Los cíber vertederos llegaron a NEO-CDMX tras la Segunda Guerra Contra el Narco (2028). Los gobiernos de entonces planificaron su construcción como fosas comunes para porquerías, desechos y piezas tecnológicas ya obsoletas o tiradas por fábricas industriales circundantes a CDMX centro. Pero estos camposantos cibernéticos rebosantes de piezas automotrices, cable variado, metal, silicio, placas madre, electrónicos y hardware desactualizado se volverían un objetivo constante de los chacales más tecnoentusiastas.
Durante un tiempo, nuestros barrios bravos: Tepito, Ecatepec, Chimalhuacán, Iztapalapa… gozaron de grandiosa reputación como puntos de venta donde encontrar electrónica reensamblada con basuras recuperadas de entre cíber vertederos. La basura de un hombre es el tesoro de otro, dicen. Y para nuestros chacales tecnófilos de NEO. CDMX, jugarse la carne contra esa fiera seguridad militar que vigilara la cíber-tierra-prometida ya era cosa del día a día en aquel neo México inversor y promotor para industria y tecnología extranjera.
Ah… entonces creíamos acariciar un soñado Primer Mundo.
Llegó la Tercera Guerra Contra el Narco (2049). Protestas y manifestaciones armadas atestaban al país, y mientras una candidatura recién electa intentaba asirse al flamante Bastón de Mando y poner orden al nuevo sexenio… cárteles y grupos terribles sacudían nuestras calles y colonias. Hoy, NEO-CDMX permanece anárquica. Sin poder alguno que gobierne. Sin aire limpio para respirar porque transnacionales y corporaciones megatónicas impregnaron horror al ambiente. Sin consuelo alguno en este páramo que antes llamábamos CDMX centro… más que seguir merodeando nuestros sobrecrecidos cíber vertederos. Estos cementerios de silicio y metal continuaron expandiéndose hasta engullir todo CDMX centro. Ninguna ciudad queda para vivir. Seguimos habitando ruinas, tatuándonos neurotransmisores y estímulos sináptico–sintéticos sobre la piel para inducirnos alimentación y placeres inexistentes, desconocidos…
Ahora despierta Max. Lluvia ácida colma su cara pálida, angulosa y huesuda. Ardor sucesivo, sembrado por las gotitas y precipitaciones hirvientes, le sacuden por completo de las ilusiones ensoñadas. Max se incorpora, tallándose el rostro y protegiéndose bajo su gruesa capa, y huye vertedero adentro (ciudad adentro, da igual).
Camina encorvado, resintiendo calambres y dolor nervioso. ¿Hace cuánto no revisa o da mantenimiento a sus articulaciones sintéticas? Max ya tiene veintiún años y va terminando una buena vida. Superó los diecisiete, así que ya vive por encima del promedio de mortalidad. Hoy duele caminar. Duele respirar. Todo duele muchísimo. Morirá hoy.
Pero no debería darle demasiadas vueltas… Max observa alrededor, protegido por dos grandiosos pilares de estilo informático–barroco (formados por televisores y LCD apilado en pilas chorreantes de tornasolado líquido). Tan difícil contemplar los cielos… cuando permanecen emborronados y ocultos por cinéreas cortinas de smog. Cielos sobre CDMX muestran colores de una pantalla informática sintonizada a frecuencia muerta.
Max respira profundo, preparándose para retornar camino al hogar comunitario.
Debe formarse un mapa mental preciso, pues el urbanismo actual de NEO-CDMX es laberíntico e incomprensible. Max no recorre calles ni avenidas, sino pasarelas y sendas formadas de aquel mismo desperdicio que congestiona los cíber vertederos. Max camina cual figura lúgubre y encapuchada, bajo precipitaciones tóxicas del atardecer. Le envuelve una ciudad-hormiguero-colmena cuyos habitantes comprenden mediante algún urbanismo mental y construido por la cognición personal que poseen de aquellas estructuras-basura conocidas.
Al menos Max guarda consuelo, mientras supera monumentos de piezas informáticas, cableado anudado cual jungla de red LAN y carrocerías oxidadas: recuperó entre desperdicio, basura y esperanzas rotas un antiguo DVD rayado. Por supuesto: una película… son su pasión más grande.
Max sostiene fuertemente el disco bajo sus túnicas protectoras. Quizás esta enrarecida euforia, manifestándose como impaciencia sobre las extremidades, pueda ser alegría genuina. No algún estimulante sináptico, sino fe verdadera… pero, ¿cómo saberlo?
Ya no distingue sus emociones reales de las inducidas.
Muy pronto llega al hogar comunitario: agujero hirviente y apestoso a familiar silicio. Aquí vivió su familia completa, compartiendo espacio con otras tantas generaciones y grupos humanos durante años… Max cruza acceso principal (le reconocen sus amistades cercanas) y de inmediato busca las habitaciones del Roñas.
De camino saluda a niños y jóvenes semejantes, que le saludan alegres: “¿Qué trajiste hoy? ¿Qué peli?”, dicen. Pero Max tiene prisa y conversa poco, pues necesita hallar al Roñas.
—Qué tranza, Max—saluda el Roñas cuando Max atraviesa las cortinas (cobre, metal, plástico y cables trenzados formando hebras) y pasea impaciente por el estudio—.
—Ora… ¿qué trais? ¿Andas erizo?
—Encontré otra—dice Max—. Chance y me petateo hoy, mi Roñas… ráyame pronto.
—Órale pues—dice El Roñas—. Encuérate y túmbate—y aunque habla con decisión, ya empieza a extrañar al compadre cinéfilo.
Max se quita harapos, andrajos, ropajes, capas y capuchas que protegían su cuerpo, y por debajo exhibe una dermis plenamente tatuada por símbolos reactivos: cada centímetro de piel aparece marcada por códigos; información genética para reproducirle, proyectando bajo los párpados, películas enteras. Su absoluta cinefilia contenida allí.
—Cuando termines—dice Max, ya moribundo—, enchúfame a un proyector y guarda todas las películas registradas en mi código genético. Déjame soñar en coma… reproduciendo estas ilusiones…
El Roñas, aprestando máquina y tinta codificadora, empieza a marcar líneas genéticas, microsímbolos y transcripciones que extrae del ancestral DVD. Un trabajo difícil y lentísimo, pero consigue traducirlo todo… cuando Max ya ha muerto.
Permanecerá apostado al centro del hogar comunitario, proyectando interminable cine que se apagará cuando su carne, conservada mediante momificadores químicos, se arrugue y muera. Tantas películas que se perderán como lágrimas en la lluvia…
Carlos Gabriel Delgado Salinas (Oaxaca de Juárez, México: 2003) estudió la especialización de Literatura en el Centro de Educación Artística (CEDART) “Miguel Cabrera”. Escribe narrativa y ficción especulativa. Fue ganador del Primer Concurso Nacional de relatos de Ciencia Ficción, Terror y Fantasía “El Joven Gran Escritor” 2020-2021 por su obra “Con el infierno en las manos” (Editorial de la Universidad de Guadalajara: 2021. Ilustrado por el artista gráfico jalisciense Yazz Casillas). Ha publicado otros relatos de géneros vaporwave, western, ciencia-ficción y fantasía en un puñado de revistas independientes, físicas y digitales.