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El último horizonte

Cristian Fernando Guevara Hincapié

El crepúsculo envolvía las ruinas de la ciudad de Santiago de Cali. Entre tanto, sombras moribundas se proyectaban sobre los escombros. Cientos de cuerpos informes e inhumanos yacían en el suelo polvoriento. En medio de dos edificios colapsados, empezó a materializarse un flujo de energía caótica. Mauricio, dentro de la cabina del robot gigante, permanecía sincronizado con los movimientos del coloso metálico. Las pantallas mostraban lecturas inestables; la presencia de la entidad, que estaba manifestándose, alteraba los sistemas electrónicos. Respiró hondo, tratando de calmar el temblor en su cuerpo.

—Ya debió de terminar la evacuación…

La ciudad, una vez bulliciosa, ahora yacía en un silencio sepulcral. Edificios derrumbados y calles fracturadas eran testigos de la llegada de aquello que los antiguos textos habían advertido, pero nadie quiso creer hasta que fue tarde. “Los antiguos”, entidades más allá de la comprensión humana, eran aberraciones cósmicas que desafiaban las leyes de la naturaleza.

“¿Tiene sentido esto?” pensó Mauricio mientras escaneaba el flujo de energía caótica en busca de signos del enemigo. “¿Simples humanos enfrentando manifestaciones de lo inconcebible?”

Los altavoces crujieron con la voz del comando central:

—Mauricio, las lecturas indican actividad en tu sector. Prepárate para el contacto.

—¡Entendido! —respondió con voz firme y asintió. Pero en su interior, agitaba una tormenta de dudas. Recordó las palabras de su mentor: “A veces, el valor no consiste en creer que puedes ganar, sino en luchar sabiendo que quizás no lo harás”.

De pronto, el suelo vibró. Una onda expansiva recorrió la ciudad, levantando polvo y fragmentos de concreto. Ante él, emergiendo de la frontera de energía caótica, la entidad se manifestó, primero con sus tentáculos, luego con el resto del cuerpo. Era una clase cinco, altamente peligrosa. No tenía una forma definida; era una maraña tentaculada, con luces que parpadeaban como estrellas moribundas en un abismo sin fin.

Mauricio sintió un vértigo infinito al observar las luces. Sintió un nudo en el estómago.

—Aquí vamos… —murmuró.

Una parte de él quería huir, pero sus manos se movieron instintivamente sobre los controles. El robot adoptó una postura defensiva, y los sistemas de armamento se activaron.

—¿Qué es el ser humano frente a esto? —se cuestionó—. Somos meros susurros en un vasto universo y, sin embargo, aquí estoy, desafiando lo incomprensible.

La entidad avanzó y su mera presencia distorsionaba el espacio alrededor. Mauricio lanzó una ráfaga de proyectiles explosivos que al detonar iluminaron el crepúsculo, pero parecían ser absorbidos por el ser, sin causar efecto alguno.

“Nuestros inmensos esfuerzos…¿son en vano?”, pensó. Recordó las lecciones de filosofía que había estudiado en la academia militar. El dilema de Sísifo, condenado a empujar una roca eternamente. “Quizás nuestra lucha es igual, pero es en ese acto de rebelión contra lo inevitable donde encontramos nuestro propósito”.

La entidad contraatacó. Un tentáculo golpeó al robot, elevándolo varios metros y lanzándolo contra la derruida Torre de Cali. Las alarmas sonaron en la cabina y las luces rojas parpadearon. Mauricio sintió el impacto resonar en sus huesos. Con esfuerzo, logró que el robot se levantara nuevamente. 

—Puede que no podamos vencer, pero podemos resistir —se dijo a sí mismo. Ajustó los parámetros de los sistemas, desviando la energía de los escudos y cargando al máximo el cañón de partículas.

El comunicador emitió estática y una voz tenue se escuchó:

—Mauricio, las evacuaciones han concluido. ¡Retírate!

Una sonrisa se dibujó en su rostro. Miró a la entidad que, sin ojos, parecía observarlo.

—Me retiraré apenas le descargue años de resiliencia humana.

El cañón alcanzó su carga máxima. Sin dudarlo, apuntó al núcleo pulsante de la criatura y disparó. Un rayo de luz atravesó la distancia, impactando en el centro del ser. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Luego, una inmensa explosión de energía liberó una onda que barrió los escombros y apagó todas las señales electrónicas del robot.

La cabina se oscureció. Mauricio respiró agitado en la penumbra, sintiendo la quietud a su alrededor.

—¿Lo…? ¿Lo habré logrado?

Pero una sensación profunda le indicó que la entidad seguía allí. No destruida, quizás levemente perturbada. “No podemos derrotar lo que está más allá de nuestro entendimiento”, reflexionó, “pero podemos demostrar que no nos rendiremos”.

La oscuridad fue interrumpida por un suave resplandor. La entidad retrocedía, como si reconociera el espíritu indomable del piloto. Lentamente, se desvaneció entre las sombras, regresando al lugar del que había venido.

Mauricio salió de la cabina, contemplando el cielo estrellado que comenzaba a despejarse. El silencio era abrumador, pero esta vez no estaba cargado de desesperación, sino de esperanza. Pensó en la fragilidad de la existencia y en cómo, a pesar de la pequeñez humana, eran capaces de actos significativos.

—Quizás no somos más que un susurro en el vasto cosmos se dijo— pero ese susurro puede resonar más allá de las estrellas.

Con paso lento, caminó entre las ruinas, sabiendo que la batalla había terminado por ahora. Las cicatrices permanecerían, pero también las lecciones aprendidas. Enfrentar lo desconocido no es solo una lucha externa, sino también un viaje hacia el  entendimiento individual y del lugar que los seres humanos ocupan en el universo.

Al amanecer, los primeros rayos de sol iluminaron la ciudad en ruinas. Y en ese nuevo día, Mauricio comprendió que, aunque el futuro fuera incierto, la esencia de la humanidad residía en su capacidad de hacerle frente a cualquier desafío.

 

Cristian Fernando Guevara Hincapié es un escritor y psicólogo colombiano. Ha participado en diversas antologías y revistas tanto a nivel nacional como internacional, con relatos que exploran el terror, la ciencia ficción y el drama, fusionándolos con lo cotidiano para generar una experiencia literaria que invite a la reflexión y el desconcierto.