La arquitectura dentro de la historia universal ha servido para mostrar grandeza, cooperación humana y esperanza, así como soledad, opresión e indiferencia hacia la humanidad. Dentro de corrientes especulativas como la ecoutopía o el solarpunk se cree firme y fielmente que los edificios pueden salvarnos, entendiendo a los edificios y estructuras no como rascacielos o cajas separadas conformando ciudades y megalópolis, sino como lo que deben ser: un espacio de reunión y convivencia humana. De estas ideas nace la arcología, que busca construir estructuras masivas que reemplacen ciudades enteras, den vivienda a miles y, sobre todo, que sean autosustentables. Se han dado propuestas de arcología como el New Orleans Arcology Habitat, pensado para proteger a los ciudadanos de la marea creciente. X-Seed 4000, parecida a la Torre Eiffel, se conoce como un “rascacielos megagaláctico”, tendría 4 km de alto y 6 km de diámetro y podría albergar a un millón de personas en la bahía de Tokyo. O las Lilypad que, haciendo una mimesis con los nenúfares, consiste en ecópolis flotantes, entre vidrios y parques verdes en sus techos. De las tres, la Lilypad es la más factible por su tamaño y posible replicación. Si hay una idea de ecoutopía en México debe tener una cosmovisión basada en los pueblos originarios. Miremos a nuestra historia: México antes de la conquista. Las civilizaciones de Mesoamérica tenían un nivel de conciencia urbana fenomenal con los materiales que les daba su entorno. El progreso de una civilización no se mide en sus guerras, sino en las adversidades superadas. Los mayas nos dejaron su increíble comprensión astronómica, así como la preciosa arquitectura que nos heredaron de sus antiguas ciudades. Más al centro, tenemos la Gran Tenochtitlan, una ciudad con capacidad de miles de habitantes en perfecto balance con la naturaleza. De todo lo que nos dejaron las civilizaciones mesoamericanas tenemos las estructuras piramidales de Teotihuacan, Chichen Itza, Uxmal, el Templo mayor, o las pirámides del Tajín en Veracruz, por mencionar algunas.
Sabiendo esto usaremos algo llamado tequio, del náhuatl tequitl. Significa trabajo o tributo, y remite a una costumbre prehispánica que consistía en la cooperación en especie y trabajo de los miembros de una región para construir, reparar y preservar sus alrededores. En la actualidad el término evolucionó a tequiología, enfocado en lo mismo, pero suma la creación de tecnologías comunitarias para mejorar la vida de los pueblos en Latinoamérica.
La tequilogía empieza a crear nuestra arcología nacional: Las Itzamná, como me gusta llamarles, en honor al dios maya del Sol y el conocimiento. Teocallis de gran tamaño como Chichen ItzÁ, pero de una estructura parecida a la pirámide de los Nichos. Donde, entre todas sus bases, haya divisiones de vivienda y pisos de escuela e incluso mercado. Un hueco en el centro para la entrada del sol y la lluvia. Al exterior, tecnologías de captación de agua, energía solar, energía hidroeléctrica y eólica. Sistemas de tratamiento de residuos sin perturbar cenotes, arrecifes o manglares. Zonas de plantación y ganado, para que cada Itzamná sea autosuficiente.
Debe de impartirse a todos sus habitantes una educación basada en el cuidado y utilización de la naturaleza a nuestro favor, y debemos regresar cada cosa que tomemos de ella. Se debe hacer toda una reinterpretación de lo que conocemos como cultura, pues muchas de nuestras costumbres y tradiciones son terriblemente contaminantes: El aseo personal, los festejos, e incluso los funerales. El aseo no necesita de químicos ni productos procesados, las festividades no necesitan generar residuos contaminantes y los muertos deben volver como vinieron, sin nada, directo al vientre de la Madre Tierra.
Por otro lado, debe desarrollarse un eco anarquismo, pues cualquier corriente que aspire a ser ecológica debe ser anticapitalista e incluso antidemocrática. Entendiendo al anarquismo por el concepto de Piotr Kropotkin en la Enciclopedia Británica:
Nombre dado al principio o teoría de la vida y la conducta que concibe una sociedad sin gobierno; sociedad en la que la armonía se obtiene no por la sumisión a la ley, ni por la obediencia a la autoridad, sino mediante acuerdos libres entre los diferentes grupos, territoriales y profesionales, constituidos libremente para la producción y el consumo; así como la satisfacción de la infinita variedad de necesidades y aspiraciones de un ser civilizado.
De lo contrario, sería solo un cyberpunk disfrazado de color verde. Además, no entraré en detalles sobre la compleja condición humana. Pero todos deben ser cooperativos, ayudarse y respetar límites, así como respetar simples valores morales. Las Itzamná no son lugar para gente violenta o con delirios de poder. Son comunidades pacíficas, donde se busca fusionar el arte de vivir y la tecnología como herramienta para cuidar de nosotros y la naturaleza.
Están pensadas para existir con propósitos altruistas hacia el hombre y el medio ambiente. Cuidar de zonas selváticas, proteger flora y fauna, limpiar y preservar mares y arrecifes, cultivar comida y conocimiento, enseñar maya, náhuatl, entre otras artes, pero también ingeniería enfocada en energías limpias. Nunca se les dará nada, se les enseñará a conseguirlo. Se formarán seres autónomos y autodidactas, pero, claro, con una guía, porque para que este paraíso sobreviva, deben aprender a quererlo y cuidarlo.
Una vez hecho esto podemos fundar Nueva TʼHó en el corazón de Yucatán. Poco a poco, viendo que es posible vivir dignamente en las Itzamná, sigue encontrar mejores maneras de construirlas y ampliar la comunidad de Nueva TʼHó. Una nueva ciudad maya en paz con la naturaleza, llena de pirámides autosustentables y futuristas interconectadas. Hacer las paces con conocimientos y lenguas que nos enseñaron a repudiar, y sólo dedicarnos a tener una buena vida y cuidar de la vida. Se deben sacrificar muchas ideas, costumbres y comodidades, cosas que casi ningún ser humano actual está dispuesto a perder. Parafraseando a Bookchin: si no hacemos lo imposible, viviremos lo impensable. Además, si resultan viables, ¿por qué detenerse en Yucatán? El límite no existe cuando se trata de preservar el mundo. Y no hay nada malo en querer salvarlo.
Joseph Rosales Santos tiene 25 años y es originario del Estado de México, decidió estudiar la carrera de Letras Españolas en Xalapa. Inclinándose por la literatura de ciencia ficción de la cual hizo su trabajo de tesis, enfocado en el cyberpunk mexicano. Trabajó como profesor un año. Ahora está empezando una maestría en línea en Escritura Creativa. Desde la universidad nunca ha dejado de escribir y leer ciencia ficción y fantasía. Busca aprender sobre el área editorial para traer libros de ciencia ficción viejos que a su forma de ver merecen ser leídos por un público nuevo y joven.
Joseph Rosales Santos tiene 25 años y es originario del Estado de México, decidió estudiar la carrera de Letras Españolas en Xalapa. Se inclinó por la literatura de ciencia ficción de la cual hizo su trabajo de tesis enfocado en el cyberpunk mexicano. Trabajó como profesor un año. Ahora está empezando una maestría en línea en Escritura Creativa. Desde la universidad nunca ha dejado de escribir y leer ciencia ficción y fantasía. Busca aprender sobre el área editorial para traer libros de ciencia ficción viejos que a su forma de ver merecen ser leídos por un público nuevo y joven.