de pasar a recoger a tu cita en aerodeslizador (¡con lo cara que está la gasolina nuclear!), morderse la lengua antes de decir que tus suegros son más aburridos que un cráter lunar sin Sidernet y, sobre todo, acordarse de no hablar con la boca llena.
Así que preparé las maletas con mi traje térmico y mi escudo despresurizador y me dispuse a encontrar el amor en el planeta más candente y turístico del Sistema Solar. ¡Después de todo, a mí nunca me ha importado que mis conquistas tengan algún tentáculo de más o una nariz de menos!
Lo primero que hice, nada más poner un pie en el hotel, fue apuntarme a la Fiesta de Bienvenida para los huéspedes recién llegados. Contemplar las erupciones del volcán Maat Mons mientras nos servían cócteles ricos en sulfitos me pareció un plan la mar de romántico.
Me equivocaba.
En la agencia no habían mencionado nada sobre la densa atmósfera de Venus, que impedía ver más allá de tus narices (o de tus antenas, en el caso de los autóctonos). Por ese motivo ─y porque de tanto en tanto caían a nuestro alrededor salpicaduras de lava incandescente─ decidí meterme en la piscina climatizada del interior del hotel.
Hay que entender que el término “climatizado” no significa lo mismo en Venus que en la Tierra. Allí se encontraban a gusto chapoteando en una piscina molecular a cuatrocientos noventa y siete grados centígrados, entre vapores de azufre y otros gases tóxicos. Yo, en cambio, no pude desprenderme de mi traje térmico ni por un instante y no paraba de sudar. Ligar en aquellas condiciones parecía complicado, pero aun así lo intenté:
—Nunca te había visto por aquí: ¿es tu primera vez en esta parte del Sistema Solar? —le pregunté a una criatura que se acicalaba las ventosas del cabello con un sensual ¡Blrrrp-Blop! ¡Blrrr-Blop! Ella (o él, no lo tenía muy claro) se volvió hacia mí y me mostró sus cuatro hileras de colmillos, en lo que supongo era lo más parecido a una sonrisa en su galaxia:
—No, llevo milenios planificando la conquista del Universo desde este remoto lugar de la Vía Láctea. Calculo que dentro de unos veinticinco años altairanos mi gobierno será capaz de transformar los planetas que orbitan alrededor del Sol en un conglomerado de hierro fundido. Únicamente tenemos que perfeccionar la técnica de creación de tormentas solares para acabar de calcinar esta insignificante porción de la galaxia sin vida inteligente.
—Ah, vaya…oye, pues suerte con eso —dije, tratando de no parecer descortés.
Aquellas malditas nubes de ácido sulfúrico no me habían permitido diferenciar a ese altairano de los alfacentaurinos comunes, y todo el mundo sabe que a los primeros es mejor dejarlos en paz con sus planes megalómanos de conquistar cualquier porción de Universo que se les ponga delante.
Decidí probar suerte con la masa gelatinosa que estaba acodada en la barra del bar al borde de la piscina.
—No he podido evitar fijarme en lo bien que te sienta esa bruma corrosiva alrededor de la cabeza. ¿Conoces algún buen peluquero por aquí? —pregunté, al tiempo que calculaba durante cuánto tiempo podría filtrar los vapores tóxicos mi máscara antigás.
—En realidad, lo que estás mirando son mis pies, y todo son efluvios
naturales —respondió la masa con coquetería—. La cabeza la tengo en el estómago, cariño.
La gelatina gigante acercó su cuerpo al mío, al tiempo que me atraía hacia el lugar donde debían de estar sus labios.
“¡Ha sido más fácil de lo que pensaba!” me felicité mientras fruncía la boca y activaba la función maleable de mi casco espacial.
Pero el entusiasmo no me duró demasiado.
El ser gelatinoso empezó por succionarme los labios, para luego engullir mi cabeza, seguida del tronco y las piernas. Después, emitió un eructo de satisfacción.
¡Había terminado en las tripas de un extraterrestre por culpa de un beso de tornillo! Sus jugos gástricos empezaron a actuar sobre mi traje espacial casi al instante. Víctima del pánico, empecé a patalear y a agitar los brazos dentro de la criatura, cuya consistencia gelatinosa me recordaba mucho a aquella vez que nadé en una piscina de mercurio líquido, en un resort marciano. Tuvieron que sacarme de allí con una grúa.
Al final, conseguí salir por un orificio que, en un estudio de anatomía comparada, equivaldría a la porción final de nuestro tubo digestivo. No entraré en detalles sobre lo desagradable del asunto. Bastará con decir que mi traje desprendía un olor tan nauseabundo que tuve que comprar un carísimo billete en cabina individual dentro del primer transbordador que encontré de vuelta a la Tierra.
No creo que a estas alturas me devuelvan el dinero del viaje. Eso sí, para las próximas vacaciones pienso elegir un destino que no contenga la palabra “tórrido” entre su propaganda. Tal vez Urano sea una buena opción.
¡En alguna guía turística leí que los climas fríos pueden dar lugar a romances de lo más acalorados!
Nuria Chicote Mendarozqueta nació en Vitoria (España) en 1979. Compagina su trabajo como médico de Urgencias con la escritura, habiendo cursado un máster en Literatura Infantil y Juvenil (Escuela de Escritores) y otro en Narrativa en el Ateneu de Barcelona. Ha ganado varios premios literarios y ha publicado sus relatos en las antologías de cuentos infantiles “Horripilantes” y “Misión: salvar el Planeta” con la editorial Tres Patas y Pico. También es colaboradora de las revistas Principia y Principia Kids, especializadas en divulgación científica y literatura, y ha sido seleccionada para publicar un relato en la revista de género Pulporama. Instagram: @Nuria_Chic