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El Peso de la Memoria

Bruno Aranda Arredondo

En mis viajes escuché el rumor de un lugar en Plutón, una caverna más antigua que el hombre en donde puedes olvidar.

Han pasado diez años desde que cometí doble homicidio en las minas de Titán. El hielo escondió los cuerpos, pero no mi culpa. Policías y mercenarios me buscan por justicia o recompensa. Cada día me hago mejor en eludir mi captura y peor en dormir. En la inmensidad del vacío espacial escucho las voces suplicando por sus vidas, el temblor de mis manos aun siente el retroceso del accionar de mi arma y el olor a hierro en mi respiración agitada.

El viaje fue largo. La escasa gravedad y los fragmentos de hielo y roca sueltos hicieron el aterrizaje turbulento. Anclé mi nave a un risco hundido evitando la detección de órbita profunda. Descendí acompañado por mi respiración. Si caía, nadie iría por mí.

La luz era inexistente, mis botas raspaban la roca congelada de aquel páramo estéril donde nuestro sol se confundía con otra lejana estrella. Las linternas de mi casco eran lo único que me mantenía separado del abismo gélido.

Grandes muros de hielo negro bloqueaban la entrada a la caverna. Sellándola por milenios de quien quisiera entrar o tal vez de quien quisiera salir. Logré abrirme paso iluminando con el haz de mi láser cortador, convirtiendo milenios de hielo negro en vapor vivo. Un pasillo angosto, de formas sinuosas e ignotas talladas para algo que no fuese humano.

Lo encontré. Un pequeño altar iluminado por luces verduzcas indiferentes a la gravedad o a mi entendimiento de la física. Su forma tallada en roca negra permanecía intacta desde los eones que fue erguida por humanos o alguna otra entidad previa o futura a nosotros. No importaba. Su sola presencia me hizo arrodillarme como si estuviera frente a un depredador natural. Mi respiración agitada agotaría mi reserva de oxígeno si no lograba controlar mis instintos. Me acerqué de rodillas con el corazón dando tumbos queriendo escapar de mis huesos. Tocando su base con los dedos de mi traje deseé desde mi más profundo ser olvidar ese día, olvidar aquellos disparos, aquel llanto y sólo olvidar. Sólo olvidar.

Desperté al interior de mi nave. Sin recuerdo de cómo llegué o cuándo me había retirado el traje. Bañado en un charco de sudor le indiqué el nuevo destino a la consola de navegación: casa.

El piso se abrió mostrando los órganos metálicos de la nave. Envuelto en cables y tuberías, una cápsula se irguió abriéndose como una vaina reclamando su fruto. Desnudo, me acosté en su interior al tiempo que era sellada para llenarse del fluido plástico que me mantendría vivo durante el viaje. Cálido. Antinatural.

Mi nave había tomado la órbita del titán gaseoso para acoplarse a mi destino, Júpiter IV, la estación espacial más grande hasta ahora. Mi nave inició el aterrizaje de manera autónoma y yo me limité a vestirme.

El interior de Júpiter IV era enorme: el sol artificial calentaba mis mejillas al tiempo que me cubría los ojos de su luz. La comida era nutritiva, natural, sentía la vida en cada masticar. La transitaba perdida en sus pensamientos y deberes, caminando en sincronía como un cardumen.

En medio del movimiento, un hombre se mantenía rígido como una roca en el cauce de un río. Su rostro me era familiar y a la vez desconocido. Su mirada acerada se clavó en la mía, sin dudar, alcé  a mano para saludarlo. Sentí en la espalda algo metálico, aquel hombre asintió, no a mí, sino al que me disparó por la espalda.

Bruno Aranda Arredondo  (1990). Mercadólogo, fotógrafo y escritor. Con vívida imaginación desde joven, Bruno ha desarrollado un gusto por la ciencia ficción y la novela negra con autores clásicos y contemporáneos, envolviendo su narrativa propia con detalles y escenarios fuera de lo ordinario. Ha desarrollado dos proyectos literarios: la antología de cuentos sobre los pasos del duelo, ‘Cuentos del Cosmos’, y la novela juvenil de acción ‘2056’